La imagen de un templo cerrado choca en nuestra mente
Carlos A. Muro Flores
Antiguamente, tanto en templos como en sanatorios los religiosos se dedicaban a cuidar enfermos en tiempos de necesidad (leprosos, la peste negra en el medievo, hambruna, guerra, etc.). Esa era parte de los servicios que el Cuerpo de Cristo prestaba o presta a la comunidad y su nombre y obra era glorificado.
La situación actual es diferente y con otros alcances: hoy, la iglesia tiene la oportunidad de ayudar a su comunidad evitando que esta enfermedad se propague.
No tenemos los medios para curarla hasta que Dios lo permita. La forma de ayudar es NO reuniéndonos por un espacio de tiempo el cual será señalado en cada país según su necesidad.
¡A nadie se le va a “caer” su fe por unos domingos! Es más, es una oportunidad de volver a los tiempos antiguos, estudio y adoración en casa, sin reflectores.
El verdadero creyente seguirá su estudio y comunión con Dios esté donde esté y guiará a los que tenga alrededor.
Hola, soy el pastor Alan Sánchez Cruz. En días pasados, las congregaciones metodistas recibíamos un comunicado de parte del Gabinete General con fecha de martes 17 de marzo del presente. El documento indicaba, entre otras cosas, la suspensión de cultos regulares y actividades programadas del 21 de marzo hasta el 4 de abril, a menos de que hubiese otra instrucción. Por tal motivo, la reflexión de este domingo la compartiré contigo por este medio. Diremos, en este sentido: “¡Bendita tecnología, que, a pesar de no estar congregados en un mismo lugar, nos permite meditar juntos en torno a la Escritura Sagrada!”.
El título del mensaje es: “Jesús en cuarentena”. Título por demás curioso, y, si bien escuchar el término “cuarentena” nos causa incomodidad, incertidumbre, tedio e incluso, en algunos, pánico, el tal se dice que proviene de la expresión latina quadraginta que no es otra cosa que aquello que cuenta con cuarenta elementos. De ahí, que los numerales latinos por decenas se contasen así (permíteme esta fonética vulgar): viginta, triginta, quadraginta, quinquaginta, sexaginta, septuaginta (como la famosa traducción bíblica de los LXX) y demás.
Muy acorde el tema con lo que hemos estado meditando en días recientes, cuando, según las Escrituras, el Espíritu lleva a Jesús al desierto. Lo aísla, además, por cuarenta días y cuarenta noches. Dicho sea de paso, la cultura de aislamiento que sufrían aquellas y aquellos a quienes se les consideraba “impuras” o “impuros” está presente en la Biblia desde el Antiguo hasta el Nuevo Testamento. Levítico 12 al 15 registra, por ejemplo, leyes de purificación impuestas principalmente a las mujeres y a enfermos de lepra. En el caso de las mujeres, al tener su periodo menstrual o al dar a luz, las mismas leyes sanitarias les marginaban de sus relaciones y prácticas cotidianas. ¿Cómo se sentiría una mujer en aquella época, cuando, además de esto, se le enseñaba que su valor en la sociedad era menor al del hombre? Por otra parte, los invidentes, minusválidos, enfermos de lepra o de algún mal congénito, experimentaban el rechazo de su comunidad como si no perteneciesen a la misma. Algunos de ellos podían sentirse prácticamente como “muertos vivientes”. Por tal motivo, Jesús les diría a aquellas y a aquellos marginados: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10 RVR 1960).
Desde la cultura popular se continúa atribuyendo –al igual que en el medievo– la creencia de que todas las calamidades o desastres naturales y humanos son dadas por Dios, incluyendo esta actual pandemia de espectro mundial que estamos atravesando.
Aunque suene inverosímil creerlo, en el año 2007 el senador de Nebraska, en Estados Unidos, Ernie Chambers, literalmente sentó a Dios en un banquillo de acusados y lo demandó por permitir las inundaciones, los terremotos, los huracanes y otras calamidades. Su conclusión fue: «el demandado (Dios), no ha mostrado ni compasión ni remordimiento», argumentó Chambers. (¡Supongo más de uno estarán acusando a Dios por esta actual pandemia!).
