1937 – 2023
La hermana Fernanda nació en San Luis Potosí en una familia de devotos católicos. Su padre fue Irineo De Blas, un militar veterano de la revolución mexicana; y su madre fue Concepción Rodríguez, quien fuera ama de casa. A la edad de 12 años, al acercarse a una iglesia “protestante” en su natal San Luis Potosí y escuchar el himno “En la Cruz”, conoció de la salvación en Jesucristo. Al mudarse a la ciudad de México se unió en membresía y misión a la “Iglesia de Balderas” (El Mesías). Después de una juventud llena de trabajo secular y estar siendo dedicada a cuidar de sus hermanos menores, contrajo nupcias con Daniel Medina y Martínez.
En los primeros años de su matrimonio iniciaron sus estudios en el Instituto Evangelístico de México; y fue hasta 1964 que Daniel y Fernanda recibieron un nombramiento pastoral bajo la supervisión del Obispo Alejandro Ruiz Muñoz, quien los nombró para Frontera y Monclova, Coahuila. Después fueron nombrados a Ciudad Victoria, Tamaulipas, en 1966. En 1970 el pastor Daniel Medina es enviado a pastorear Parral, Chihuahua, donde permanece hasta el año de 1978, en que es elegido superintendente del distrito Norcentral de la Conferencia Anual Fronteriza. Después de su superintendencia, el pastor Medina recibe otros nombramientos pastorales en Chihuahua, Delicias y Ciudad Juárez.
El pastor Daniel y su esposa Fernanda -después de su jubilación en la Iglesia Metodista de México- se mudaron a los Estados Unidos, donde continuaron como misioneros y pastores en la Iglesia Metodista Unida y en la Iglesia Wesleyana; allí dieron cuidado espiritual en congregaciones en Stoneville, Troy, y Winston Salem, en el estado de North Carolina.
La “hermana Nanda”, como la llamaban quienes le conocían, fue en realidad el brazo derecho del ministerio del pastor Daniel. Ella, desde sus años en Frontera y Monclova hasta sus últimos nombramientos en Estados Unidos, se dedicó a la educación cristiana de los niños de su congregación. Ella organizaba “escuelitas de verano” (escuela bíblica de vacaciones) para los pequeños no sólo de su congregación, sino también para atender la niñez cercana a la iglesia. Sus “escuelitas” no eran de un par de días: duraban al menos dos semanas y los niños permanecían la mayoría del día.
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