¿Quién Es el Que me Ha Tocado?

¿Quién es el que me ha tocado?

Dr. Ernesto Contreras Pulido

En la Palabra de Dios (La Biblia), hay varias ocasiones en que Dios les hizo preguntas a los humanos, y nosotros sabemos, por el estudio de las Sagradas Escrituras, que nunca fue con el afán de recibir alguna información y menos consejo, pues la Palabra de Dios dice que Dios es omnisciente (que todo lo sabe) y que por presciencia, sabe de antemano lo que va a pasar, sin que necesariamente lo determine. Al respecto, el salmista exclamó asombrado: “Oh Jehová, tú me has examinado y conocido, y todos mis caminos te son conocidos, pues aún no está la palabra en mi lengua, y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda” (Sal. 139:1-7; 1 Pe. 1:2).
Así, podemos entender que las preguntas de Dios tienen como propósito que en el momento preciso meditemos y reconozcamos, aceptemos y reafirmemos alguna de las verdades o promesas de Dios para nosotros o aprendamos a través de las respuestas que Dios mismo nos da alguna lección que nos sirva para madurar en nuestra vida cristiana y nuestra relación personal con Dios.

Un ejemplo de tales preguntas de Dios está, tanto en el evangelio de Mateo como en el de Marcos y Lucas (los evangelios sinópticos), con un propósito deliberado de Dios en donde se narra, en un mismo relato, la historia de dos personajes totalmente diferentes a los que, sin embargo, Jesucristo les aceptó, escuchó, ministró y concedió aún más de lo que le pidieron y hubieran esperado.

Dice el relato: “Cuando volvió Jesús, le recibió la multitud con gozo; porque todos le esperaban. Entonces vino un varón llamado Jairo, que era principal de la sinagoga, y postrándose a los pies de Jesús, le rogaba que entrara en su casa, porque tenía una hija única, como de doce años, que se estaba muriendo. Y mientras iba, la multitud le oprimía; pero una mujer que padecía de flujo de sangre desde hacía doce años, y que había gastado en médicos todo cuanto tenía, y por ninguno había podido ser curada, se le acercó por detrás y tocó el borde de su manto; y al instante se detuvo el flujo de su sangre”.

“Entonces Jesús dijo: ¿Quién es el que me ha tocado? Y negando todos, dijo Pedro y los que con él estaban: Maestro, la multitud te aprieta y oprime, y dices: ¿Quién es el que me ha tocado? Pero Jesús dijo: Alguien me ha tocado; porque yo he conocido que ha salido poder de mí. Entonces, cuando la mujer vio que no había quedado oculta, vino temblando, y postrándose a sus pies, le declaró delante de todo el pueblo por qué causa le había tocado, y cómo al instante había sido sanada. Y él le dijo: Hija, tu fe te ha salvado, ve en paz”.

“Estaba hablando aún, cuando vino uno de casa del principal de la sinagoga a decirle: Tu hija ha muerto; no molestes más al Maestro. Oyéndolo Jesús, le respondió: No temas; cree solamente, y será salva. Y entrando en la casa, no dejó entrar a nadie consigo, sino a Pedro, a Jacobo, a Juan, y al padre y a la madre de la niña. Y lloraban todos y hacían lamentación por ella. Pero él dijo: No lloren; no está muerta, sino que duerme. Y se burlaban de Él, sabiendo que estaba muerta. Mas Él, tomándola de la mano, clamó diciendo: Talita Cumi, que quiere decir: Muchacha, levántate. Entonces su espíritu volvió en ella, e inmediatamente se levantó; y Él mandó que se le diera de comer. Y sus padres estaban atónitos; pero Jesús les mandó que a nadie dijeran lo que había sucedido”.

Y digo que eran dos personas completamente diferentes porque aunque ambas estaban realmente desesperadas y dispuestas a hacer todo lo que fuera con tal de recibir el favor de Dios y solucionar la crisis que enfrentaban, uno era un varón y la otra era una mujer; uno era rico y la otra estaba en quiebra; uno era muy respetado y la otra era considerada inmunda y rechazada; uno era muy influyente y la otra vivía avergonzada; uno era el administrador de una sinagoga judía y la otra había sido expulsada y excomulgada de todas las sinagogas y la comunidad. Uno era un padre desesperado cuya hija única de 12 años de edad se estaba muriendo; y la otra era una mujer también desesperada que padecía una hemorragia crónica desde hacía 12 años.

Pero ambos, ante lo único que les quedaba, que era su determinación que les decía: ¡No te rindas! Y ante su incapacidad para resolver su situación, reconocieron que solo en su amante y Buen Padre Celestial podían encontrar solución satisfactoria a sus problemas. ¡Gloria a Dios! Porque seguramente ya habían escuchado que Jesucristo sanaba a los enfermos y que a todos decía: “Vengan a mí todos los que están trabajados y cargados, y hallarán descanso para sus almas, porque el que a mí viene, no le echo fuera” (Mt. 11:28; Jn. 6:37).

Así, por muy diferentes que estas personas fueran (como somos diferentes todos nosotros), Jesucristo se acerca a ambas y con amor infinito, viendo la sinceridad y fe que hay en sus corazones, atiende a sus legítimas peticiones, les concede el milagro solicitado. Y aún más.