En el fondo de estos argumentos está la idea que favorece la concepción de un Dios indolente, listo a ejecutar su justa ira o castigo y para ello se vale de cualquier instrumento para advertirlo incluyendo la Biblia. Se recurre a ciertos a ciertos pasajes bíblicos, al igual que las profecías de Nostradamus, sobre todo con matices apocalípticas fuera de contexto, para argumentar que estos acontecimientos estaban previamente escritos o profetizados y obedecen a ese juicio.
Una vez alguien me decía: –¡Es mejor que las personas, aunque impulsadas por el temor, se acerquen a Dios antes de que se pierdan!
Le invito caro lector, a que saque sus propias conclusiones. No falta quienes dicen que ya es el fin del mundo. Que ya viene Nuestro Señor Jesucristo. Que el coronavirus es una es uno de los jinetes del apocalipsis. Otros, se cuestionan si es la voluntad de Dios el coronavirus, y surge la pregunta:»¿Qué es la voluntad de Dios?».
Respuesta: ¿Qué significa “la voluntad” y el “deseo” de Dios? (Dn. 4:17, 25:32 y 5:21). El Nuevo Testamento hace uso de tres palabras principales: El “plan y propósito eterno de Dios basados en su deliberación” (Lc. 7:30; Hch. 2:23, 4:28 y 20:2; Ef. 1:11); “su voluntad de acuerdo a su inclinación” (Hch. 22:14; Ro. 12:2; Ef. 5:17; Col. 1:9); y su “buena disposición y delicia” (Lc. 2:14; Ef. 1:5, 9; Fil. 2:13)
No obstante, la voluntad de Dios es absoluta, es decir no es condicionada por nada fuera de El mismo, no es distinta de su naturaleza divina, no es absolutamente arbitraria, sino que está en completa armonía con su santidad, su justicia, bondad y verdad. Por lo tanto, hay cosas que Dios no puede hacer (Números 23:19; 1 de Samuel 15:29; Hebreos 6:18; Santiago 1:13; 2 Timoteo 2:13) porque son contrarias a su carácter esencial. El fin más alto de la voluntad de Dios es El mismo. Todo aquello que no es de Dios existe por su soberana voluntad, que es, por lo tanto, La base de toda existencia. Dios no tiene la obligación de querer que aquello sea. Él gobierna sobre todo de acuerdo a su libre consejo y determinación (Salmos 115:3; Proverbios 21:1; Job 10:9; Isaías 29:16; Romanos 9:15-18; 1 Corintios 12:11; Apocalipsis 4:11).
Es en tiempos de angustia cuando solemos replantear nuestras motivaciones y aspiraciones más profundas. No sólo sobrevivir sino cuestionamientos más trascendentes. ¿Cómo llegamos a ésta situación? ¿Qué hicimos? ¿Qué dejamos de hacer? ¿Es un castigo divino? ¿Cuándo terminará esto?
Para los cristianos, también es el inicio de planteamientos hacia el futuro. ¿Qué estoy aprendiendo de esto? ¿Qué me está enseñando Dios? ¿En qué está puesta mi confianza? ¿En quién está puesta mi confianza? Es, también, un recordatorio de quién está a cargo de todas las cosas y, con ello, un recordatorio de que nuestra propia humanidad, con sus limitaciones e imperfecciones, tiene una profunda necesidad de volver los ojos al Creador para acogernos a Su sabia voluntad.
Y para muestra de Su voluntad, tenemos que ilustrarnos con el testimonio del propio Señor en su ministerio terrenal. Jesús criticó fuertemente al sistema de convivencia humano en su tiempo, que servía a los intereses que oprimían, que se basaba en servirse y no servir. Por eso, en aquel tiempo de opresión y angustia, llamó a sus seguidores a no ser como aquellos que promovían esos valores.
Jesús dejó de ser un desconocido. Gracias a las señales que hacía, una multitud se empezó a aglutinar en los lugares a donde iba. Ya no era el predicador galileo anónimo y solitario: ahora se perfilaba como un líder, un sanador famoso, alguien que podía cambiar la situación de vida de los necesitados. Su popularidad crecía y las multitudes se convirtieron en un problema.
