El corazón de Dios siempre ha estado cercano al sufrimiento de las viudas. Él es el único que puede traer gozo y sanar a un corazón destrozado por la pérdida de la persona amada.
Abraham Aparicio Moiche
Cuando el pecado entra en el mundo a través de Adán y Eva, el plan perfecto que Dios tenía para este mundo comienza a desmoronarse. El dolor, el hambre, la injusticia y la muerte se convierten en el plato de cada día y las personas comienzan a vivir situaciones que Dios jamás hubiera deseado para nosotros. Personas sin recursos, niños huérfanos, viudas desamparadas… el dolor inherente de este mundo caído en el que vivimos.
Sin embargo, Dios no abandona a sus criaturas a merced del pecado, sino que diseña un plan, no solo para redimirnos y alcanzar la vida eterna tras la muerte sino también para indicarnos cómo vivir nuestra vida en la tierra.
En este plan, y desde primera hora, el Señor siempre ha tenido en cuenta al necesitado y desamparado, y en concreto, para el tema que hoy nos ocupa, a las viudas.
Es importante no entender la viudedad como la vivimos ahora en el siglo XXI en nuestro contexto occidental. Hace miles de años cuando una mujer perdía a su marido, no solo tenía que enfrentarse a dolor de la pérdida, sino también a la falta del sustento económico que este proveía, sobre todo cuando los hijos eran pequeños y aún no estaban en edad de trabajar o cuando no tenía más parientes cercanos que pudieran ayudarla. Esta mujer quedaba sin posibilidades y a merced de la mendicidad u otras formas de conseguir dinero y sobrevivir en ese entorno tan hostil.
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