La Libertad

6. La Libertad.pngLa Libertad

Dr. ErnestoContreras Pulido

drernestocontreras@hotmail.com

¿Por qué Dios permite que los humanos se autodestruyan y destruyan a los demás, a la naturaleza, y hasta el medio ambiente? Aunque parezca sencilla, la respuesta bíblica es la más razonable aunque implica responsabilidades tan tremendas, que muchos han pretendido eliminarlas a base de negar la existencia de Dios para no tener la necesidad de darle cuentas de nuestros actos; o inventar filosofías y escuelas de pensamiento como el conductismo con el que se pretende responsabilizar de nuestras conductas perjudiciales y antisociales, a todos los demás (menos yo), desde los padres, maestros, la cultura, las malas experiencias previas, y la sociedad.

La Biblia dice que a diferencia de los animales cuya conducta, desde su creación y formación, está determinada por la información específica (única para cada especie), contenida en su código genético (ADN), a base de lo que llamamos instintos, el humano fue creado a la imagen y semejanza de Dios.

Se ha interpretado que la imagen de Dios es que tenemos espíritu, por lo que a diferencia de las plantas y animales, y a semejanza de las demás criaturas espirituales, como los ángeles, somos inmortales; además fuimos creados a semejanza de Dios, o sea con libertad para escoger nuestra conducta, aun cuando fuera en contra de la voluntad de Dios. Esto es imposible para una vaca o una tortuga cuya conducta no necesita calificarse de adecuada, decente y productiva o no.

Por tales características únicas, es que el humano tiene que dar cuenta de su conducta ante el Creador y Soberano Dios del universo, y por ello es que tiene que invertir tantos años en aprender a comportarse de una manera que sea de bendición y provecho para sí mismo y los demás, y que se considere aprobada delante de Dios, quien es el que le dio y le conserva por pura misericordia la vida, sea que le dure un día o más de cien años, pues la Biblia enseña que fuimos concebidos en pecado y que la paga del pecado es muerte, y que no hay ni uno que no haya pecado conscientemente.

La Biblia dice: Por tanto procuramos también, o ausentes o presentes, serle agradables. Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo. Conociendo pues, el respeto reverente (temor) que le debemos al Señor (nuestro Dios), persuadimos a los humanos; pero a Dios le es manifiesto lo que somos; y espero que también lo sea a sus conciencias (2ª Co 5:9-11).

Mira, yo he puesto delante de ti hoy la vida y el bien, la muerte y el mal; porque yo te mando hoy que ames a al Señor tu Dios, que andes en sus caminos, y guardes sus mandamientos, sus estatutos y sus decretos, para que vivas y seas multiplicado, y Dios te bendiga en la tierra. Pero si tu corazón se aparta y no le oyes, y te dejas extraviar, y te inclinas a dioses ajenos y les sirves, yo te aseguro hoy, que de cierto perecerás y no prolongarás tus días sobre la tierra. A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra ustedes, que les he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición, el bien y el mal; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia, amando al Señor tu Dios, atendiendo a su voz, y siguiéndole a Él; porque Él es vida para ti, y prolongación de tus días; a fin de que habites sobre la tierra.

Comentando sobre este asunto, Alfonso Aguiló escribe: “Un individuo desaliñado y sucio se puso en pie, en medio de un bullicioso grupo de personas que escuchaba a un predicador en Hyde Park. Se dirigió al orador y con potente voz, le planteó una pregunta que era más bien un grito de indignación: “Usted dice que Dios vino al mundo hace ya dos mil años… ¿Cómo es posible entonces que el mundo continúe lleno de ladrones, adúlteros y asesinos?”

Se hizo un silencio muy grande. A todos los presentes les pareció que era una objeción incontestable. Sin embargo, el predicador le miró serenamente y contestó: “Tiene usted toda la razón. Pero también existe el agua desde hace millones de años… y sin embargo… ¡fíjese cómo va usted de sucio!”

