La Ley VS la Gracia

14) Ley vs GraciaDOCUMENTOS DE APOYO PARA LA FE…

LA TORA

LA LEY VS LA GRACIA

            Hace tiempo, escribí un polémico documento titulado: ¿Diezmo legal o diezmo de gracia? con el fin de clarificar algunos conceptos que se manejaban en algunos sectores de nuestra iglesia; que hacían énfasis en el factor económico por la evidente necesidad financiera, por la que atravesaba nuestra iglesia; en lugar de enfocar la verdadera motivación, del fundamento bíblico “el reconocimiento de la manifiesta gratitud a Dios”.

Hoy, a propósito del estudio del libro de Romanos, ha surgido, en la clase de Escuela Dominical, la polémica sobre la Ley y la Gracia. Ahora, aún a riesgo de parecer nada ortodoxo, casi hereje, porque voy a tocar paradigmas inveterados, me propongo investigar lo concerniente, intentando dar mi propia respuesta: ¿estamos bajo la Ley o bajo la gracia? Disto mucho, de tratar el tema como un experto, pero si como un aficionado que lo investiga con rigor científico, bíblico y teológico.

¿Qué hacer Con los pastores, y predicadores de diversos matices, que insisten en que los cristianos, aunque ya no estamos bajo el antiguo pacto, todavía debemos de cumplir la Ley del Antiguo Testamento, es decir la Ley Judía? Cuando leemos en Éxodo 20, Dios habla y da a conocer sus mandamientos a los judíos: Verso 2 “Yo soy el Señor, tu Dios te saque de Egipto, del país donde eras esclavo”. Verso 3. “No tengas otros dioses, además de mí”, etc. ¡Más claro ni el agua! Aquí, Dios se refiere solamente al pueblo hebreo, no a toda la humanidad. Investigando, nos damos cuenta que son 613, mandamientos, que están resumidos en lo que llaman la TORA.

            Veamos unos cuantos, lo que nos da una idea de porque las escrituras afirman que por la Ley nadie se justifica, que esta es solo por la fe. “Degollar el korbán pesaj, ingerir la carne del korbán Pesaj, No ingerir el korbán Pesaj crudo o cocido al agua, No dejar sobrantes de la carne del korbán Pesaj,  Eliminar el jametz (leudado), Ingerir matzá (pan ácimo), Que no se halle jametz en nuestra propiedad en Pesaj, No ingerir nada que contenga jametz, No darle del korbán Pesaj al hebreo traidor, No darle del korbán Pesaj al extranjero residente (guer toshav), No sacar del korbán Pesaj fuera del recinto hogareño, No romper ningún hueso del korbán Pesaj, No comerá incircunciso del korbán Pesaj, Consagrar los primogénitos en la Tierra de Israel de los animales. Redimir el primogénito del burro (con un cordero), Desnucar al primogénito del burro si no es redimido, Beshalaj No traspasar el límite territorial en Shabbat, Itró Saber que existe el Eterno, No creer en dioses de otros, sólo en Dios, No hacer escultura para adorar, No hincarse frente a idolatría, No adorar idolatría de la manera que es habitual hacerlo, No jurar en vano, Santificar el Shabbat con palabras, No hacer melajá en Shabbat, Honrar al padre y la madre, No asesinar al inocente, No mantener relaciones íntimas con una mujer desposada con otro varón, etc. etc. Y… así, hasta llegar a los 613 ¡imagínese

¿Cómo entender, que la Escritura dice, que si quebrantamos uno solo de estos mandamientos, quebrantamos toda la Ley? ¿Cómo entender, que aunque hayamos aceptado a Jesucristo como nuestro salvador personal, si no cumplo con todos estos mandamientos de la TORA, ¿no nos podemos salvar? ¿Acaso somos un apéndice del judaísmo y no una religión sustentada en el Nuevo testamento? Y lo más importante ¿Qué propósito, tiene la venida de Jesús al mundo, si de todas maneras somos esclavos de la Ley y nuestra salvación depende del cumplimiento de la misma? Yo considero que la Ley sigue siendo válida para el pueblo de Israel, no para el cristiano.

