Comentario Salmos Penitenciales, Salmo 51

16. Comentario a los Salmos Penitenciales, Salmo 51COMENTARIO A LOS SALMOS PENITENCIALES, SALMOS 51

Martín Lutero

1520

Prefacio de Martín Lutero.

Entre mis primeros escritos publiqué a su tiempo también los siete salmos penitenciales con una exégesis. Aunque todavía no hallo en ellos nada malo, no obstante, no acerté a menudo el sentido del texto. Lo mismo les suele suceder a todos los maestros en su primer ensayo, también a los antiguos Padres santos, que según Agustín confiesa respecto a su persona, se han perfeccionado diariamente al escribir y enseñar. Así el librito en aquel entonces era suficientemente bueno y aceptable, puesto que no teníamos nada mejor a mano. Empero, ya que el evangelio ahora ha llegado al cénit, brilla espléndidamente, y yo también he progresado desde entonces, tuve por conveniente publicar la obra de nuevo, mejorada y más exactamente basada sobre el texto correcto. Encomiendo con esto a todos los lectores a la gracia de Dios. Amén. 

CUARTO SALMO PENITENCIAL

SALMO 51

  1. Ten piedad de mí oh Dios, conforme a tu bondad conforme a tu gran misericordia borra mi rebelión.
  2. Lávame a fondo de mi maldad, y límpiame de mi pecado.
  3. Porque yo reconozco mi trasgresión, y mi pecado está siempre delante de mí.
  4. Contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de ti.
  5. Por eso serás reconocido justo en tus palabras y hallado puro cuando se te juzgue.
  6. He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre.
  7. He aquí, tú amas la verdad, y me haces comprender la sabiduría en lo secreto.
  8. Purifícame con hisopo, para que sea limpio; lávame, para que sea blanco como la nieve.
  9. Hazme oír gozo y alegría, para que se recreen los huesos que has abatido.
  10. Esconde tu rostro de mis pecados, y borra todas mis maldades.
  11. Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu obediente dentro de mi
  12. No me eches de delante de ti, y no quites de mí tu santo Espíritu.
  13. Vuélveme el consuelo de tu salvación, y el espíritu noble me sustente.
  14. Enseñaré a los transgresores tus caminos, para que los pecadores se conviertan a ti.
  15. Líbrame de homicidios, oh Dios, Dios de mi salvación, para que mi lengua gloríe tu justicia. 16. Señor, abre mis labios para que mi boca publique tu alabanza.
  16. Porque no quieres sacrificio, si no yo lo daría; no té agradan los holocaustos.
  17. Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios.
  18. Haz bien con tu benevolencia a Sion: los muros de Jerusalén.
  19. Entonces te agradarán los sacrificios de justicia, el holocausto y ofrenda del todo quemada. Entonces ofrecerán becerros sobre tu altar.

 

  1. Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu bondad.

Un corazón veraz y arrepentido no ve sino su pecado y miseria en la conciencia, por lo cual no puede decir estas palabras con seriedad profunda quien aún halla algo de consejo y auxilio en sí mismo, porque no es todavía completamente abatido, sino que siente algo como un consuelo en sí mismo, fuera de la gracia de Dios. El sentido de este versículo es el siguiente: Oh Dios, ningún hombre ni criatura me puede auxiliar ni consolar. Tan grande es mi miseria, porque mi mal no es corporal ni temporal. Por ello Dios, que eres eterno, tú solo me puedes ayudar; ten piedad de mí, puesto que sin tu misericordia todas las cosas son terribles y amargas para mí.

Conforme a tu gran misericordia borra mi rebelión.

Son todas palabras de un arrepentimiento profundo, que hace grande y abundante la gracia divina haciendo grande y abundante su propio pecado. El apóstol dice: “Donde abundan los pecados, abunda también la gracia”(7). Por ello, no les gusta mucho la gracia a los orgullosos, puesto que aún no les disgustan sus pecados. 

