contrarrestar la justicia retributiva y punitiva
Keith Vermeulen*
En 927, el rey Aethelstan, gobernante de Inglaterra, concedió a la Parroquia de Beverley el privilegio de ser “santuario”. La parroquia era un monasterio donde, cualquiera que huyera de la venganza, se le otorgaría seguridad contra el arresto y el decomiso. Hugh Bianchi, un historiador y jurista holandés, define este período como predominantemente restaurativo en lugar de punitivo y lo titula «Justicia como santuario». Registros de ese período indican que la mayoría de los que buscaron refugio eran acusados de delitos de homicidio involuntario, sin embargo, «el castigo fue la excepción y la compensación era la regla».
Los “Comentarios sobre las leyes de Inglaterra” de William Blackstone en ese tiempo mencionan la coexistencia de 10 diferentes tipos de leyes, incluido el «derecho al santuario», que es registrado como un elemento de la «Ley Divina». Ningún procedimiento legal, sin embargo, respondió a todas las situaciones y es un mito que los sistemas de justicia legal occidentales hayan sido seleccionados y probados después de un proceso de evolución, dice Bianchi. Las instituciones legales occidentales, habiendo renunciado al derecho al santuario, han perdido diversas perspectivas de justicia. Hacia fines del primer milenio, la justicia se convirtió en el objetivo principal del orden metafísico más que un camino de vida. Los eruditos organizaron la ley en orden jerárquico con la ley humana como ley natural reflejada en la ley divina. Toda esta secuencia les dio a los jueces seculares una tremenda confianza y autoridad de la misma manera que la ley regía a la Iglesia y justificaba a la legislación de la Iglesia. Sin embargo, como la herejía se juzgaba en el ámbito de la Iglesia, el crimen se perseguí por el Estado, especialmente cuando Martín Lutero quemó el Libros de Reglas de la Iglesia.
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