Así sucedió el día que la multitud tuvo hambre. Luego de ver a quienes lo seguían, Jesús hizo una pregunta administrativa a Felipe: “¿De dónde compraremos pan para que coman éstos?” (Jn. 6:5). La respuesta del discípulo fue clara: ni siquiera doscientos denarios (que era equivalente a doscientos días de salario) no bastarían para comprar el pan suficiente. La situación los rebasó por completo. La multitud tenía hambre y Jesús sentía la necesidad de proveer alimento para esas personas. No tenían dinero, tampoco comida, pero sí a mucha gente hambrienta. Esta fue una bendición que se transformó en prueba. La situación se salió de control, al menos para los discípulos, así como muchas cosas suelen salirse de control en nuestras vidas. Supongo que a todos nos ha pasado que el dinero, el tiempo, las fuerzas, la inspiración o los conocimientos parecen no ser suficientes para resolver los problemas que tenemos enfrente.
Nada es suficiente cuando se comparte y se pone en manos de Dios Hay un héroe en esta historia: un muchacho anónimo que tenía cinco panes y dos peces pequeños. Como suele pasar con los héroes, nadie lo tomó en cuenta. Incluso Andrés lo mira con ironía (Jn. 6:9). Sin embargo, el muchacho está dispuesto a quedarse sin nada con tal de compartir la comida con Jesús. Es cierto que cinco panes y dos peces no son suficientes para más de cinco mil personas, es cierto que dar gracias por esa comida es un absurdo logístico, es cierto que la situación se ha salido de control, pero también es cierto que todo había sido puesto en manos de Jesús.
¿Qué hacemos los creyentes cuando somos víctimas de la violencia y de la delincuencia organizada? “[…] trabajen por la paz y prosperidad de la ciudad donde los envié al destierro. Pidan al Señor por la ciudad, porque del bienestar de la ciudad dependerá el bienestar de ustedes” (Jeremias 29:7).
Hugo Almanza
Llevo alrededor de cinco años y medio viviendo en la que en inicios del 2019, el INEGI consideró la ciudad de mayor percepción de inseguridad de México. Cuando, en el 2014, mi familia y yo llegamos a Reynosa, la violencia de la ciudad estaba en uno de sus puntos mas altos. En casi 6 años, hemos identificado alrededor de tres momentos en que la situación de la ciudad ha sido de alerta; el motivo de escribir estas líneas es compartir contigo algunos de los retos que la iglesia enfrenta en el proceso de cumplir la Misión de Dios en la frontera de México con Estados Unidos, en el contexto de la violencia y los estragos que genera la delincuencia organizada.
Cuando la violencia es externa Al principio de nuestro peregrinar de ministerio en la ciudad, lo primero que tuvimos que hacer fue aprender cómo se vive en nuestra ciudad cuando “se pone violenta”. Hay una frase que es parte del vocabulario común aquí: “hay situación”. Eso significa que bandas de delincuentes se están enfrentando entre ellos o contra la policía y el ejercito, en alguna parte de la ciudad; estas “situaciones” con frecuencia ocurren en las calles o zonas mas frecuentadas por la población, por lo que al escuchar detonaciones, casi inmediatamente revisamos redes sociales para identificar el área donde esta ocurriendo, y evitar movernos hacia esos lugares; cuando las situaciones ocurren cerca de donde nos encontramos, buscamos refugio, y esperamos. Los enfrentamientos normalmente duran unos cuantos minutos, de manera que a la media hora la gente puede volver a sus actividades normales. Narrarlo así es demasiado simple; me costó mucho entender esa dinámica, pero nos acostumbramos. Ese es el problema justamente: Nos Acostumbramos. La gente esta acostumbrada a la violencia. Es “normal” escuchar detonaciones; es “normal” que haya situaciones; es “normal” que en cerca de tu casa haya enfrentamientos durante la noche o madrugada… Los miembros de mi congregación (y yo mismo) tenemos historia tras historia de como estuvimos en alguna “situación”, y Dios nos libró de ella.
