Oye, Israel
“Te ruego que me muestres tu gloria” (Dt. 33:18), fue la petición de Moisés al Dios invisible. Pero no se le concedió tal súplica, mostrándosele más bien alguna mínima manifestación de la presencia de Dios, con grandes limitaciones. Como Moisés, la inclinación a querer ver a Dios o las manifestaciones de Dios, es cosa muy generalizada. La vista es la mejor manera de percibir el mundo, entre el resto de nuestros sentidos de percepción; lo que se aprende viendo se conserva mejor en la memoria que aquello que se aprende sólo escuchando. Preferimos ver a oír, esto es algo muy natural, propio de nuestra naturaleza humana.
Las religiones antiguas, las anteriores y las contemporáneas del peregrinaje de Israel en su recorrido de Egipto a Canaán, estaban basadas en la vista. Los sacerdotes necesitaban mostrar algo a los adoradores, razón por la que las ceremonias paganas eran tan vistosas y atractivas, al grado de cautivar a los judíos. Aquella gente religiosa podía invitar a algún amigo a acompañarles al templo donde adoraban y decir a su invitado, “este es mi dios.” Tenían algo que mostrar a la vista. Algunas imágenes de aquellos dioses con sus templos llegaron a ser tan artísticamente elaborados que representaron joyas de la escultura y arquitectura de la antigüedad, como lo fue el caso del templo a Diana en Éfeso y la estatua de Zeus en Grecia, dos de las siete maravillas del mundo antiguo.
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