Si reconocemos que nuestra religión no apela al intelecto del joven, así como a sus emociones ni a su corazón y voluntad, nos veremos obligados a admitir el hecho de que nuestra iglessia no tiene un programa para la juventud.
Rev. Gabino Rodríguez
Si preguntásemos: ¿Cuál es el problema de más trascendencia que la Iglesia de Cristo debe encarar en nuestros días? Creo que después de reflexionar profunda y desapasionadamente, diríamos que es el de mantener a la juventud de nuestra Iglesia de tal manera vinculada e interesada para que tome una parte activa y eficaz en ella. Algunos hay que se afanan mucho y vociferan desmedidamente por mantener dogmas enmohecidos y sin vida, ideas añejas que obstaculizan el progreso de nuestra causa y que nada tienen que ver con su cristianismo robusto, y se olvidan que el verdadero cristianismo no es tanto asunto de credos, como una vida de amor y de justicia; jamás se ocupan de ellos, de los problemas que agitan a la humanidad y que nosotros debemos afrontar en obra regenerativa.
¿Por qué los pastores y las juntas oficiales de nuestra Iglesia al ver el desbande general de nuestra juventud, que con tanto dolor contemplamos, no tratan de buscar los medios para impedirlo? ¿Por qué no nos paramos a preguntarnos cuál es la razón fundamental que impele a la juventud a dejar las filas de nuestra Iglesia? ¿Por qué en vez de crecer su entusiasmo por la escuela dominical y por los demás servicios religiosos, se vuelven indiferentes y, con frecuencia, hostiles a la Iglesia de modo que ni siquiera quieren pisar sus umbrales?
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