La revelación de Dios resucitando a Jesús no apunta a un pasado estático, fosilizado y manipulable, sino que está llena de dinamismo, un dinamismo marcado por la vida de Jesús de Nazaret.
Eduard Delás
Las escenas finales del evangelio (Mr. 16:1-8) cierran y abren, al mismo tiempo todo el texto, ofreciéndonos así los criterios principales para interpretarlo. Por un lado, con la muerte de Jesús todo termina: la palabra, la enseñanza, la experiencia de su mesianismo acaba en el hueco de una tumba. Pero, al mismo tiempo, en esa tumba empieza todo, por eso el ángel encamina a la comunidad de nuevo a Galilea, al lugar donde Jesús ha iniciado su mensaje.
Mr. 16:1-8. Unas mujeres enlutadas se dirigen al sepulcro. Sólo tienen el consuelo de un cadáver encerrado en una tumba que nadie puede abrirles: no hay nadie con poder sobre la muerte. Pues bien, sobre el discurso de la historia cotidiana que acaba siempre en un fracaso se eleva la palabra de Dios que interpreta en forma nueva el evangelio. Marcos, inspirado por Dios, ha resituado la interpretación y el sentido de la historia anterior colocando de nuevo a los discípulos en el camino.
Mr. 16:5-6a – “Y cuando entraron al sepulcro, vieron a un joven sentado al lado derecho, cubierto de una larga ropa blanca; y se espantaron. Más él les dijo: No os asustéis; buscáis a Jesús nazareno, el que fue crucificado…”.
La tumba vacía y la presencia de alguien allí les sorprende y atemoriza. El evangelista había presentado a Jesús diciendo que venía de Nazaret de Galilea (Mr. 1:9). Como nazareno le había conocido los espíritus inmundos (Mr. 1:24) y el ciego del camino (Mr. 10:46-47). Pero aquel que comenzó su camino en Nazaret ha terminado en la cruz. Este es su título final, el resumen en el que se ha convertido su reino y su mesianismo. A Jesús le define ya su muerte en la cruz.
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