  1. Lávame a fondo de mi maldad, y límpiame de mi pecado.

Antes, comenzando a la manera humana, el salmista había implorado la gracia e indulgencia por los pecados cometidos y el poder por empezar una vida diferente. Ahora suplica de un modo creciente, casi hasta el final del salmo, que sea lavado y limpiado siempre más y más. La primera gracia es un comienzo de lavar y limpiar. En esta gracia no permanecen y aun recaen los que sólo se fijan en el pecado real y exterior, y persisten. Ahora es necesario que Adán sea expulsado y que entre Cristo: Adán ha de perecer y Cristo solo ha de reinar y estar presente. Por ello, el lavar y limpiar nunca termina en este siglo, pues Adán, que es innato en nosotros, convierte en pecados y destruye también nuestras obras buenas que hemos iniciado y en que aumentamos, si Dios no mirase la gracia y la ablución comenzadas.

  1. Porque yo reconozco mi trasgresión, y mi pecado está siempre delante de mí.

Esta es la diferencia entre los santos verdaderos y los aparentes: Los santos verdaderos ven sus defectos y que no son lo que deben y quieren ser. Por ello, juzgan, no los errores de los demás, sino los suyos propios. Empero, los otros no reconocen sus debilidades, creyendo, que son lo que deben ser. Siempre se olvidan a sí mismos y son jueces de las transgresiones de los demás. Pervierten este salmo en la siguiente forma: “Reconozco los defectos de los demás y su pecado está siempre delante de mí”, porque llevan su pecado a sus espaldas y la viga en sus ojos.

  1. Contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de ti.

Este es el versículo que nos enseña a fondo a despreciar nuestras buenas obras exteriores y a no creer la alabanza y honra que la gente nos tributa a causa de ellas, porque se han realizado en impureza y debilidad. No son apreciadas por Dios, a no ser que las confesemos como hechas de tal manera. Por ello, está lejos de tener fundamento la interpretación que refiere este versículo a los pecados exteriores, puesto que en cuanto a las iniquidades exteriores sin duda pecamos y practicamos el mal, no sólo ante Dios, sino también ante la gente. 

  1. Por eso serás reconocido justo en tus palabras y hallado puro cuando se te juzgue.

¿Qué es eso? ¿Dios no puede ser justificado, a no ser que nosotros seamos pecadores? ¿O quién juzga a Dios? Es manifiesto que Dios en sí mismo y en su naturaleza no es juzgado o justificado por nadie, puesto que él es la justicia eterna, constante, esencial e inmutable misma y juez supremo de todas las cosas. Empero, con referencia a sus palabras y obras los que se justifican a sí mismos y creen que son justos, continuamente le contradicen, le resisten, lo juzgan y lo condenan, y entre él y ellos hay un continuo y violento pleito respecto a sus palabras y obras. Por

7 Ro. 5:20.

esto, el sentido de la expresión: “para que seas reconocido justo en tus palabras” significa que tus palabras sean justificadas y consideradas y reconocidas como verídicas. Ahora pues no es posible enumerar todas las palabras a las que contradicen los orgullosos. Las reuniremos todas en un término común: Todas las Escrituras y palabras de Dios se refieren al sufrimiento de Cristo, como él mismo asegura en el último capítulo de Lucas, de que la Escritura sólo contiene la prometida gracia y el perdón de los pecados por el sufrimiento de Cristo, de manera que el que cree en él será salvo y ningún otro. A esta verdad y los padecimientos de Cristo y la fe se oponen todos aquéllos que no quieren ser pecadores, y especialmente los que han comenzado una vida nueva. 

Éstos no quieren considerar que son pecadores y tampoco tienen un ardiente deseo de Cristo, a pesar de que Dios ha prometido en todas sus palabras que Cristo morirá a causa del pecado. Por ello, quien no se considera pecador ni quiere ser tenido por tal intenta hacer de Dios un mentiroso y se tiene a sí mismo por verídico, lo que es el pecado más grave y una idolatría que sobrepasa a todas las demás. Por eso dice el apóstol Juan en 1ª Juan 1: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros”. También: “Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros”. Por ello declara ahora el profeta: Para no incurrir en este horrible pecado de orgullo, confieso que soy pecador y no hago nada bueno, para que tú permanezcas en la verdad y prevalezcas y venzas a todos los que altercan contigo y se justifican a sí mismos y te juzgan en tus palabras. Pues, al final, Dios prevalecerá y triunfará, o aquí con bondad o allá con severidad. No nos servirá que ante los ojos de la gente o ante nosotros mismos seamos justos. De esto debemos apartar la vista y esperar temerosos lo que Dios opina al respecto. 