En el Tomo II de los Sermones de Wesley, (sermones 34 y 35), “Origen, naturaleza, atributos y finalidades de la ley”, se nos dan valiosos conceptos, para la clarificación de nuestro tema. Acudamos a ellos: “La expresión bajo la ley puede querer decir, estar obligado a observar las leyes de Moisés; estar obligado a vivir según lo estipulado por la totalidad de la institución mosaica; estar obligado a guardar la ley moral en su totalidad como condición para ser aceptados por Dios; y vivir bajo la ira y maldición de Dios, sentenciados a muerte eterna; vivir en la culpa y la condena, experimentando el horror y un miedo servil. Ahora bien, aunque un creyente no está sin ley de Dios, sino bajo la ley de Cristo, desde el mismo momento en que cree deja de estar bajo la ley en cualquiera de los sentidos mencionados en el apartado anterior.

Por el contrario, se encuentra ahora bajo la gracia, gozando de una dispensación más benigna y misericordiosa. Así, ya no está sujeto a la ley de Moisés, o a las instituciones mosaicas; tampoco está obligado a guardar siquiera la ley moral como condición para ser aceptado. Queda, pues, libre de la ira y la maldición de Dios, de todo sentimiento de culpa y condena, y de todo el horror y el temor de la muerte que hasta entonces había hecho que toda su vida estuviese sujeta a servidumbre. Ahora el creyente actúa en obediencia voluntaria y universal (cosa que no podía hacer cuando estaba bajo la ley). No obedece motivado por un temor que lo esclaviza, sino por una razón mucho más noble: la gracia de Dios que reina en su corazón hace que todas sus obras se forjen en el amor.

¿Qué diremos entonces? ¿Será este principio evangélico que rige nuestras acciones menos poderoso que el legal? ¿Seremos menos obedientes a Dios por nuestro amor filial que lo que éramos por el temor? Ojalá no haya muchos ejemplos de esto; esperemos que este antinomianismo práctico, esta forma disimulada de invalidar la ley mediante la fe no se haya extendido a miles de creyentes. ¿Tú no te habrás contagiado? Examínate honesta y cuidadosamente. ¿No estarás haciendo ahora aquello que no te atrevías a hacer cuando estabas bajo la ley o (como lo llamamos comúnmente) bajo condena?

Por ejemplo, no te atrevías entonces a comer en demasía. Sólo tomabas lo necesario, y lo más barato. ¿No te permites mayores placeres? ¿No eres un poco más indulgente contigo mismo de lo que eras? ¡Ten cuidado, no sea que ahora peques porque no estás bajo la ley sino bajo la gracia! Cuando estabas bajo condena no te atrevías en lo más mínimo a codiciar con la mirada aquello que no tenías. No hacías nada, grande o pequeño, por satisfacer tu curiosidad. Sólo prestabas atención a la pulcritud y a las cosas verdaderamente necesarias, o a lo sumo a algunas comodidades moderadas, ya fuera respecto de los muebles o de la vestimenta. Considerabas abominable y te escandalizaba todo lo que fuera superfluo y refinado, así como la elegancia impuesta por la moda. ¿Aún lo crees así? ¿Tienes el mismo grado de sensibilidad con respecto a estas cosas que tenías en el pasado? ¿Sigues las mismas normas con respecto a los muebles y a la ropa, despreciando todo refinamiento, todo lo inútil y superfluo, todo aquello que es meramente ornamento aunque esté a la moda? ¿No será que has adoptado precisamente aquello que una vez habías dejado de lado y que no podías usar sin lastimar tu conciencia? ¿No es verdad que has aprendido a decir: «Ah, ya no soy tan escrupuloso.» ¡Cómo desearía que aún lo fueras! Así no caerías en esta clase de pecado por no estar bajo la ley, sino bajo la gracia.

Tiempo atrás también tenías escrúpulos de halagar a otras personas, y más aún de que otros te halagaran. Era como una puñalada, no podías soportarlo; sólo buscabas la honra que viene de Dios. No tolerabas tal clase de conversaciones, ni ninguna conversación que no fuera edificante. Aborrecías toda charla trivial y todo discurso superfluo, lo odiabas tanto como lo temías porque sabías apreciar lo valioso del tiempo, de cada instante que se esfuma. Igualmente odiabas y aborrecías todo gasto superfluo, considerando que sólo el tiempo era más valioso que el dinero y temiendo que pudieras ser considerado mayordomo infiel aun cuando se tratara de las riquezas injustas.

