
Los retos de una pastoral para la vejez
(segunda parte)
La vejez es el «tiempo favorable» para la culminación de la existencia humana y forma parte del proyecto divino sobre cada hombre. Es la etapa definitiva de la madurez humana y, a la vez, expresión de la bendición divina.
Abner Alaniz Rangel
Con Abraham, del cual se subraya el privilegio de la ancianidad, dicha benevolencia se convierte en promesa: “De ti haré una nación grande y te bendeciré”. Junto a él está Sara, la mujer que vio envejecer su propio cuerpo pero que experimentó, en la limitación de la carne ya marchita, el poder de Dios que suple la insuficiencia humana. Moisés es ya anciano cuando Dios le confía la misión de hacer salir de Egipto al pueblo elegido. Las grandes obras realizadas a favor de Israel por mandato del Señor no las lleva a cabo en su juventud, sino ya entrado en años.
El Nuevo Testamento, nos ofrece asimismo figuras elocuentes de ancianos. El Evangelio de Lucas comienza presentando una pareja de esposos «de avanzada edad» (1, 7), Isabel y Zacarías, los padres de Juan Bautista. A ellos se dirige la misericordia del Señor (cf. Lucas 1, 5-25. 39-79); a Zacarías, ya anciano, se le anuncia el nacimiento de un hijo. Lo subraya él mismo: «yo soy viejo y mi mujer avanzada en edad» (Lucas 1, 18). Durante la visita de María, su anciana prima Isabel, llena del Espíritu Santo, exclama: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno» (Lucas 1, 42). Al nacer Juan Bautista, Zacarías proclama el himno del Benedictus. He aquí una admirable pareja de ancianos, animada por un profundo espíritu de oración.
Anciano es Nicodemo, notable miembro del Sanedrín, que visita a Jesús por la noche para que no lo vean. El divino Maestro le revelará que el Hijo de Dios es Él, venido para salvar al mundo (cf. Juan 3, 1-21). Volvemos a encontrar a Nicodemo en el momento de la sepultura de Cristo, cuando, llevando una mezcla de mirra y áloe, supera el miedo y se manifiesta como discípulo del Crucificado (cf. Juan 19, 38-40). ¡Qué testimonios tan confortadores! Nos recuerda cómo el Señor, en cualquier edad, pide a cada uno que aporte sus propios talentos. ¡El servicio al Evangelio no es una cuestión de edad!
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