  1. He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre.

He aquí, el que ante ti soy pecador es tan verídico que el pecado es mi naturaleza, el inicio de mi ser y mi concepción, para no mencionar las palabras, obras y pensamientos en el transcurso de mi vida. ¿Cómo estaría sin pecado, habiendo sido formado en pecado y siendo maldad mi naturaleza e índole? Soy un árbol malo y por naturaleza un hijo de ira y de maldad. Por ello, mientras el mismo carácter y esencia queda inherente en nosotros, permanecemos pecadores y debemos decir: “Perdona nuestras deudas”, etc., hasta que el cuerpo muera y desaparezca. Adán tiene que morir y descomponerse, antes que nazca Cristo del todo y comience la vida en arrepentimiento, y hasta que concluya al morir. Por eso la muerte es algo salutífero para todos aquéllos que creen en Cristo, puesto que corrompe y reduce a polvo todo lo que ha nacido de Adán, para que Cristo sólo viva en nosotros. 

  1. He aquí, tú amas la verdad.

Esto significa: La justicia exterior y piedad aparente es mero engaño sin fundamento y verdad, porque solamente cubre el pecado interior y es sólo una caricatura de la justicia fundamental y verdadera. Tú no la quieres, pero los hombres la aman; por eso tú aprecias la verdad interior, mas ellos la falsedad exterior; tú aprecias el fundamento, ellos la apariencia. Por eso no dicen: “Soy un pecador ante ti”. 

Y me haces comprender la sabiduría en lo secreto.

A los orgullosos la sabiduría de Dios se revela solamente en la apariencia exterior; mas a los humildes se descubre en su verdad interior y su fundamento oculto. Lo exterior de esta sapiencia consiste en que el hombre opina servir a Dios y aproximarse a él con muchas palabras, meditaciones y obras, todo eso en una apariencia exterior que es visible y posible a cada cual, ya que las actitudes y modos son muchos. En esta forma se busca a Dios, pero todo al revés y exteriormente. Interiormente lo conocen menos que todo lo demás, porque se buscan a sí mismos, tratando también sin Dios de estudiar y conocerlo de este mismo modo, etc.

Empero, lo interior y oculto de esta sabiduría no es otra cosa que el conocerse a sí mismo a fondo; y por consiguiente, odiar al propio ser y buscar toda justicia, no en sí, sino en Dios, disgustarse de sí y anhelar a Dios. Esto significa amar humildemente a Dios, abandonándose a sí mismo. Esa justicia interior desconocida se manifiesta en todas las posturas, modos, palabras, obras exteriores, en los cuales los orgullosos permanecen y se endurecen. Por ello, Dios, quien aprecia el fundamento y la verdad, los aborrece, porque ellos aman la apariencia y la hipocresía. 

  1. Purifícame con hisopo, para que sea limpio.

Aquí el salmista confirma en seguida con un ejemplo lo que ha dicho anteriormente. Es como si dijese: Moisés y los sacerdotes de la ley se rociaban a sí mismos y al pueblo con hisopo, mojado en sangre de macho cabrío, y creían que con ello quedaban puros. En esto, igual como en todas las formas exteriores de santificación dentro de la ley, confiaban todos los hipócritas. Empero, es sólo apariencia exterior e imagen, mas no la verdad significada, a que te refieres y la que amas, ni tampoco la sabiduría interior que me revelaste. Por ello, rocíame con la verdadera sangre sacrificial, la de Jesucristo, por la cual quedo verdadera y totalmente limpio en mi interior, sin ningún obrar o poder mío.

Lávame para que sea blanco corno la nieve.

