Jesús en Cuarentena

Jesús en cuarentena

Alan Sánchez Cruz

Domingo 22 de marzo de 2020

Hola, soy el pastor Alan Sánchez Cruz. En días pasados, las congregaciones metodistas recibíamos un comunicado de parte del Gabinete General con fecha de martes 17 de marzo del presente. El documento indicaba, entre otras cosas, la suspensión de cultos regulares y actividades programadas del 21 de marzo hasta el 4 de abril, a menos de que hubiese otra instrucción. Por tal motivo, la reflexión de este domingo la compartiré contigo por este medio. Diremos, en este sentido: “¡Bendita tecnología, que, a pesar de no estar congregados en un mismo lugar, nos permite meditar juntos en torno a la Escritura Sagrada!”.

El título del mensaje es: “Jesús en cuarentena”. Título por demás curioso, y, si bien escuchar el término “cuarentena” nos causa incomodidad, incertidumbre, tedio e incluso, en algunos, pánico, el tal se dice que proviene de la expresión latina quadraginta que no es otra cosa que aquello que cuenta con cuarenta elementos. De ahí, que los numerales latinos por decenas se contasen así (permíteme esta fonética vulgar): viginta, triginta, quadraginta, quinquaginta, sexaginta, septuaginta (como la famosa traducción bíblica de los LXX) y demás.

Muy acorde el tema con lo que hemos estado meditando en días recientes, cuando, según las Escrituras, el Espíritu lleva a Jesús al desierto. Lo aísla, además, por cuarenta días y cuarenta noches. Dicho sea de paso, la cultura de aislamiento que sufrían aquellas y aquellos a quienes se les consideraba “impuras” o “impuros” está presente en la Biblia desde el Antiguo hasta el Nuevo Testamento. Levítico 12 al 15 registra, por ejemplo, leyes de purificación impuestas principalmente a las mujeres y a enfermos de lepra. En el caso de las mujeres, al tener su periodo menstrual o al dar a luz, las mismas leyes sanitarias les marginaban de sus relaciones y prácticas cotidianas. ¿Cómo se sentiría una mujer en aquella época, cuando, además de esto, se le enseñaba que su valor en la sociedad era menor al del hombre? Por otra parte, los invidentes, minusválidos, enfermos de lepra o de algún mal congénito, experimentaban el rechazo de su comunidad como si no perteneciesen a la misma. Algunos de ellos podían sentirse prácticamente como “muertos vivientes”. Por tal motivo, Jesús les diría a aquellas y a aquellos marginados: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10 RVR 1960).

A las impuras e impuros, a las enfermas y enfermos, a las marginadas y marginados, Jesús, por medio de prácticas de sanidad, les restituye el gozo de vivir en comunidad. Este fue y ha sido siempre el deseo de Dios para su pueblo: que, a pesar de su lugar en la sociedad, género, edad, lugar de residencia, inclusive a pesar de su credo, cada hombre y mujer sepa que puede formar parte de su familia y de su proyecto de Reino (“Porque no envió Dios su Hijo al mundo para condenar -ni marginar- al mundo…”).

El relato evangélico muestra lo difícil que era comprender la voluntad de Dios, inclusive para quienes estaban cerca de Jesús. El Maestro, con cada parábola, enseñanza, invitaba a sus oyentes a reflexionar y modificar, en lo posible: a) Su idea de Dios, a quien llamaba Abbá o Padre; b) Su ser judío, al ver que en su sociedad existía mucho rechazo hacia el extranjero; y, a los hombres, c) A examinar su masculinidad. Como buen líder, enseñaba mientras comprendía lo que en su vida debía de ser modificado. Muestra de ello es el pasaje que se encuentra en Marcos 7:27. El Maestro le responde a una mujer no judía que le había pedido un milagro: “Deja primero que se sacien los hijos, porque no está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos”. Una respuesta lógica de su parte, al haber sido educado como un hombre judío de aquel tiempo. Jesús nos muestra que es sabio revirar, después de que aquella mujer -desconocemos su nombre- le increpa: “Sí, Señor; pero aun los perrillos, debajo de la mesa, comen de las migajas de los hijos” (v. 28).

Otro momento clave para su ministerio se encuentra en el pasaje que mencioné al principio. El Espíritu lleva a Jesús al desierto para encontrarse consigo mismo. De acuerdo al relato evangélico de Mateo 4:1-11, Jesús pudo convertir piedras en pan, subir al pináculo de un templo o un monte alto y recibir la gloria de los reinos del mundo, y venció, y rechazó aquellas tentaciones que podrían obstaculizar su ministerio.

Hoy, la realidad internacional nos ha apartado momentáneamente de la aglomeración, de eventos públicos, de salir a las calles libremente, de reunirnos en los templos, y nos llama a permanecer en nuestros hogares para tener, como Jesús en el desierto, una experiencia de Dios distinta, de introspección, de sanidad. Seguramente, el Espíritu nos permitirá en estos días aprender a convivir con la familia, recuperando los juegos y dinámicas de antaño. Será interesante sentarnos a la mesa y compartir alimento que nutra el cuerpo y el espíritu por medio de experiencias, risas, tristezas, certezas y temores, en nuestro hogar, nuestro refugio, así como lo hacían las y los creyentes primitivos hace mucho tiempo.

Es cierto, hay quienes, en cuarentena, todavía deben buscar el recurso diario para su familia, ya que no todos tienen el privilegio de permanecer en sus hogares. Otros, ni siquiera tienen uno. Hoy, el panorama resulta complicado para muchos. Sin embargo, el Espíritu ha traído a Jesús a nuestro desierto para hacernos compañía. Hoy, Jesús está en cuarentena con nosotros, y su presencia, su enseñanza, quiere mostrarnos que todavía podemos ser solidarios con los demás. De esta manera, te propongo algunas acciones que pueden ayudarnos a seguir siendo Iglesia a pesar de no estar juntos:

Continúa con el protocolo de lavarte las manos continuamente, cubrirte adecuadamente al toser o estornudar, etc., y anima a otros a hacer lo mismo.

Piensa en tu hermana o hermano que vive solo. Además de orar por ellos, llámales para saber cómo están, si su salud está bien, si ya comieron o si requieren algo.

¿Conoces a alguien que viva en situación de calle, o a un hermano o hermana cuya situación económica sea precaria? Invita a tu familia a llevarle un producto básico o una despensa. Nuestra comunidad de fe procurará hacerlo, convirtiendo el templo en uno de los lugares de acopio, además de algunos hogares de nuestras familias. Te invito a que tu iglesia y/o familia lo hagan.

Para ir finalizando, me pareció curiosa una de tantas publicaciones en redes sociales. Esta tenía de fondo un predicador y a su congregación en las bancas. El predicador decía: “Y como el templo estará cerrado, tendrán que ser iglesia, vivir su fe, reflejar a Cristo (…), servirle en lo cotidiano de su vida, en la intimidad de su hogar. Sin pautas ni programas. Entre sus conocidos, familiares y amigos. ¿Qué les parece?”.

Les invito a orar.