¿Existe el Diaconado en la IMMAR?

15. Existe el diaconado en la IMMAR¿Existe el Diaconado en la IMMAR? 

A solicitud expresa de una muy querida hermana de la Iglesia de Balderas; paso, a tratar el tema del Diaconado en la iglesia Metodista. El Diaconado como una Orden Religiosa, como tal, no existe. Lo único que señala la Disciplina, es <que reconoce el ministerio Diaconal>.

Empecemos por la época Bíblica. La palabra Diácono, viene de una raíz griega, y esta viene del verbo <servir>. En la Iglesia apostólica se llamó así primeramente al encargado de servir las mesas en la comida fraternal de la comunidad cristiana. Hechos 6:1,2. Después se le confiaron otros servicios especiales, hasta que con el tiempo, el oficio de Diácono llegó a ser uno de los principales de la iglesia, inferior solo al de Obispos y al de Ancianos o Presbíteros.

Solo encontramos en las Escrituras, tres referencias a los Diáconos. La primera en Romanos 16:1, 2, en donde se habla de Febe (Diácono mujer), Febe, una cristiana de Cencrea muy amada, irá pronto a visitarlos. Ella ha trabajado mucho en la iglesia de ese pueblo. Recíbanla como a una hermana en el Señor, con una calurosa bienvenida. Ayúdenla en cuanto puedan, porque ella ha ayudado mucho a otras personas y a mi mismo:”        

Otra referencia la encontramos en Filipenses I.1, Remitente Pablo y Timoteo, esclavos de Jesucristo. Destinatarios: Los pastores, diáconos y cristianos en general de la ciudad de Filipos.”

Una última referencia la tenemos, en Primera Timoteo 3: 8, “Los Diáconos de igual manera, deben ser individuos respetables y veraces; no han de ser dados a la bebida ni a los negocios sucios. Han de ser fervientes seguidores de Cristo, la fuente misteriosa de su fe.” 

EL DIACONADO EN LA ERA NOVOTESTAMENTARIA

Una de las primeras instituciones que se establecieron entre los primeros cristianos fue la del diaconado. La antigüedad de esta institución la pone de manifiesto Esteban, que fue martirizado en el año 36. Sabemos que Esteban era uno de los siete diáconos que fueron elegidos para atender el “servicio de la mesa” para que los Apóstoles pudieran atender a “la oración y al ministerio de la palabra” Los Hechos de los Apóstoles cuentan como “Fueron presentados a los apóstoles quienes, orando, les impusieron las manos” (Hech 6,6). Como sabemos, estos siete diáconos de procedencia helenística (judíos procedentes de la Diáspora convertidos al cristianismo que hablaban griego), fueron nombrados para compensar las deficiencias de atención de las viudas de esta procedencia en el servicio cotidiano. Probablemente los cristianos habían adoptado el modelo de atención a los necesitados que practicaban los fariseos. Todos los viernes las sinagogas tenían la costumbre de hacer una colecta para los más necesitados (kuppah) además de una colecta diaria para atender las necesidades urgentes (tamhui). Las viudas eran atendidas por este subsidio público diario. Esto hace pensar, aunque no es mencionado en los Hechos, que previamente existiesen otras personas de procedencia hebrea (cristianos de habla aramea) encargadas exclusivamente del “servicio de mesa”, que fueron las que por su negligencia promovieron las protestas y en consecuencia, los Apóstoles ordenasen a estos siete diáconos helenistas, pensando en una institución más completa y permanente.

Algunos autores protestantes, el luterano Jürgen Roloff (1930-2004) entre ellos, no ven en la imposición de manos y en la oración una verdadera ordenación ministerial, dado que en los Hechos no se les menciona de forma explícita como diáconos, aunque realmente Lucas menciona a Esteban y a Felipe como entregados al ministerio de la palabra, de lo que se puede deducir que realmente ya tenían asignado ese ministerio. 

La imposición de manos que habla Lucas parece referirse a la imposición que habla San Pablo en sus cartas a Timoteo y así fue interpretada por la tradición de la Iglesia, siendo múltiples las referencias que apoyan esta ordenación diaconal, Ireneo cita a Esteban como “el primer diácono elegido por los Apóstoles y el primer mártir de Cristo” (Ad. Haer. IV, 15.1) y según cuenta Eusebio, en Roma existía la tradición de limitar a siete el número de diáconos, atendiendo al precedente de los siete diáconos de los Hechos. Esta costumbre se mantuvo en Roma hasta el siglo XI cuando se duplicó el número de diáconos. En un canon del Sínodo de NeoCesarea (314-319), se estableció la misma restricción para todas las ciudades, sin importar su tamaño, basándose en el mismo antecedente.