Mujeres metodistas, abriendo camino en el ministerio femenino
Daniel Bruno Adaptación
Ciertamente el movimiento metodista estuvo sostenido por mujeres prácticamente desde sus comienzos: así lo anota Wesley en la entrada de su diario del 4 de abril de 1739 en Bristol: “Al caer la tarde, tres mujeres arreglaron encontrarse una vez por semana con las mismas intenciones que las de las otras personas de Londres, para confesar sus faltas y orar unas con otras y así poder ser sanadas…”
Las mujeres de las diversas clases sociales que componían el movimiento, comenzaron a abrirse espacio, no sólo en las sociedades metodistas, si no también, en ámbitos públicos. El trabajo misionero, se desarrollaba en gran medida en sectores empobrecidos.
Casi un sesenta por ciento de las participantes del movimiento fueron mujeres y muchas de sus líderes de clases y bandas y misioneras han sido mujeres. Ni hablar del rol central que las mujeres metodistas han jugado en la tarea educativa, con su activa participación en la predicación laica y el activismo en las campañas de templanza, la lucha por el sufragio femenino, en la tarea de servicio social, tanto en Inglaterra como en Estados Unidos. Las actividades que desarrollaron las mujeres en los inicios del metodismo, tal como afirma Inés Simeone, se pueden clasificar en tres grupos básicos:
Podemos contrastar el “cómo fue hecho al principio” con cómo fueron las cosas tras la caída, hallando que la mujer siempre ha sido considerada inferior al hombre.
Angel Bea
En relación con el tema que encabeza el título de este artículo, cada vez que me han preguntado si yo estoy de acuerdo con que una mujer sea “pastora” siempre he contestado lo mismo: “No. No estoy de acuerdo”. A esa respuesta casi siempre le sigue otra pregunta: “¿Por qué?”. “Pues por la misma razón por la que no estoy de acuerdo con que un hombre sea el pastor de una iglesia”.
A continuación, siempre tengo que explicar que el modelo de gobierno moderno (entre otras modalidades) que establece que “un pastor” debe ser el líder máximo para gobernar la iglesia, no nos parece que sea el bíblico. Basta leer el libro de Hechos y las llamadas “epístolas pastorales” para ver que eso no era así. (Hch.14.23; 20.17,28; 1ªTi.3.1-7; Tito 1.1-9).
Por tanto, aquellos hombres denominados “pastores” que ejercen su ministerio fuera del orden que marca la Escritura, pero se permiten criticar e invalidar el ministerio pastoral de la mujer en la iglesia, deberían juzgarse a sí mismos primero y ajustar su situación a la luz de la Palabra. De otra forma su juicio carecería de valor alguno.
Un salmo en la epidemia: la confianza triunfa sobre el miedo
El Salmo 91 ha infundido aliento y paz a millones de creyentes en el fuego de la prueba. Su mensaje es muy relevante a nuestra situación actual de epidemia.
Pablo Martínez Vila
“El que habita al abrigo del Altísimo, morará bajo la sombra del Omnipotente. Diré yo a Jehová: «Esperanza mía y castillo mío; mi Dios, en quien confiaré».
El Salmo 91, también llamado el “Himno triunfal de la confianza”, es una joya. Ha infundido aliento y paz a millones de creyentes en el fuego de la prueba. Según algunos comentaristas fue escrito en medio de una epidemia de peste (2 Samuel 24:13). Podrían ser circunstancias similares a las que estamos viviendo hoy. Su mensaje, por tanto, es muy relevante a nuestra situación actual de epidemia.
Vivimos días de ansiedad e incertidumbre. El mundo entero está con miedo. De pronto hemos tomado conciencia de la fragilidad de la vida. ¿Qué pasará mañana? La fortaleza en la que el hombre contemporáneo se creía seguro se ha tornado debilidad, hay grietas en la roca y nos sentimos vulnerables. La gente busca un mensaje de serenidad y tranquilidad. ¿Dónde encontrarlo?
El mensaje del salmo 91 se resume en una frase: la confianza triunfa sobre el miedo. El salmista nos presenta tres frases clave que resumen el “trayecto” dese la ansiedad-miedo hasta la confianza: