
En nuestro lugar
La pregunta de por qué murió Jesús es, sin embargo, central para entender el cristianismo. Es más, no comprendemos a Cristo si no entendemos su cruz.
José de Segovia
La Iglesia, desde los primeros siglos, ha mantenido que un Cristo menos que humano no podría ser el Salvador de los seres humanos.
A muchos nos gusta la Navidad porque es una historia hermosa que nos hace revivir recuerdos nostálgicos, la alegría de la infancia y el ideal de paz en la tierra. En la cruz, sin embargo, no hay nada atractivo. Muchos la utilizan como elemento decorativo, pero no deja de ser un patíbulo. Es un instrumento de ejecución, que produce una muerte horrible, cruel y sangrienta. Algo que no sólo resulta incomprensible, sino desagradable, totalmente repulsivo.
La pregunta de por qué murió Jesús es, sin embargo, central para entender el cristianismo. Es más, no comprendemos a Cristo si no entendemos su cruz. Es algo más que un símbolo. En ella está el corazón del Evangelio. En primer lugar, nos preguntamos qué queremos decir cuando hablamos del “sacrificio vicario del Hijo de Dios encarnado”.
Para entender lo que esto significa, tenemos que darnos cuenta de que estamos ante la pregunta que tanta gente se hace, cuando se le presenta la fe cristiana: ¿cómo puede ayudarnos hoy la muerte de un hombre hace dos mil años? Todos admiramos a personas que sufren incomprensión, traición y muerte, por fidelidad a una buena causa. Podemos aceptar la cruz como un noble acto de autosacrificio, pero ¿qué es eso de un sacrificio vicario? Y ¿por qué del Hijo de Dios? ¿No basta que sea simplemente un hombre?
La muerte de Jesús no es sólo un buen ejemplo, sino el pago de la deuda que costaba nuestro rescate.