Hay autores, que estando de acuerdo con esta suposición discrepan del carácter de los mismos, opinan que los hebreos encargados del “servicio de mesa” eran también diáconos que habían recibido la imposición de manos y que son los personajes a los que se les envía ayuda por mediación de Bernabé y Saulo (Cfr. Hch 11, 30). Vemos pues que la institución diaconal

puede ser incluso anterior al año 36, aunque a partir de la ordenación de Esteban y sus compañeros, Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás, prosélito de Antioquia, es decir, un pagano convertido al judaísmo, (Cfr. Hch 6), se institucionaliza la figura del diacono y vemos, por ejemplo, como San Pablo en el saludo inicial de su carta a los Filipenses (escrita en los años 54-55), los menciona junto a los obispos (Cfr. Flp 1, 1) y como en su primera carta a Timoteo enumera algunas características que estos deben tener. (Cfr. I Tim 3, 8-13). 

El diaconado en la Iglesia primitiva era considerado como grado propio y permanente, y no como simple paso o etapa hacia el presbiterado, como sucedió después. El Concilio Vaticano II restauró el Diaconado permanente como un Orden intermediario entre los Obispos y Presbíteros y el pueblo de Dios. Además de las viudas mencionadas más arriba, recibían el nombre de viudas aquellas mujeres que se dedicaban a funciones de ayuda a la comunidad cristiana, San Pablo las cita en su primera carta a Timoteo, “no sea elegida ninguna viuda de menos de sesenta años, mujer de un solo marido” (I Tim 5, 11) y San Ignacio de Antioquia, en el saludo final de su carta a los de Esmirna saluda a las “vírgenes llamadas viudas”.

En la Didascalia, un texto del siglo III que trata de cuestiones morales y litúrgicas habla de las viudas y de las diaconisas, sin establecer distinción entre ellas, sin embargo, en las Constituciones Apostólicas, una obra recopilatoria atribuida a Clemente, quizás del año 380, se dice que las viudas no reciben imposición de manos, lo que no implica que si la recibieran las diaconisas. San Pablo habla en dos ocasiones de las diaconisas, de forma genérica en la primera carta de Tim 3, 13, (algunos autores piensan que se está refiriendo a las mujeres de los diáconos) y de una forma concreta cuando en la Epístola a los Romanos, pide a estos que acojan a “Febe, diaconisa de la iglesia de Cencreas” (Rom 16, 1-2).

Parece ser que la portadora de la carta a los romanos fue Febe, que por su nombre debería ser de origen gentil y natural de Corintio, dado que Cencreas era el puerto oriental de Corinto. No se sabe cuál seria el significado exacto del término “diaconisa” que San Pablo aplica a Febe, puesto que este es el único caso que en el Nuevo Testamento se da a una mujer ese tíulo. La relación que los nuevos cristianos tienen con las mujeres es muy diferente al tratamiento o posición de la mujer en el mundo judío. Recordemos que la mujer en el mundo oriental de entonces tenía una posición que difícilmente entenderíamos en la actualidad, no se puede generalizar, pues incluso en aquellos momentos, no era igual el trato en las ciudades que en el campo, ni entre gente adinerada y grupos más populares. Podríamos poner muchos ejemplos para describir el sometimiento de la mujer al hombre, pero si nos ceñimos al aspecto religioso podemos decir, entre otras muchas limitaciones, que las mujeres solamente podían acceder al Templo en el atrio de los gentiles y no tenían obligación de ir a las peregrinaciones, ni de recitar la Shemá tres veces al día. Hay una sentencia del Rabí Eliezer ben Hircanos, uno de los más eminentes Tanna’im de la segunda generación (años 80-120 d. C.) que decía “quien enseña la Torah a su hija, le enseña el libertinaje”, y otra decía: “Vale más quemar la Torah que transmitirla a las mujeres 

Por eso es de destacar, y a lo largo de los evangelios hay numerosos ejemplos, cómo Jesús considera a la mujer con la misma dignidad del hombre, dándole un tratamiento radicalmente distinto al que le daban sus contemporáneos. Vemos como un grupo de mujeres acompañaban a Jesús y a los Apóstoles, “María, llamada Magdalena, de la cual habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, administrador de Herodes, y Susana, y otras varias que le servían de sus bienes” (Lc 8, 2-3), son las mujeres las que no abandonan a Jesús en la cruz, “Había allí, mirándole desde lejos, muchas mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirle: entre ellas María Magdalena y María la madre de Santiago y José y la madre de los hijos de Zebedeo” (Mt 27, 55-56) o como cuenta San Juan, al pie de la cruz “estaba su madre y la hermana de su madre, María de Cleofás y María Magdalena” (Jn 19, 25) y son nuevamente las mujeres las primeras a las que se les aparece después de su muerte.

