Ojos con qué ver el mundo
Una de las doctrinas distintivas del metodismo lo es su concepto wesleyano de la gracia preveniente. Con esa idea nos referimos a la disposición favorable de Dios hacia su creación, y su influencia dejada en ella para reavivarla. No queremos decir con el vocablo preveniente que se trate de alguna segunda forma de gracia. En nuestro Dios perfecto no puede haber más de una forma de gracia, una misma actitud dentro de su naturaleza, que se expresa de manera continua y consistente en favor de todo lo creado. Le llamamos preveniente únicamente para especificar los beneficios que Dios obsequia al hombre antes de que esa misma gracia lo lleve a la experiencia de su salvación, es gracia anticipante que prepara la voluntad humana para acceder al ofrecimiento divino de una reconciliación por medio de Cristo. La gracia de Dios es preveniente antes de la salvación del individuo, y es gracia salvadora en la hora maravillosa de la justificación y nuevo nacimiento. Pero es la misma gracia. Es el modo como el Océano Atlántico cambia de nombre de acuerdo a las playas que moja, llamándose, por ejemplo, Golfo de México por un lado, Golfo de Venezuela por otro lado y Mar Caribe por otro, pero es el mismo Océano. Así también la gracia de Dios cambia de nombre, en nuestro concepto, dependiendo de los beneficios que esté prodigando, pero insistimos, es la misma.
La gracia divina ha sido distribuida en todo el género humano, sin excepción alguna, con la finalidad principal de prepararlo para responder favorablemente al amor de Dios. Cristo es el facilitador de esa gracia para todos, y por eso se dice en Jn. 1:9 que él era “Aquella luz verdadera que alumbra a todo hombre”. Tocará a cada persona colaborar con esa gracia o resistirla, y es la razón por la que la tarea evangelizadora de la iglesia cristiana se dirige confiadamente a la conciencia de los seres humanos en la esperanza de que se dejen llevar por esa gracia a los pies del Salvador. Para Juan Wesley la explicación del por qué las personas pueden decidir aceptar la salvación en Cristo, no está en el así llamado libre albedrío, sino en la gracia preveniente. La salvación depende enteramente, de principio a fin, de la pura gracia de Dios.
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