EDITORIAL

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Ver más allá de lo evidente

Vivimos una época donde las cosas realmente trascendentes se consideran insignificantes o sin valor. Se busca la satisfacción inmediata, automática, fácil. Y eso afecta no sólo la relación con el entorno natural, sino también con tus relaciones interpersonales y con tu fe y espiritualidad. En cualquiera de ambos casos, hay que hacer un esfuerzo para tener una visión periférica que nos permita ver el entorno desde el punto de vista de Dios.

A partir de eso, debemos entender que darnos a los demás es una forma también de adoración a Dios. Ya no lo hacemos por reconocimiento o por obligación, sino porque poder impactar a otros con el amor de Dios es más de lo que merecemos y Él, sin embargo, ha decidido adoptarnos. Eso se llama gracia. Así que, desde la gracia, desde ese regalo no merecido, el propósito ya nunca más está en nosotros mismos, sino que lo recibimos con la vocación de compartirlo.

En estos días, la contingencia sanitaria mundial nos ha obligado a hacer un alto en el camino. A cambiar nuestras rutinas diarias, a hacer esfuerzos extraordinarios, a cuestionarnos a nosotros mismos en nuestros propósitos y, en el mejor de los casos, a refugiarnos en Dios.

En el evangelio de nuestro Señor, según Juan, podemos leer en el capítulo 9 como los discípulos se enfrentan ante lo que parece un castigo divino: la ceguera de nacimiento de un hombre. Una condición que parece condenar al hombre a la obscuridad vitalicia y que los lleva a cuestionar a Jesús: “¿Quién pecó, este o sus padres, para que haya nacido ciego?”. Nuestro Señor les afirma que no hay pecado detrás de esta situación, no hay castigo divino alguno. Simplemente, es un medio para que las obras de Dios se manifiesten en él.

Tus debilidades, temores e incapacidades son para que Dios se manifieste en ti. Pero, al mismo tiempo, nos exige una actitud de fe, obediencia y humildad. Jesús nos confronta hoy: ¿Creemos en Él? ¿Le creemos a Él? Ante el miedo a lo extraordinario o lo inesperado, la seguridad del ciego en que ahora ve, nos debe llevar al temor de Dios y a la obediencia a sus mandamientos. A pesar de la expulsión de la sinagoga que sufrió después.

“Dijo Jesús: Para juicio he venido yo a este mundo; para que los que no ven, vean, y los que ven, sean cegados”.

Jn. 9:39

La verdadera ceguera espiritual es la que, a pesar de ser conscientes de nuestro pecado, nos auto justifica ya que, “después de todo no estamos tan mal” o “al fin al cabo, todos somos pecadores”. Si verdaderamente queremos que el Señor abra nuestros ojos debemos ser humildes y reconocer que, sin Él, no podremos ver verdaderamente.

Hoy, el pueblo de Dios, tiene la oportunidad extraordinaria de construir estructuras sólidas para apoyarnos para vivir con más compasión, más espirituales, más solidaridad. En suma, con más amor cristiano. Quizás no tenemos la oportunidad de la presencia física, pero eso es un reto que, con imaginación y creatividad, pero, sobre todo, con la presencia del Espíritu Santo, podremos lograr.

Porque confiamos siempre en un futuro promisorio, nunca en escenarios de catástrofe ineludible. La lectura del Salmo 91 nos lleva a confianza en el porvenir, siempre en acciones en el futuro: “morará”, “confiaré”, “librará”, “cubrirá”, “estarás”, etcétera. Sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; y la esperanza no avergüenza. Esa es nuestra convicción como cristianos.

Hoy vemos cosas más que evidentes: enfermedad, miedo, desesperanza, incertidumbre. Pero el Espíritu de Dios nos hace ver más allá de lo evidente. Porque “el Señor no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero el Señor mira el corazón” (1 Sam. 16:7). Jesucristo es nuestra luz, Él es “nuestros” ojos, Él es la manifestación de Dios en mí.