Por Alan Sánchez Cruz
Abril de 2021
Durante los tres primeros siglos del cristianismo, la música fue el vínculo entre Dios y el pueblo creyente que le ofrecía loas, a la par de que crecía en su fe. También, sirvió como un método de adoctrinamiento, lo cual no siempre trajo resultados positivos para la Iglesia que comenzaba a formarse (en su momento, tanto gnósticos como arrianos usaron el canto congregacional como plataforma para extender sus doctrinas). Uno de los diversos problemas de las y los cristianos primitivos era que, al ser calificados por los judíos como herejes y por los romanos como una secta judía, su dinámica de adoración tuvo que practicarse en la informalidad: en lugares privados y/o clandestinos, como las catacumbas en tiempos de persecución. El uso de la música fue restringido, hasta el año 313 d. C., cuando Constantino reconoció al cristianismo de manera oficial.
Con el paso de los años, la dinámica musical ha ido cambiando en las reuniones del pueblo creyente, pasando por la música en la Edad Media; el Renacimiento; la Reforma; la música en Inglaterra y el nacimiento del movimiento metodista; el Clasicismo; el Romanticismo; hasta nuestros días. Una de las expresiones que pervive en la actualidad es el himno, principalmente en las llamadas Iglesia históricas, mismo que tiene sus propias etapas y ramas de estudio, como son la himnología (estudio del lugar y principios del canto y su relación con la adoración bíblica) y la himnodia (el repertorio de cantos o himnos que una iglesia posee y utiliza). Sin el afán de una estricta revisión de las etapas mencionadas, y en un salto abismal en el tiempo, fue la última década del siglo XVIII y la primera mitad del siglo XIX un periodo de rápido desarrollo para el himno. Para la segunda mitad del siglo XIX, la música tendría una mayor variación, particularmente en las canciones evangélicas que llegarían a popularizarse en las campañas de evangelistas como Dwight L. Moody, en los Estados Unidos.
A México, el himno llegó junto con los misioneros de las distintas Juntas de Misiones extranjeras. Según Cecilio McConnell, el primer escritor de himnos evangélicos en el país, y uno de los más importantes, fue Thomas Martin Westrup. Nacido en Londres, sus padres fueron anglicanos piadosos. Llegó a México siendo muy joven y, al ser parte de la Sociedad de Misiones Domésticas de los Bautistas Americanos cuya sede se encontraba en Nueva York, debía trasladarse de un país a otro. A su regreso de Nueva York, trajo consigo una prensa con la que comenzó a imprimir tratados, literatura bautista e himnos que él mismo escribía o traducía. Westrup no fue el único que hacía esta labor en tierras mexicanas. Destacan, además, el episcopal Henry C. Riley, los presbiterianos Henry C. Thompson y M. N. Hutchison, y los metodistas William Butler y sus hijas Julia y Clementine.
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