Debemos recordar que Jesucristo recibe y acepta ante su santísima presencia a todos; pero aceptación no quiere decir siempre aprobación, pues así como un buen padre por amor y compasión acepta a su hijo majadero y pecador que se acerca a él una y otra vez humillado y arrepentido para pedirle perdón y una nueva oportunidad. Pero no aprueba sus malos caminos ni le aplaude por sus pecados ni le patrocina sus vicios, así el Buen Padre Celestial, el Padre de las segundas, terceras y mil oportunidades, está dispuesto a aceptar y bendecir hasta al más vil pecador cada vez que contrito y humillado se acerca a Él rogando su misericordia.

Dice la Biblia: Porque no tenemos un sumo sacerdote (Jesucristo, nuestro intercesor ante el Padre), que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza pero sin pecado. “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (He. 4:15-16).

Pues lo mismo que nos dice a todos, Jesucristo les dijo a estas dos personas que habiendo recibido la misericordia de Dios fueron transformadas para el resto de sus vidas en mejores personas gracias a que Jesucristo vio en ellas mucho más de lo que los demás podíamos ver: su verdadera necesidad, la sinceridad de su corazón y su fe. Y lo que realmente estaban pidiendo. La Biblia dice: “Sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que Él es real y que existe, que es galardonador (concede los favores) de los que le buscan; y Jesucristo dijo: De cierto les digo, que si tuvieran fe (como un grano de mostaza), y no dudan, si a este monte dijeran: Quítate y échate en el mar, será hecho (porque no es nuestra fe la que mueve montañas, sino el objeto de nuestra fe que es el omnipotente Dios). Y todo lo que pidan en oración, creyendo (y Dios es el que da la fe al que sinceramente quiere creer), lo recibirán” (He. 11:6; Mt. 21:21-22).

Con la mujer, Jesucristo mostró una sensibilidad muy especial, pues aunque todos le tocaban involuntariamente, por accidente, por curiosidad o hasta para herirlo, Jesucristo distingue que alguien le tocó en una forma diferente: llena de fe en su Sanador y Salvador. Entonces pregunta: “¿Quién es el que me ha tocado?” Y negándolo todos y habiendo Pedro, el intrépido, dicho: “Maestro, la multitud te aprieta y oprime, y dices: ¿Quién es el que me ha tocado?”. Espera a que la mujer, que quería ser sanada y pretendía luego desaparecer secretamente entre la multitud, en medio de todos, testifique de su experiencia para luego recibir aún más.

Dice el evangelio que ella, temblando y postrándose a sus pies, le declaró delante de todo el pueblo por qué causa le había tocado y cómo al instante había sido sanada. Y Jesucristo le dijo: “Hija, tu fe te ha salvado (y sanado), ve en paz”. Ahora ella, gracias al certificado de salud dado por el Médico de médicos, podía dejar de ser considerada inmunda y ahora sería nuevamente aceptada en la sociedad y en la sinagoga. Y gozaría además, de vida eterna.

Con Jairo aprendemos otra importante lección: que los tiempos de Dios no son nuestros tiempos y que el aparente retraso de Dios en contestarnos, no quiere decir ni que no nos escucha, ni que no tiene interés en nosotros, ni que se ha negado a concedernos las peticiones legítimas de nuestro corazón. La Biblia enseña que Dios siempre contesta a nuestras oraciones sinceras ya sea diciendo “Sí”, diciendo “No” (porque no nos convienen) o diciendo “Espera, tengo algo mejor para ti”. Además, sabemos que Dios puede sanar en forma inmediata y milagrosa a los enfermos; o usando lodo, saliva, medicinas y médicos; o bien dándonos la sanidad perfecta al trasladarnos al paraíso, donde ya no habrá dolor, ni enfermedad, ni llanto, ni temor, ni muerte.

Jairo tuvo que ejercitar una paciencia extraordinaria, pues cuando ya Jesucristo estaba en camino a su casa, es interrumpido por la mujer que le acapara la atención y lo entretiene un tiempo crucial y suficiente para que su hija muera y uno de sus acompañantes le diga: “Tu hija ha muerto; ya no molestes más al Maestro”. También vemos que el tiempo que se tomó el Salvador para llegar a su casa fue suficiente para que las mujeres plañideras llegaran y se iniciara el elaborado rito del duelo por la muerte de la niña.

Sin embargo, Jesucristo, con inmenso amor y compasión, le dice: “No temas; cree solamente, y tu hija será salva (sana)”; y aunque los demás se burlaron de Jesucristo, Jairo se atrevió a seguir confiando y tuvo la singular oportunidad de presenciar la resurrección de su hija, de ver y escuchar al Salvador decirle con singular ternura: “Talita cumi: ¡Levántate niña!” Que Dios nos conceda ver las cosas como Dios las ve.
Amén.

REFERENCIA
Contreras-Pulido, Ernesto. (2019). ¿Quién es el que me ha tocado?. Agosto 30, 2019, de Instituto Virtual Sitio web: http://docs.wixstatic.com/ugd/0317a1_f1a6fd2ae40e4470b39129ef14167d44.pdf