Esto significa: El lavamiento exterior de las manos y pies de acuerdo con la ley no me hace blanco, sino que seduce con su falsa apariencia a los que no conocen el lavamiento interior que queda significado por aquél, el cual es la sabiduría recta y verdadera. El asperjar con hisopo y el lavar exteriores no sirven a la ablución y aspersión interiores. Es sólo una imagen y simplemente un signo exterior. Igualmente, con todos los demás modos y actitudes exteriores no se quiere indicar sino que en la misma forma Dios interiormente asperja, lava, obra, habla, cuida, etc. con la gracia del Espíritu Santo. Así también los amados padres antiguos interpretaban el acto figurativo del Antiguo Testamento, entendiendo por éste el aspecto interior v oculto del verdadero sentido y de la sapiencia divina. 

  1. Hazme oír gozo y alegría.

Esto es: Toda conducta y acción de la justicia exterior no son capaces de consolar mi conciencia y quitar el pecado. Pese a todos los esfuerzos v obras buenas permanece la conciencia tímida, asustada y temerosa hasta que tú me asperjes y laves con la gracia y me des de esta manera una buena conciencia y yo oiga lo que me dices con voz baja: “Tus pecados te son perdonados”. Nadie lo advierte, sino el que lo oye; nadie lo ve ni lo entiende. Sin embargo, es perceptible, y este oír hace una conciencia consolada y alegre y confianza en Dios.

Para que se recreen los huesos que has abatido.

Todo el cuerpo que es fatigado y aplastado, a causa de la conciencia pecaminosa, se alegra y es reconfortado cuando la conciencia oye la grata noticia del perdón, puesto que el pecado es una carga pesada, afligente y angustiosa. No obstante, no puede ser quitada por las obras exteriores del hombre, sino sólo por la acción interior de Dios. 

  1. Esconde tu rostro de mis pecados.

Esto significa: No te fijes con severidad en mis obras, puesto que son todas pecado, si las pones ante tu rostro y juicio. Por ello, el salmista no dice: “aparta mi pecado de tu rostro”, como si hubiese algunas obras que podrían soportar la cara de Dios, que se aparta sólo de los pecados dejando las obras buenas. Por el contrario, debe apartar su semblante para que Tas obras y nosotros podamos subsistir y quedar, es decir, no imputa por gracia lo que por su naturaleza sería pecado, como dice el Salmo 32: “Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada”.

Y borra todas mis maldades.

Lo que aún falta en justicia, perdóname, como te he rogado que apartes tu rostro de lo malo que todavía subsiste. Porque ante Dios todas nuestras obras, como ya se dijo, tienen algo que no deberían tener, es decir, son realizadas en pecado, en el cual hemos nacido, y no tienen lo que deberían tener, esto es la pureza completa, de la cual hemos sido privados por el pecado de Adán.

  1. Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio.

Tener manos limpias y lindas palabras según apariencia exterior es fácil y está dentro de las fuerzas humanas. Pero un corazón limpio, apartado del amor a las cosas creadas es obra del Creador v poder divino. De acuerdo ron la Escritura, nadie tiene un corazón limpio. Todos son pecadores ante Dios, ante el cual el corazón está descubierto, como para el hombre son visibles las manos o las obras. En el corazón está la verdad, que ama Dios: la justicia interior, empero, no se alcanza nunca del todo en esta vida y, sin embargo, debemos buscarla sin cesar.

 

Y renueva un espíritu obediente dentro de mí.

Torcido es el espíritu de la carne y de Adán que introvertido busca lo suyo en todas las cosas. Es innato en nosotros. El espíritu sincero es la buena voluntad dirigida directamente hacia Dios, buscándolo sólo a él. Este espíritu debe ser creado de nuevo e infundido por Dios en lo íntimo de nuestro corazón, a fin de que no haya el menor engaño en nuestro espíritu, sino que de lodo corazón sea amada la voluntad divina.”

  1. No me eches de delante de ti.

Esto sucede a todos los que no se reprueban ante sus ojos y no se preocupan de ser desechados ante la faz de Dios. Hasta se presentan ante el rostro de Dios y se enaltecen a sí mismos. Por ello, son humillados y reprobados, puesto que creen ser puros, piadosos e iluminados y, por tanto, irreprensibles. Empero, los otros sienten y saben que merecidamente son reprochables a causa de sus pecados. Por ello se presentan ante Dios temerosos y piden con humildad lo que los otros creen haber ganado por su santidad.

Y no quites de mí tu santo Espíritu.

Pues de mi parte soy depravado. Tu Espíritu debe hacerme santo y guardarme. Por otra parte, sin el Espíritu Santo no hay don o gracia que pueda ser suficiente ante Dios.

 

  1. Vuélveme el consuela de tu salvación.

Por Adán y el pecado se nos ha perdido este consuelo y debe ser restaurado sin mérito nuestro por gracia, es decir: “Devuélveme una conciencia alegre y confiada en tu salvación”.

 

Y el espíritu noble me sustente.

Esto significa: Que me sustente con el Espíritu Santo que hace hombres dóciles que sirven a Dios, no por temor ante el castigo o amor desordenado. Todos los qué le sirven por miedo son constantes y firmes sólo mientras dura el pavor. Hasta le sirven por coacción y contra su propia voluntad, al punto de que no le servirían de modo alguno si no existiese el infierno o el castigo. Asimismo, los que por el amor de recompensa o de bienes sirven a Dios, no son constantes tampoco. Si supiesen que no hay premio v si escasean los bienes, cesan en el servicio. Todos ellos no tienen gozo en la salvación de Dios, ni tampoco un corazón limpio o un espíritu recto, sino que se aman más a sí mismos que a Dios. Pero los que sirven a Dios de una voluntad buena y recta, están firmes en su servicio., en cualquier situación, en días buenos o malos, puesto que han sido hechos firmes y constantes por Dios con una voluntad noble, libre y espontánea. La palabra “espíritu noble” que figura aquí significa en hebreo también un espíritu espontáneo o voluntario que actúa de buen grado. Lo que es mantenido por la fuerza no perdura, mientras que lo que está sustentado por la voluntad permanece.

 

  1. Enseñaré a los transgresores tus caminos, para que los pecadores se conviertan a ti.

Esto es: No enseñaré jamás la justicia y los caminos humanos, como lo hacen los soberbios, sino la senda de la gracia y tu justicia. Así vienen pecadores a ti y son convenidos de veras, puesto que por la justicia de los hombres son apartados siempre más de Dios, a causa del orgullo que necesariamente existe, donde no hay gracia.

 

  1. Líbrame de homicidios, oh Dios, Dios de mi salvación.

El homicidio es un crimen por el cual se merece la muerte. Ante Dios, según la ley, toda clase de pecados merecen la muerte, Romanos 2, Deuteronomio 27. El salmista se refiere especialmente al pecado cometido con Betsabé y Urías, por el cual él era culpable de la muerte.

 

Para que mi lengua gloríe tu justicia.

Esto es: Jamás predicaré la justicia de los hombres ni celebraré sus obras, sino que enalteceré sólo tus obras y predicaré que no hay otra justicia sino la tuya, por la cual son justificados todos los justos y sin la cual todos los demás son pecadores, puesto que, si tú no justificas, con sus obras nadie se vuelve justo. Por ello, se dice “tu justicia”, porque tú la das por gracia. Nosotros no la alcanzamos con obras. Por ello:

 

  1. Señor, abre mis labios.

Dame fuerza y ánimo para que lo predique libre y valerosamente contra los impíos e hipócritas.

 

Para que mi boca publique tu alabanza.

Esto significa: Por tu poder dame valor para reprender a todos los hombres y convencerlos de que son pecadores y que no hay en ellos nada digno de elogio y honra; que solamente han merecido deshonra y castigo, para que conozcan que la alabanza y honor sólo corresponde a ti, porque tuyas son solamente la justicia y la sabiduría, pues nadie puede honrar y alabar a menos que se censure y se deshonre a sí mismo, ni nadie puede atribuirte sapiencia y justicia si no las quita de sí mismo, imputándose mero pecado y necedad. Mi lengua te proclamará esta alabanza y honor si tú la desligas, puesto que a quien Dios no manda y habla en él, no puede predicar esta doctrina y cantar su alabanza.

 

Y es lo más sublime que podemos tributar a Dios y lo que él desea sobre todo, que uno le dé alabanza y honor y le atribuya todo lo bueno que existe. Por ello dice:

 

Porque no quieres sacrificio, si no yo lo daría; no te agradan los holocaustos.