 De la misma forma, en las cartas de Pablo encontramos el nombre de numerosas mujeres que colaboraron con el apóstol; además de Priscila, que junto con su marido Aquila, son siempre nombrados juntos, nos encontramos que en la larga lista de personas a las que recomienda y saluda al final de su carta a los Romanos se encuentran María (“que se ha afanado mucho por vosotros”), Junia, Trifena y Trifosa (“que se han fatigado por el Señor”), Pérsisda (“que trabajó mucho en el Señor”), Julia y Olimpia (Rom 16, 1-16), en otras cartas hay referencias a Cloe (I Co 1, 11), Apia (Flm 2), Evodia y Sintique (“que lucharon por el Evangelio a mi lado”, Flp 4, 2). No es fácil concretar cuál era la misión de estas mujeres y menos aun de las que fueran diaconisas. Parece ser que las diaconisas ejercieron un ministerio auxiliar que iba desde la asistencia a los pobres y los enfermos, hasta la colaboración en la administración de algunos sacramentos, tales como la que realizaban en el bautismo de las mujeres en el que debía ser salvaguardado el pudor, dado que se realizaba por inmersión. No obstante las funciones de las diaconisas variaron según las iglesias, por ejemplo en las iglesias siríacas no calcedonianas (copta, etiópica, siría, persa y armenia), sus funciones fueron más amplias aún, pero sin llegar nunca hasta las funciones privativas de los presbíteros y obispos.

Actualmente existen mujeres diaconisas en el rito caldeo, que es como se denominan a los católicos del Patriarcado de Bagdad, el papel de las diaconisas es el de asistir al sacerdote en el bautismo de las mujeres adultas y colaborar en la educación de las familias; no reciben una ordenación diaconal propiamente dicha, realizan una consagración en la que la diaconisa se compromete al servicio de la Iglesia.

Incluso, entre los anglicanos se mantiene que las diaconisas no son una de las órdenes sagradas de la Iglesia de Inglaterra. Desde 1861 ha habido diaconisas, pero desde que se acepta la ordenación de mujeres, una diaconisa, para llegar al sacerdocio, tiene que ser ordenada antes de diácono.   

Acudamos, ahora a la DISCIPLINA DE LA IGLESIA METODISTA DE MÉXICO, en donde realmente no tenemos mucho acerca de este ministerio. Veamos: Ministerio Diaconal. Artículo 366 Reconocimiento. La Iglesia Metodista de México, A. R., reconocerá el ministerio diaconal, abierto para hombres y mujeres, como una institución bíblica y necesaria para el buen funcionamiento de la tarea de la misma, con la autorización del Superintendente de Distrito. Nótese que <solo lo reconoce abierto para hombres y mujeres>, pero no da más detalles que pudieran arrojar luz sobre la tarea específica.

Artículo 367 Responsabilidades. El ministerio diaconal estará orientado a cumplir con funciones específicamente de servicio, conforme al modelo bíblico, tales como: Predicará la Palabra, servirá la mesa de la comunión, visitará a los enfermos, ancianos, huérfanos y viudas; recolectará y distribuirá alimentos, ropa y medicina a necesitados; servirá en oficinas, organizaciones e instituciones de la IMMAR; atenderá a inmigrantes, consolará a los afligidos, y en general realizará toda tarea que tenga que ver con el servicio al prójimo.

Aquí, en este punto, la misma Disciplina entra en controversia con el Artículo Articulo 102 Restricción. La IMMAR reconocerá que sólo su cuerpo Pastoral, en virtud de su llamamiento divino, su preparación teológica y la confirmación de la Iglesia mediante su ordenación, estará facultado para ministrar los sacramentos y los demás actos rituales Artículo 334. Por esta razón, los miembros en plena comunión se abstendrán de ejercer estas facultades pastorales, a menos que tengan el permiso por escrito del Superintendente del Distrito respectivo Artículo 355.

