El secreto de ser líder y siervo
La autoridad en el Reino de Dios va en consonancia con la capacidad de una persona de servir a los demás.
José Hutter
En los dos artículos anteriores nos dimos cuenta de que el abuso de autoridad y poder no es ajeno al mundo cristiano. Lo llevamos dentro, muy dentro de nosotros. Es así como el mundo funciona y es muy fácil proyectar esos principios del mundo a la iglesia cristiana. Cuando llegamos al capítulo 20 de Mateo, los discípulos y su entorno habían escuchado ya en varias ocasiones los principios de la gracia divina. Pero todavía no entendieron la materia. Llegó la madre de Jacobo y Juan y pidió los sitios de autoridad y poder a la izquierda y derecha de Jesús cuando él estableciera su Reino. Tenemos la sospecha de que esta pobre mujer simplemente fue empujada por sus dos hijos que no se atrevieron a exigirlo a Jesús directamente. Esto finalmente llevó a Jesús a constatar un principio de liderazgo radical, desconocido en el mundo y pocas veces practicado en el entorno cristiano a lo largo de la historia: el principio del líder siervo. Lo que Jesucristo resume en pocas frases en Mateo 20, lo había establecido como prólogo en lo que llamamos el sermón del monte, que no es otra cosa que la carta magna de la libertad de la vida cristiana. Jesús dijo:
“Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo; como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mateo 20:25-28).
No hay mucho que interpretar. No son palabras difíciles de entender. No hay que hacer una exégesis del texto griego para entender una cosa muy sencilla: la autoridad en el Reino de Dios va en consonancia con la capacidad de una persona de servir a los demás. No significa necesariamente que un pastor tenga que limpiar los lavabos de su iglesia regularmente (aunque tampoco pasaría nada si lo hiciera de vez en cuando). Esto significa simplemente que un líder en la iglesia tiene que entender su ministerio como una oportunidad de servir a otros en un espíritu de humildad y no como pretexto para imponer su criterio.

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