La Biblia nos describe en los últimos capítulos del Primer libro de los Reyes y los primeros capítulos del Segundo a un personaje muy peculiar, al profeta Eliseo.
Su llamado fue sorpresivo, cultivaba sus tierras cuando fue seleccionado por Dios para continuar el ministerio profético de Elías. Bajo la instrucción de su maestro conoció del oficio, en estrecha relación maestro-discípulo; y también en compañía de otros «hijos de profetas» que formaban parte como alumnos, de las escuelas de profetas que existían en Bet-el y en Jericó.
Hay un dramático momento en la transición del ministerio profético de Elías a Eliseo, coronada con la unción de la doble porción del espíritu de su maestro; un manto profético que ungía a Eliseo para ministrar con el poder de Dios. Las escuelas proféticas eran las incubadoras donde Dios llamaba y capacitaba, para después enviar y acompañar a sus siervos.
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