Y ahora, ¿Sigues creyendo que el halago es un veneno mortal que no puedes dar ni recibir sin poner tu alma en peligro? ¿Aún odias y aborreces toda conversación que no sea edificante? ¿Te esfuerzas por mejorar a cada instante a fin de que el tiempo no pase en vano y que cada momento vivido haga de ti una mejor persona? ¿No crees que ahora eres menos cuidadoso con tu tiempo y con tu dinero? ¿Acaso no desperdicias tiempo y dinero como nunca antes lo habías hecho? ¿No puedes ahorrar ambos como antes lo hiciste? ¡Ay! ¡Cómo lo que tendría que haber sido para vuestro bien se convirtió en motivo de tropiezo! ¡Cómo has caído en pecado por no estar bajo la ley, sino bajo la gracia! ¡No permita el Señor que continúen de este modo convirtiendo en libertinaje la gracia de nuestro Dios! ¡Recuerda cuán clara y fuerte era tu convicción con respecto a todas estas cosas!

También sabías perfectamente de quién provenía tal convicción. El mundo te decía que vivías engañado, pero tú sabías que era la voz de Dios. No eras excesivamente escrupuloso con respecto a estas cosas entonces, pero ahora no eres lo suficientemente escrupuloso. Dios te retuvo en ese doloroso aprendizaje para que aprendieras las grandes lecciones a la perfección. ¿Ya las has olvidado? Repásalas antes de que sea demasiado tarde. ¿Has pasado tantas penurias en vano? Confío en que no haya sido en vano. Ahora es tiempo de ejercer la convicción sin el sufrimiento. Pon en práctica las lecciones sin necesidad del castigo. No permitas que la misericordia de Dios tenga menos influencia sobre ti que la que tenían su ira y su indignación.

¿Acaso el amor es un motivo menos poderoso que el temor? Si no lo es, ten esto por norma inmutable «Ahora que vivo bajo la gracia no haré nada de aquello que no me atrevía a hacer cuando vivía bajo la ley». 8. No puedo concluir este tema sin antes exhortarte a que también te examines respecto de los pecados de omisión. ¿Estás libre de estos pecados ahora que vives bajo la gracia como lo estabas cuando vivías bajo la ley? ¡Qué diligente eras en aquel entonces para escuchar la palabra de Dios! No perdías oportunidad alguna, asistías de noche y de día. No permitías que nada se interpusiera en el camino, ya fuera un negocio, una visita, un ligero malestar, una cama muy confortable o una mañana fría y oscura. ¿No ayunabas con frecuencia? ¿No practicabas la abstinencia hasta donde te era posible? ¿No orabas constantemente (a pesar de no sentir entusiasmo ni vigor) cuando estabas suspendido sobre la boca del infierno?

¿Acaso no hablabas y defendías a Dios, aun cuando él era un desconocido para ti? ¿No abogabas por su causa, reprendiendo a los pecadores y declarando la verdad ante una generación adúltera? Y ahora que crees en Cristo, ¿tienes esa fe que ha vencido al mundo? ¿O es que tienes menos entusiasmo por tu maestro ahora que antes cuando en realidad no lo conocías? Si eres menos diligente en el ayuno, en la oración, en escuchar su Palabra, en invitar a los pecadores a acercarse a Dios, entonces ¡arrepiéntete! ¡Toma conciencia de todo lo que has perdido! ¡Recuerda de dónde has caído! ¡Lamenta tu infidelidad! Recupera tu entusiasmo y realiza tus primeras obras, no sea que, si continúas anulando la ley por la fe, Dios te rechace y te ponga con los infieles.

La ley confirmada mediante la fe (Romanos 3:31) ¿Luego, por la fe invalidamos la ley? En ninguna manera, sino que confirmamos la ley. 1. Hemos analizado en el discurso anterior cuáles son las formas más usuales de anular la ley mediante la fe. La primera se refería al hecho de no predicar acerca de ella, con lo cual se invalida toda la ley de una vez y de manera muy efectiva. Esto se hace con el pretexto de «predicar a Cristo» y resaltar el evangelio, aunque en la realidad signifique destruir a ambos por igual. La segunda forma está referida a la enseñanza, directa o indirecta, de que la fe destruye la necesidad de santidad, que ésta no es ahora tan necesaria, o que se la necesita en menor medida que antes de la venida de Cristo.

Se argumenta que siendo creyentes no necesitamos la santidad como antes de serlo, y que la libertad cristiana nos libera de toda clase o medida de santidad. De este modo se distorsiona el significado de las grandes verdades acerca de que estamos bajo el pacto de la gracia y no de las obras; que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley, y que al que no obra, sino cree, su fe le es contada por justicia. Y, por último, la tercera forma consistía en anular la ley en la práctica aunque no en principio. Se trata de vivir o actuar como si la fe pudiera excusarnos de la santidad, permitirnos caer en pecado porque ya no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia. Resta averiguar cómo podemos encontrar un mejor camino, para poder decir con el Apóstol: «¿Luego, por la fe invalidamos la ley? En ninguna manera, sino que confirmamos la ley.» Ciertamente no confirmamos la antigua ley mosaica, puesto que sabemos que fue abolida para siempre. Mucho menos confirmamos la totalidad de las instituciones mosaicas, las cuales sabemos que nuestro Señor clavó en la cruz.4 Tampoco confirmamos la ley moral (lo cual, como es de temerse, muchos hacen) como si el cumplirla, el guardar todos los mandamientos, fuese condición necesaria para nuestra justificación. Si así fuera, seguramente delante de él ningún ser humano será justificado.5 Sin embargo, a pesar de todo esto, confirmamos la ley, la ley moral, en el sentido que el Apóstol da a esta expresión.

I.1. En primer lugar confirmamos la ley por medio de nuestra doctrina; procurando predicarla en su totalidad, explicando y haciendo valer todas y cada una de sus partes de la misma manera en que lo hizo nuestro Señor cuando estaba en la tierra. La confirmamos siguiendo el consejo de San Pedro: «Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios», como lo hicieron aquellos escogidos por Dios en la antigüedad, cuyas palabras y escritos inspirados por el Espíritu Santo han servido para nuestra instrucción, y como también lo hicieron los apóstoles de nuestro bendito Señor, guiados por el mismo Espíritu.

La confirmamos cada vez que hablamos en su nombre, sin ocultar nada a quienes nos escuchan; dando a conocer sin limitaciones o reservas todo el plan de Dios. Y para estar seguros de poder confirmarla del modo más efectivo, utilizamos un lenguaje claro y sencillo. No somos como muchos que falsifican la palabra de Dios, (kapeleúousi) (como hacen los comerciantes deshonestos con el vino malo). No rebajamos, combinamos, adulteramos ni suavizamos la palabra para acomodarla al gusto de los oyentes, sino que con sinceridad, como de parte de Dios, y delante de Dios, hablamos en Cristo.

No tenemos otro propósito que encomendarnos a toda conciencia humana delante de Dios por la manifestación de la verdad. 2. Así que, confirmamos la ley por medio de la doctrina cuando la declaramos abiertamente a todos, en toda su plenitud, tal como nos la transmitieron nuestro bendito Señor y sus apóstoles; cuando la damos a conocer en toda la anchura, la longitud, la profundidad y la altura.

Confirmamos, entonces, la ley cuando publicamos cada una de sus partes, cada uno de los mandamientos que ella contiene, no sólo en sentido amplio y literal, sino también en el sentido espiritual; no sólo en lo concerniente a nuestra conducta, las acciones que puede prohibir o aconsejar, sino también en lo que se refiere a nuestros principios, pensamientos, deseos e intenciones. Y todo esto lo hacemos con la mayor diligencia no sólo porque es de suma importancia (en la misma medida en que todo fruto, cada palabra y cada obra, continuará siendo malo si el árbol es malo, si la disposición y la actitud del corazón no son rectos delante de Dios) sino también porque a pesar de la tremenda importancia de este tema se lo estudia y se lo entiende poco. Tan poco se lo conoce que podemos decir, sin temor a equivocarnos, que la ley tomada en su más profundo sentido espiritual es el misterio que había estado oculto desde los siglos y edades.

Permaneció completamente oculta para el mundo pagano. Ellos con toda la sabiduría que se jactaban no descubrieron los secretos de Dios ni la ley de Dios; no llegaron a la letra ni mucho menos al espíritu. Su necio corazón fue entenebrecido, y profesando ser sabios, se hicieron necios. En cuanto a su significado espiritual, estuvo casi igualmente oculta para la mayoría de la nación judía. Aun ellos, que estaban siempre prontos a declarar con respecto a otros: «Esta gente que no sabe la ley, maldita es», pronunciaron su propia sentencia dado que se encontraban bajo la misma maldición, la misma terrible ignorancia. Recordemos los continuos reproches de nuestro Señor a los más sabios entre ellos por sus burdamente malas interpretaciones de la ley. Recordemos la suposición, aceptada casi universalmente por todos ellos, que bastaba con limpiar el vaso por fuera, y diezmar la menta y el eneldo y el comino.

Creían que la perfección exterior podía compensar la impureza interior y una falta absoluta de justicia y misericordia, de fe y del amor a Dios. Tan completamente oculto permaneció el significado espiritual de la ley para los sabios, que uno de los más eminentes rabinos hizo el siguiente comentario acerca de aquellas palabras del salmista «Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado»: «Es decir, si está sólo en mi corazón, si no cometo iniquidad de hecho, el Señor no la tendrá en cuenta; ¡no me castigará a menos que yo cometa actos de maldad!» 4. Mas la ley de Dios, en su sentido espiritual más profundo, no permanece oculta sólo para los judíos y paganos, sino también para los cristianos, o al menos, para una inmensa mayoría. El sentido espiritual de los mandamientos del Señor es todavía un misterio para ellos.

Tampoco podemos decir que esto sólo sucede en los países que se encuentran inmersos en las tinieblas y la ignorancia del romanismo. Lo que sí podemos asegurar es que la mayoría de ellos, aun los que se llaman «cristianos reformados», permanecen, hasta el presente, completamente ajenos a la dimensión de pureza y espiritualidad de la ley de Cristo. Esta es la razón por la cual, hasta el día de hoy, «los escribas y fariseos» (los hombres que conocen el aspecto formal de la religión, mas no su poder, aquellos que son sabios en sus propios ojos, y justos según su propia opinión) se ofenden cuando oyen estas cosas. Se ofenden profundamente cuando hablamos de la religión del corazón, particularmente cuando les mostramos que sin ella aunque repartiésemos todos nuestros bienes para dar de comer aparentemente Wesley se refiere al rabino David Kimchi. Pero en ese caso ha malinterpretado las enseñanzas de Kimchi.

LA GRACIA…DON SOBRENATURAL QUE DIOS CONCEDE PARA ALCANZAR LA VIDA ETERNA… La amistad con Dios perdida por el pecado original, sólo se puede recuperar por medio de la gracia. Que es un don sobrenatural que Dios concede para alcanzar la vida eterna, y se recibe, principalmente por los sacramentos. Es un regalo de Dios, nadie ha hecho nada para obtenerla por mérito propio. Dios siempre da el primer paso. Es don sobrenatural porque lo que se está comunicando es la vida misma de Dios. Este regalo de Dios exige la respuesta del hombre. La gracia es una participación gratuita de la vida sobrenatural de Dios. Inicia con el Bautismo y se pierde cada vez que se comete un pecado grave. Ahora bien, la gracia puede perderse o aumentarse, a pesar de ser gratuita el hombre puede favorecer su recepción o impedir su fruto. Por medio de la gracia somos introducidos a la vida Trinitaria: se participa por el Bautismo de la gracia de Cristo, somos hechos hijos adoptivos de Dios, por lo que se puede llamar “Padre” a Dios, y se recibe la vida del Espíritu que infunde la caridad y que forma la Iglesia. La vocación a la vida eterna proviene de la iniciativa gratuita de Dios, sólo Él es capaz de revelarse y de darse, por lo tanto es sobrenatural porque sobrepasa las capacidades de la inteligencia y la voluntad humana. El cristiano no puede actuar rectamente si no cuenta con la ayuda de Dios.

NECESIDAD DE LA GRACIA. La gracia es absolutamente necesaria, sin ella es imposible alcanzar la salvación, la vida eterna. La justificación implica el perdón de los pecados, la santificación y la renovación. Es la que arranca al hombre del pecado contrario al amor de Dios y purifica su corazón. Es una acogida de la justicia de Dios por la fe en Cristo, merecida por la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. La justificación es la obra más excelente del amor de Dios. Decía San Agustín “la justificación del impío es una obra más grande que la creación del cielo y de la tierra, porque el cielo y la tierra pasarán, mientras la salvación y la justificación de los elegidos permanecerán” .Implica la santificación de todo el ser.

La justificación se le concede al hombre por medio de la gracia, en virtud de los méritos de la redención de Cristo. Pero no se le da sin hacer nada por merecerla. El hombre debe disponerse a recibirla mediante el ejercicio de la virtud. En el siglo V, los seguidores de Pelagio, decían que sin la gracia el hombre se podría salvar, pues se basta a sí mismo y no necesita de la ayuda de Dios. Esta es la llamada “herejía de Pelagio” o pelegianismo. Esta herejía está muy difundida en la actualidad por el New Age. Los protestantes en el siglo XVI decían el hombre desde el pecado original no puede hacer nada nuevo, pues quedó totalmente corrompido. Exaltaban tanto la gracia que caían en el extremo de anular la libertad del hombre.

CLASIFICACIÓN DE LA GRACIA. La presencia de Dios en la vida del hombre debe de ser continua, porque en Él “somos, nos movemos y existimos”. Para ello se cuentan con diferentes tipos de gracias: Gracia santificante. Es un don sobrenatural infundido por dios en nuestra alma – merecida por la Pasión de Cristo – que recibimos por medio del Bautismo, que nos hace, justos, hijos de Dios y herederos del cielo. El Espíritu Santo nos da la justicia de Dios, uniéndonos – por medio de la fe y el Bautismo – a la Pasión y Resurrección de Cristo. Es una disposición sobrenatural que perfecciona al alma para hacerla capaz de obrar el bien

Sus efectos son:

1.- Borra el pecado

2.- Hace posible que Dios habite en nuestra alma

3.- Nos hace hijos de Dios y herederos del cielo

La gracia actual es ese don sobrenatural, pasajero, otorgado por Dios, que ilumina la inteligencia y mueve la voluntad para que el hombre sea capaz de realizar acciones sobrenaturales. Es un don de Dios concedido temporalmente en una circunstancia precisa. La gracia habitual, don sobrenatural que permanece en el alma cuando se vive en amistad con Dios, sin cometer ningún pecado grave. Es una disposición permanente para vivir y actuar según la voluntad de Dios. Gracia sacramental, gracia propia de cada sacramento. Gracias especiales, carismas o dones gratuitos de Dios para el bien común de la Iglesia. Gracia de estado es la fuerza necesaria para cumplir con las responsabilidades propias según el estado de vida de cada quien o su vocación. Son influjos, en la inteligencia o en la voluntad, por los cuales el hombre percibe lo que debe de hacer o dejar de hacer y se siente atraído para conseguirlo, recibiendo las fuerzas para lograrlo. Los carismas son gracias especiales del Espíritu Santo, están ordenados a la gracia santificante y son para el bien común de la Iglesia.

            Visto todo lo anterior, quienes profesamos la fe Cristiana Metodista, y sustentamos nuestra razón de ser, como iglesia, en los preceptos del Rev. Juan Wesley, me pregunto, y le pregunto a usted amable lector: ¿Cómo entender lo que dice Malaquias 3: 10 “llevad el diezmo íntegro a la casa del tesoro, para que haya alimento en mi casa; y ponedme asi a prueba, dice Yahveh Sebaot, a ver si no os abro las esclusas del cielo, y no vacío sobre vosotros la bendición hasta que ya no quede”.

Si la Iglesia surge, a partir del Pentecostés, ¿esta sentencia se aplica a los judíos o a los cristianos?… Y ¿Cómo podemos entender 2ª. Corintios 9:7 “Cada cual dé según el dictamen de su corazón, no de mala gana ni forzado, pues: Dios ama al que da con alegría”. ¿Entonces? ¿Nos queda claro que estamos bajo la gracia? ¿Cómo debemos proceder? Bueno, eso digo yo…¿Usted qué opina? 

CON MI AFECTO Y RESPETO

Pastor Alaniz

Bibliografía:

Santa Biblia / Reina Valera 1995/ Edición de Estudio

Biblia de Jerusalén Nueva edición revisada y aumentada

Desclee De Brouwer / Bilbao España /1984

Diccionario De Teología/ Everett F. Harrison-Geofrey W. Bromiley- Carl F. H. Henry

T.E.L.L. / 1987

OBRAS DE WESLEY, Edición auspiciada por Wesley Heritage Foundation, Inc

Tomo II / Sermones 34, 35.

abner alaniz2

2 comentarios sobre “La Ley VS la Gracia

  1. Pues vale está claro, Vivimos bajo la gracia y si es bajo la gracia, el corazón agradecido dará muestra de ello, al llevar ofrenda con alegría que es una manifestación de la obra del espíritu santo en la vida del creyente. habrá que preguntarse si hay en cada miembro este fruto del Espíritu Santo en su vida.

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