
Gajes de una pequeña Pastora
Ana Borunda
En mis años en el ministerio me han hecho comentarios como “¿Y dónde está el pastor principal?”, “¿A poco eres tú?”, “Pastora, la gente dejó de venir porque… pues, no quieren a una pastora; es que, la verdad, no esperábamos a una mujer como nuestra líder”, “¿Ya te diste cuenta que eres mujer?”, “¡N’ombre! En cuanto te cases o tengas hijos vas a dejar el ministerio, por eso las autoridades no les apuestan mucho a las mujeres”. Incluso escuché que, hace muchos años, a una pastora le preguntaron si no le era incomodo impartir la Santa Cena en su período (¿O sea?). Y la lista continúa.
Mi comentario no es para hacer una exégesis bíblica (que sí hay tela de donde cortar) o para convencer que somos mejores, es sólo que me llama la atención que nuestras acciones son incongruentes con lo que decimos creer. ¡A mí me impresiona ver que las mujeres pueden cantar (que por cierto es una forma de predicar), pueden cuidar niños (que también es ejercer autoridad y exposición de la palabra), pueden ser misioneras y arriesgar sus vidas (que eso es ejercer una función pastoral)! Y claro, también pueden diezmar. ¡Ah¡, pero el púlpito…, el púlpito es de varones. Definitivamente, creo que como dijo una buena amiga, somos el producto de una mala exégesis.
No me considero una feminista, creo que hay conceptos básicos en su ideología que no abrazo ni comparto. Pero en el tema que hoy nos atañe a todos, siento una admiración y gran lección.
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