
¿Fracasó la escuela bíblica dominical?
Invertir en los niños implica desarrollar métodos y técnicas que eleven la calidad didáctica de la educación bíblica.
Tomás Gómez Bueno
“La escuela bíblica es el corazón de la iglesia”. Quienes que hemos asistido por algún tiempo a una congregación evangélica, hemos escuchado esta frase con bastante frecuencia; sin embargo, en la actualidad no estamos tan seguros de que ese corazón esté funcionando en las mejores condiciones de salud, y los síntomas de esos malestares parecen sentirse no solo en el cuerpo de la Iglesia, sino en toda la anatomía de la sociedad en general.
Si atendemos las estadísticas que dan cuentan de la condición de la niñez en América Latina, tenemos que admitir que nuestra soñada y romántica escuela bíblica dominical –en las iglesias que todavía la imparten– amerita una profunda revisión.
Se verifica en las adolescentes de nuestros países un alto índice embarazos. Se habla de niñas de hasta nueve y diez años que ya son madres. La participación de niños y adolescentes en actividades delictivas es alarmante y los niveles de maltrato infantil son gravemente escandalosos.
“Eso nada tiene que ver con la escuela bíblica”, dirían algunos. Sin embargo, aunque no tenemos estadísticas precisas, son muchos los niños de nuestras urbes que alguna vez han sido miembros de una escuela dominical de la que funcionan en nuestras iglesias. Tuvimos la oportunidad de trabajar con sus vidas, pero no supimos o no pudimos retenerlos. Simplemente se nos fueron. Fallamos.
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