Igual que aquel individuo podía aprovecharse o no de las benéficas posibilidades higiénicas del agua, los hombres tenemos la posibilidad de usar bien o mal de nuestra libertad. Pero esa decisión será responsabilidad nuestra, no de Dios. Dios fue el primero en “apostar” por el hombre, el primero en querer “correr el riesgo” de nuestra libertad, hasta el punto de permitir que el hombre pueda emplear esa libertad precisamente para oponerse a su Creador.

¿Y no habría sido mejor, entonces, que no naciéramos libres?

Hombre, no sé qué decirte. Para la mayoría de los mortales, la libertad ha sido siempre algo muy grande (y de tan supremo valor, que ha estado siempre dispuesto a dar la vida por defenderla), y quizá lo último en que se pensara renunciar. La libertad es, según el decir de Cervantes, “uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida.”

Dios pudo haber creado una humanidad de individuos solo capaces de hacer el bien. Pero antes que un conjunto de bondadosos imbéciles prefirió crear un mundo de hombres dotados de libertad, que en virtud de su ejercicio pueden hacer el bien o el mal.

No podemos evadirnos de la libertad. La solución es que procuremos ser mejores, y de paso, que procuremos ayudar a los demás a que lo sean también. Es lo más práctico y eficaz. Pensar fundamentalmente en mejorar uno mismo y en mejorar cada uno su entorno. Porque, como dice aquel proverbio ruso, si cada uno barriera delante de su puerta, estaría muy limpia la ciudad.

Pero… ¿y Dios? ¿Él no tiene nada que hacer?

Claro, y ya lo ha hecho. Nos ha hecho a ti y a mí, y a todos los demás, para que luchemos por el bien. Procura hacer, por tu parte, todo el bien que puedas. Intenta que quienes te rodean comprendan que vale la pena luchar por mejorar el mundo. Pero demuéstraselo con tu vida, respetando su libertad como Dios hace con nosotros. Y no echemos a Dios las culpas que solo son nuestras. Sería demasiado cómodo…, y demasiado injusto.”

Con razón Jesucristo dice: Si permanecen en mi Palabra (la Biblia), serán verdaderamente mis discípulos, y conocerán la verdad (y Jesucristo había dicho: YO SOY la verdad), y la verdad les hará libres. Así que, si el Dios Hijo (Jesucristo) los liberta, serán verdaderamente libres (para poder conocer, obedecer y cumplir la voluntad de Dios). Porque el Señor Dios es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad.

Pero no como los que tienen la libertad como pretexto para hacer lo malo, sino como siervos de Dios. Pues gracias a Dios que aunque (por naturaleza y por la herencia adámica), eran esclavos del pecado, han obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fueron entregados; pero sépase que libertados del pecado, viniste a ser siervos de la justicia, pues no hay más que dos alternativas: O se sirve a Dios o se sirve al enemigo de Dios satanás. Porque cuando eran esclavos del pecado, eran libres acerca de la justicia. ¿Pero qué fruto tenían de aquellas cosas de las cuales ahora se avergüenzan? Porque el fin de ellas es muerte. Más ahora que han sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tienen como fruto la santificación (ser apartados para servir a Dios, y puros), y como fin, la vida eterna.

Hablo como humano, por su humana debilidad; que así como para maldad presentaban su miembros para servir a la inmundicia y a la iniquidad, así ahora para santificación presenten diariamente como ofenda viva y culto racional), sus miembros para servir a la justicia (o sea, a Jesucristo: La justicia de Dios). AMEN. ASI SEA.

REFERENCIA

Contreras-Pulido, Ernesto. (2018). La libertad. Septiembre 10, 2018, de Dr. Ernesto Contreras Pulido Sitio web: http://docs.wixstatic.com/ugd/0317a1_5f696fa8580b49d287b2c71127a433b0.pdf

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