 Artículo 368 Requisitos del Diácono: Tendrá buen testimonio. Estará lleno del Espíritu Santo. Tendrá sabiduría y capacidades apropiadas para la responsabilidad que se le asigne (Hch. 6:3). Deberá haber sido Miembro en Plena Comunión de la IMMAR, por lo menos con 4 años de antigüedad. Será diezmero fiel. Será mayor de edad.

Artículo 369 Número de Diáconos. El número de los diáconos y/o diaconisas, será el que la congregación estime necesario para el desempeño de las responsabilidades que se les asignen.

Artículo 370 Elección y Consagración. La elección y consagración de los diáconos y diaconisas se hará por la conferencia de iglesia, con la autorización del Superintendente de Distrito, y por la imposición de las manos del Pastor y la Junta de Administradores. 

Artículo 371 Vigencia. Los diáconos y/o diaconisas permanecerán en su cargo el tiempo que sea necesario para cumplir con su responsabilidad, pero en todo caso su elección deberá confirmarse o concluirse anualmente.

Resumamos: El Diacono o Diaconisa, deberá tener sabiduría y capacidades apropiadas para la tarea que se le asigne. Deberá ser miembro en Plena Comunión con antigüedad mínima de cuatro años. Ser diezmero fiel. La elección y consagración deberá hacerse en Conferencia de Iglesia, por la imposición de manos del pastor y de la junta de administradores. Previa anuencia del Superintendente del Distrito. Me surgen un sinnúmero de preguntas. ¿Se abrirá a concurso de oposición a los que quieran ser Diáconos? ¿Quién será el encargado de elegirlos? ¿Qué tareas específicas se les asignara? ¿Quién será el encargado de supervisarlos? ¿Se les proporcionaran viáticos y un salario? ¿No meterá en problemas a la iglesia, al solicitar sueldo, prestaciones, estableciendo con ello una relación laboral? ¿El apoderado legal de la Iglesia, estará de acuerdo en aprobar esta situación?, ¿Cómo se aplicará lo que señala San Pablo en 1ª. Timoteo 5: 17, 18, “Los pastores de las Iglesias que cumplan bien con su deber, especialmente los que cumplan en rigor las tareas de predicar y enseñar, deben recibir un salario adecuado. Y se les debe tener en gran estima. Recordemos que las Escrituras dice: “No pondrás bozal al buey que trilla el grano, ¡déjale comer mientras trabaja! Y en otro lugar dicen: “El obrero es digno de su salario”.

         Hurguemos ahora en la historia. Encontremos una definición adecuada. La palabra diácono, según su etimología, proviene del griego “diakonos”, que a su vez se deriva del latín “diacunus” cuyo significado es “servidor. Este vocablo es muy utilizado en el ámbito religioso para definir a <aquel hombre> dedicado a servir a los demás, compromiso que adquiere, al ser miembro de la iglesia.

El origen de los diáconos se remonta al siglo I a. C, cuando el cristianismo se fue esparciendo rápidamente, por lo que el número de fieles fue aumentado de igual manera. A raíz de esto las tareas dentro de la iglesia fueron incrementándose y los discípulos de la iglesia, no podían cumplir con todo. Por este motivo algunos <apóstoles> solicitaron a los representantes de la iglesia, que escogieran a un grupo de personas para que sirvieran como ayudantes. De allí fue que surgieron los primeros diáconos.

Cada iglesia establece deberes específicos para los diáconos, por ejemplo en la <iglesia pentecostal> el diácono ayuda al pastor en la toma de decisiones y cuidan de la iglesia, además de participar en ceremonias de supuestos exorcismos. Los pentecostales aprueban que las mujeres puedan ejercer ese rol. 

La Iglesia Católica Apostólica Romana, ha preservado esta orden En la iglesia católica <el diácono está autorizado para proclamar el evangelio, asistir y predicar en la iglesia, presidir la celebración del sacramento del matrimonio y del> bautismo; sin embargo no puede administrar el sacramento de la unción de los enfermos ni el de la reconciliación. Del mismo modo y dependiendo de su jerarquía, un diácono puede tener a su cargo la administración de una parroquia, presidir las misas dominicales, aunque no puede consagrar la eucaristía ya que esto le corresponde a los sacerdotes.

  1. El concilio Vaticano II especifica el puesto que, siguiendo la tradición más antigua, ocupan los diáconos en la jerarquía ministerial de la Iglesia: “En el grado inferior de la Jerarquía están los diáconos, que reciben la imposición de las manos “no en orden al sacerdocio, sirio en orden al ministerio”. Así confortados con la gracia sacramental, en comunión con el obispo y su presbiterio, sirven al pueblo de Dios en el ministerio de la liturgia de la Palabra y de la caridad” (Lumen gentium, 29). La formula “no en orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio” está tomada de un texto de la Traditio apostólica de Hipólito, pero el Concilio la coloca en un horizonte más amplio. En ese texto antiguo, el ministerio se explica corno servicio al obispo; el Concilio pone el énfasis en el servicio al pueblo de Dios. En efecto, este significado fundamental del servicio diagonal había sido ya afirmado mucho antes por san Ignacio de Antioquía, que llamaba a los diáconos ministros de la Iglesia de Dios, advirtiendo que por ese motivo estaban obligados a ser del agrado de todos (cf. Ad Tral., 2, 3). A lo largo de los siglos, el diácono no sólo fue considerado auxiliar del obispo, sino también una persona que estaba asimismo al servicio de la comunidad cristiana.
  2. Para ser admitidos al desempeño de sus funciones, los diáconos, antes de la ordenación, reciben los ministerios de lector y acólito. El hecho de conferirles esos dos ministerios manifiesta una doble orientación esencial en las funciones diagonales, como explica la carta apostólica Ad pascendum de Pablo VI (1972): “En concreto, conviene que los ministerios de lector y de acólito sean confiados a aquellos que, corno candidatos al orden del diaconado o del presbiterado, desean consagrarse de manera especial a Dios y a la Iglesia. En efecto, la Iglesia precisamente porque nunca ha cesado de tomar y repartir a sus fieles el pan de vida que ofrece la mesa de la palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo, considera muy oportuno que los candidatos a las órdenes sagradas, tanto con el estudio como con el ejercicio gradual del ministerio de la Palabra y del altar, conozcan y mediten, atrevas de un íntimo y constante contacto, es te doble aspecto de la función sacerdotal” (L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 17 de septiembre de 1972, p. 11). Esta orientación no solo vale para la función sacerdotal, sino también para la diagonal.
  3. Es preciso recordar que, antes del concilio vaticano II, el lectorado y el acolitado se consideraban órdenes menores. Ya en el año 252, el Papa Cornelio, en una carta a un obispo, indicaba siete grados en la Iglesia de Roma (cf. Eusebio, Hist. Ecci., VI, 43: PG 20, 622): sacerdotes, diáconos, subdiáconos, acólitos, exorcistas, lectores y hostiarios. En la tradición de la Iglesia latina se admitían tres órdenes mayores: sacerdocio, diaconado y subdiaconado; y cuatro órdenes menores: acolitado, exorcizado, lectorado y ostiariado. Era un ordenamiento de la estructura eclesiástica debido a las necesidades de las comunidades cristianas en los siglos y establecido por la autoridad de la iglesia.

Con el restablecimiento del diaconado permanente, esta estructura cambio y, por lo que atañe al ámbito sacramental, se volvió a las tres ordenes de institución divina: diaconado, presbiterado y episcopado. En efecto, Pablo VI, en su carta apostólica sobre los ministerios en la Iglesia latina (1972), además de la tonsura, que marcaba el ingreso en el estado clerical, suprimió el subdiaconado, cuyas funciones se confiaron al lector y al acólito. Mantuvo el lectorado y el acolitado, pero ya no considerados ordenes, sino ministerios, y conferidos no por ordenación, sino por institución. Los candidatos al diaconado y al presbiterado deben recibir estos ministerios, pero también son accesibles a los laicos que quieran asumir en la Iglesia los compromisos que les corresponden: el lectorado, como oficio de leer la palabra de Dios en la asamblea litúrgica, excepto el evangelio, y de asumir algunas funciones, como dirigir el canto o instruir a los fieles; y el acolitado, instituido para ayudar al diácono prestar su servicio al sacerdote (cf. Minisreria quae dam, y, VI: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 17 de septiembre de 1972, p. 9).

  1. El concilio Vaticano II enumera las funciones litúrgicas y pastorales del diácono: “administrar solemnemente el bautismo, reservar y distribuir la Eucaristía, asistir al matrimonio y bendecirlo en nombre de la Iglesia, llevar el viático a los moribundos leer la sagrada Escritura a los fieles, instruir y exhortar al pueblo, presidir el culto y oración de los fieles, administrar los sacramentales, presidir el rito de los funerales y sepultura” (Lumen gentium, 29).

