Martín Lutero
Sermón para la Ascensión de nuestro Señor.
Fecha: 25 de mayo de 1525.
Texto: Marcos 16:14-20.
“Finalmente se apareció a los once mismos, estando ellos sentados a la mesa, y les reprochó su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que le habían visto resucitado. Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado. Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán. Y el Señor, después que les habló, fue recibido arriba en el cielo, y se sentó a la diestra de Dios. Y ellos, saliendo, predicaron en todas partes, ayudándoles el Señor y confirmando la palabra con las señales que la seguían.” Amén.
- La ascensión de Cristo ocurrió en bien nuestro, y así debemos considerarla.
Celebramos la fiesta de la Ascensión porque confesamos en nuestro Credo: «Subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre todopoderoso; y desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos». Ya habéis oído a menudo cómo se debe predicar a la gente este artículo de la fe: no debemos limitarnos, como se hacía hasta el presente, a contar y oír la historia de cómo Cristo subió a los cielos en compañía de los ángeles, sino que hay que predicar acerca de esta historia de una manera tal que llegue a ser de verdadero provecho para mí y para ti. La ascensión no debe ser considerada como algo que Cristo hizo solamente en interés de su propia persona. Si éste hubiera sido el caso, habría bastado con que él partiera solo y desapercibido. Pero no: lo hace visiblemente, en público. Con esto quiere decirnos: Esta ascensión se hace no por mí sino por vosotros.
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