Esto significa: Tú quieres que nadie se atribuya a sí mismo encomio y honor de la justicia y sabiduría, sino sólo a ti. Por ello, poco te importan el sacrificio y mucho menos las otras obras buenas menores, ya que el sacrificio es la mayor. Quieres ser misericordioso y no juez. No quieres fijarte en lo piadosos que queremos ser nosotros, sino en lo piadosos que deseamos llegar a ser con tu ayuda, a fin de que entonces no seamos nosotros elogiados y honrados, ya que no te damos nada, sino que sólo tomamos de ti justicia, sabiduría, verdad, méritos y todas las obras buenas. Y por ello:

 

  1. Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al contrito y humillado no despreciarás, tú, oh Dios.

 

Es como si el salmista dijera que Dios desprecia todo lo demás menos un corazón humillado v quebrantado, pues éste atribuye a Dios la honra y a sí mismo el pecado. El corazón no le ofrece nada a Dios, sino que solamente loma de él. Precisamente esto es lo que Dios quiere, a fin de que al sea Dios en verdad. Pues a Dios le corresponde dar y no tomar.

 

  1. Haz bien con tu benevolencia a Sion: edifica los muros de Jerusalén.

Si los santos orgullosos no quieren aceptar esta doctrina y además enseñan a los otros su justicia propia, entonces da tu gracia a los demás, los elegidos, no a causa de sus méritos, sino por tu buena voluntad, para que sean edificador los muros, es decir, que haya hombres iluminados en la cristiandad que guarden y enseñen a los demás, para que sean seducidos por las doctrinas y los maestros falsos que enseñan su propia justicia. Pues los muros son los maestros que deber, ser edificados principalmente en esta doctrina.

 

  1. Entonces te agradarán los sacrificios de justicia.

Es como si el salmista dijese: No te sacrificarán machos cabríos y ovejas y becerros, sino te ofrecerán sacrificios de justicia, es decir, a sí mismos. Pues presenta un sacrificio de justicia quien da a Dios lo que debe. Ahora, adeudamos a Dios más de lo que tenemos. Por ello, lo pagamos entregándole lo que somos nosotros mismos en el humilde conocimiento de nuestra deuda y en la confesión de su justicia, es decir, que él es justo como quiera que su voluntad divina proceda con nosotros. Este proceder y entrega a la voluntad divina es la suprema justicia que podemos tener y el verdadero sacrificio que se llama holocausto, como aquí sigue:

El holocausto u ofrenda del todo quemada; entonces ofrecerán becerros sobre tu altar.

En el idioma alemán no podemos expresar los términos hebreos, porque tenemos sólo la palabra “opfer” (sacrificio), la que significa toda clase de sacrificios en general. En el hebreo, en cambio, hay muchos y diferentes nombres de sacrificios, como sacrificium, es decir, el sacrificio que era ofrecido en el santo oficio, prescrito por la ley. Entre éstos había algunos denominados holocausto, es decir en alemán Brandopfer (ofrenda quemada), de los que los sacerdotes o inmoladores no retenían nada. Otros se llamaban Todopfer (ofrendas pacíficas), etc. Eran sacrificios ocasionales ofrecidos por devoción.

 

Ahora dice el salmista: Todos éstos sólo entonces serán ofrecidos en forma correcta, o dicho en otras palabras: Lo que ahora Re ofrece es como si no se sacrificase nada, pues su beneplácito no está en el sacrificio, como se ha dicho. Esto se debe al hecho de que, si el corazón no es agradable y previamente sacrificado, todos los sacrificios exteriores resultan vanos. Pero si el corazón ya es agradable y previamente sacrificado, todas las obras exteriores son sacrificios de justicia.

 

Mas los becerros los menciona en especial, que eran las víctimas sacrificadas, a que acaba de referirse. Y precisamente como si no hubiesen sido sacrificados en aquel tiempo, el salmista dice: “Ofrecerán becerros”, como si dijera que este sacrificar becerros en aquel tiempo es sólo una prefiguración. Llegará el día en que sacrificarán a los verdaderos becerros, es decir, al Adán exterior, sobre la cruz, y lo destruirán y lo crucificarán con Cristo, cuya cruz es el altar para todos los becerros.