El Papa Pablo VI, en la Sacrum diaconatus ordinem (n. 22, 10: cf. L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 4 de julio de 1967, p. 6), dispuso también que el diácono puede “guiar legítimamente, en nombre del párroco o del obispo, las comunidades cristianas lejanas”. Es una función misionera que han de desempeñar en los territorios, en los ambientes, en los estratos sociales, en los grupos, donde falte el presbítero o no se le puede encontrar fácilmente. De manera especial en los lugares donde ningún sacerdote pueda celebrar la eucaristía, el diácono reúne y dirige la comunidad en una celebración de la Palabra, en la que se distribuyen las sagradas especies, debidamente conservadas. Es una función de suplencia, que el diácono desempeña por mandato eclesial cuando se trata de salir al paso de la escasez de sacerdotes. Pero esta suplencia, que no puede nunca convertirse en una completa sustitución, recuerda a las comunidades privadas de sacerdote la urgencia de orar por las vocaciones sacerdotales y de esforzase por favorecerlas como un bien común para la Iglesia y para sí mismas. También el diácono debe promover esta oración.

  1. También según el Concilio, las funciones atribuidas al diácono no pueden menguar el papel de los laicos llamados y dispuestos a colaborar con la jerarquía en el apostolado. Más aún, entre las tareas del diácono está la de promover y sostener las actividades apostólicas de los laicos. En cuanto presente e insertado más que el sacerdote en los ambientes y en las estructuras seculares, se debe sentir impulsado a favorecer el acercamiento entre el ministerio ordenado y las actividades de los laicos, en el servicio común al remo de Dios.

 Otra función de los diáconos es la de la caridad, que implica también un oportuno servicio en la administración de los bienes y en las obras de caridad de la Iglesia. Los diáconos, en este campo, tienen la función de “llevar a cabo con diligencia, en nombre de la jerarquía, obras de caridad y de administración, así como de ayuda social” (Pablo VI, Sacrum diaconatus ordinem, 22, 10: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 4 de julio de 1967, p. 6).

A este respecto, el Concilio les dirige una recomendación que deriva de la más antigua tradición de las comunidades cristianas: “Dedicados a los oficios de la caridad y de la administración, recuerden los diáconos el aviso del bienaventurado Policarpo: “Misericordiosos, diligentes, procediendo conforme a la verdad del Señor, que se hizo servidor de todos”” (Lumen gentium, 29; cf. Ad Phil., 5, 2, ed. Funk, 1, p. 300).

  1. Siempre según el Concilio, el diaconado resulta especialmente útil en las Iglesias jóvenes. Por ello, el decreto Ad gentes establece: “Restáurese el orden del diaconado como estado permanente de vida, según la norma de la constitución sobre la Iglesia, donde lo crean oportuno las Conferencias episcopales. Pues es justo que aquellos hombres que desempeñan un ministerio verdaderamente diaconal, o que como catequistas predican la palabra divina, o que dirigen, en nombre del párroco o del obispo, comunidades cristianas distantes, o que practican la caridad en obras sociales o caritativas, sean fortificados por la imposición de las manos transmitida desde los Apóstoles y unidos más estrechamente al servicio del altar para que cumplan con mayor eficacia su ministerio por la gracia sacramental del diaconado” (Adgentes, 16).

Es sabido que, donde la acción misionera ha hecho surgir nuevas comunidades cristianas, los catequistas desempeñan a menudo un papel esencial. En muchos lugares son ellos quienes animan a la comunidad, la instruyen y la hacen orar. La orden del diaconado puede confirmarlos en la misión que ejercitan, mediante una consagración mas oficial y un mandato más expresamente conferido por la autoridad de la Iglesia con la con cesión de un sacramento, en el que, además de la participación en la fuente de todo apostolado, que es la gracia de Cristo Redentor, del Tamada en la Iglesia por el Espíritu Santo, se recibe un carácter in deleble que configura de modo especial al cristiano con Cristo, “que se hizo “diácono”, es decir, el servidor de todos (Catecismo de la Iglesia católica, n. 1.570).

Con mi afecto y respeto

Silvano Mares

Bibliografia:

La Biblia al Dia, Parafrasis  Cruzada Estudiantil para Cristo en América latina.

La Santa Biblia / Reina Valero 1995 / Edición de Estudio

Documento del Concilio Vaticano II.

La religión Demostrada / P. A. Hillaire / 6a. Edición Argentina /1913

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