Cielos Nuevos y Tierra Nueva

Cielos nuevos y tierra nueva

“Porque he aquí que yo crearé nuevos cielos y nueva tierra;
y de lo primero no habrá memoria, ni más vendrá al pensamiento”.

Isaías 65:17 RVR 1960

Alan Sánchez Cruz

El profetismo en Israel data desde los tiempos del patriarca Abraham (siglo XVIII a.C.), hasta el siglo II a.C., si se considera a Daniel como profeta apocalíptico. Los profetas se caracterizaban por involucrarse en el acontecer social, político y religioso entre dos sectores en un mismo pueblo: denunciaban a poderosos que oprimían a los más vulnerables. No debiera ser ajeno para nosotros el nombre de Amós, quien, según Salvador Carrillo Alday, es “el profeta de la justicia social”, puesto que actualmente nuestro país padece un marco similar al del profeta del antiguo Israel, en razón de falta de seguridad y violencia como males cotidianos.

El texto bíblico arriba citado nos habla de otro profeta, Isaías, a quien Carrillo Alday llama “el profeta del Mesías”, y es bien conocido aquel versículo: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz” (9:6). Dicho sea de paso, la esperanza mesiánica, además de anunciar la restauración gloriosa de Israel por medio de un imperio que otorgará paz sin fin, no se limita a la esfera humana pues también significa restauración en la naturaleza (al menos en el mensaje de Isaías).

En nuestros días tenemos una gran deuda con la creación. Hemos sido provistos de una enorme casa con aromas, colores diversos y con seres que nos ofrecen compañía, llamada naturaleza. Pero, siendo que al principio de los tiempos, cuando Dios creo los cielos y la tierra y vio que lo creado “era bueno en gran manera” (Génesis 1:31), la condición de la creación ya no parece tan agradable como en aquel momento. ¿Qué es lo que pasó? Gandhi nos da un atisbo de la respuesta al decir que “nuestro planeta ofrece todo lo que el hombre necesita, pero no todo lo que el hombre codicia”. La Biblia habla de la codicia en el ser humano desde los orígenes y nos muestra cómo, además del desgaste en las relaciones ser humano-ser humano (como pares), ha ido en claro detrimento la relación ser humano-naturaleza por causa de ésta. No hemos sido buenos mayordomos en el lugar donde Dios nos ha puesto.

En ciertos ámbitos eclesiales las catástrofes naturales se han llegado a ver como el cumplimiento de una profecía de tono apocalíptico. “Esto ya estaba predicho por la Biblia”, se oye decir, y se olvida que el ser humano ha influido en gran manera para el deterioro progresivo de la naturaleza. Bien podemos enumerar algunos síntomas del deterioro ecológico en nuestro planeta: 1) Desertización, la cual consiste en pérdida de suelo fértil debido a la acción de los agentes atmosféricos como lluvia y viento; 2) El problema demográfico y las grandes concentraciones urbanas, que concentran requerimientos básicos como agua, alimentos, energía y vivienda; 3) Disminución de la biodiversidad. En la actualidad, los biólogos han descrito 1 400 000 organismos vivos aproximadamente, siendo el de los insectos el grupo más numeroso con 750 000 especies conocidas. Son unas 4 000 especies las que se conocen en cuanto a los mamíferos. Es claro que el ser humano ha acelerado el ritmo de la desaparición de las especies:

Los cálculos (siempre aproximativos y discutibles) sugieren que en los últimos decenios se extingue una especie de mamíferos cada dos años, mientras que hace tres siglos sólo desaparecía una cada cinco años. El proceso de deforestación mundial de la actualidad supondrá la desaparición de unas 5.000 especies vivas cada año, mientras que hace un millón de años, cuando entró en escena el homo sapiens, se calcula que el ritmo de extinción era unas 10.000 veces inferior [1].

Por otra parte, está la contaminación del mar. Es un problema real, producido por la acción industrial del ser humano. Uno de los problemas principales de la ecología marina es la descarga directa o indirecta de residuos industriales a través de ríos, y esto provoca la eliminación silenciosa de fauna y flora marinas. Ya por último está el aire y el cambio climático, a causa de un “efecto invernadero” que hemos provocado debido a una falta terrible en nuestra mayordomía.

Génesis 2:15 dice que Dios tomó al ser humano “y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase”. De acuerdo a 1:28, al crear al hombre y a la mujer, Dios les dio la indicación: “llenen el mundo y gobiérnenlo; dominen a los peces y a las aves, y a todos los animales que se arrastran” (traducción Dios habla hoy), aunque este “gobierno” debemos tomarlo en el sentido de mayordomía y no interpretarlo como la explotación –e incluso destrucción- de los recursos naturales que Dios nos ha brindado.

Ahora, regresemos a la idea primaria: la profecía es sinónimo de denuncia. Los profetas antiguos ejercían una labor que sigue siendo necesario considerar. En otros ámbitos se hablará de una denuncia política, social y religiosa, pero en éste podríamos incluso atrevernos a hablar de una “profecía (= denuncia) ecológica”, que nos haga ser conscientes de nuestro comportamiento dentro de esta casa común llamada naturaleza. Recuperar la enseñanza profética en tal sentido debe movernos no a pensar en el deterioro inminente de las cosas como algo que ya no tiene solución, sino a retomar el mensaje que declara: “he aquí que yo crearé nuevos cielos y nueva tierra”. Sí, el Señor promete esto en labios del profeta, pero nosotros debemos ser los agentes que comuniquen tal acción renovadora de Dios. ¿Cómo, entonces, podemos hablar de un cielo nuevo y una tierra nueva en la actualidad? Observemos nuestro entorno. El aire (cielo) no está limpio. Los gases que expulsan nuestros automóviles (monóxido y dióxido de carbono, óxidos de nitrógeno, etc.), la quema de desechos plásticos o de poliestireno expandido (mejor conocido como “unicel”), entre otras cosas, nos alejan más de la idea de algo nuevo. La tierra está siendo afectada por semillas transgénicas, cada vez hay menos áreas verdes, etc.

Hay acciones pequeñas por las que podemos iniciar, insistiendo a que otros nos sigan en el ejemplo de conservación de la creación de Dios. Bien podríamos citar lo siguiente, atribuido a Martin Luther King: “Si supiera que el mundo se acaba mañana, yo, hoy todavía, plantaría un árbol”. Si “labramos” y “guardamos”, es posible pensar en un huerto restaurado. Sin embargo, al desear ser defensores y mayordomos –partes de la acción profética- de la creación, no debemos pasar por alto que la nuestra es “una misión hacia otros, hacia la comunidad” [2], y que, puesto que no todo el mundo desea preservar su entorno y participar de la mayordomía, “una misión profética significa luchar, ya no callar, decir la verdad” [3] de lo que sucederá si seguimos desgastando la creación a pasos agigantados.

Sirva este brevísimo texto para introducirnos en el tema del cuidado de nuestro medio ambiente. Creamos, pues, que la promesa de Dios no falla y que nuevos cielos y una nueva tierra son posibles si tenemos el valor de reconciliarnos con lo que Él ha hecho.


NOTAS
[1] https://www.cristianismeijusticia.net/files/es89.pdf
[2] DE WIT, HANS. Ruge el león, ¿quién no profetizará? Comunidad Teológica Evangélica de Chile. 3ª Edición, 1990; p. 29.
[3] Op. Cit.