
EDITORIAL
Tengo un sueño
El 28 de agosto se ha instituido en México como el Día del Adulto Mayor, en conmemoración de la primera Asamblea de las Naciones Unidas dedicada al envejecimiento de la población, realizada en agosto de 1982. Una preocupación contemporánea que nos debe hacer considerar este fenómeno que tiene, entre otros motivos, el crecimiento en la esperanza de vida desde 1950. Al aumentar la esperanza de vida al nacer, la mejora en la supervivencia de las personas mayores explica la proporción cada vez mayor en la mejora generalizada de la longevidad.
También el 28 de agosto, pero de 1963, en la ciudad de Washington, EUA, el pastor evangélico Martin Luther King pronunció un emotivo e icónico discurso conocido como “Tengo un sueño”, en el contexto de la lucha por los derechos civiles de los afroamericanos de ese país. En ese mensaje, el pastor King aludía a su sueño de un país justo, pero también regenerado por una nueva visión de la vida en libertad, en la que todos gozaran de los mismos derechos y libertades, sin importar el color de su piel. Sin embargo, al plantear el hartazgo de la población negra sobre la falta de derechos y el sufrimiento ante hechos tan deleznables como la brutalidad policiaca y la falta de libertad en acceso a los espacios públicos, King señaló la importancia de los valores éticos: el transitar por el mundo con dignidad y disciplina, para no degenerar en violencia; en unir la fuerza física con la fuerza del alma, para lograr un verdadero cambio en la sociedad; en no sólo estar satisfechos de moverse un pequeño gueto basado en la discriminación, a uno más grande que limitara el ascenso de la humanidad. El problema de la libertad no era, para él, un asunto político sino, sobre todo, un asunto de conciencia y de regeneración espiritual. Por eso, lo trascendente de su mensaje.
En la presente edición, estimado lector, encontrarás artículos que nos recuerda el llamado que tenemos por parte del Señor al arrepentimiento genuino y a tener un cambio de vida, real y verdadero. Un cambio de vida que sólo encontramos en Jesús. Y eso sólo lo lograremos a través de una relación personal y cotidiana con nuestro Señor, centrada en los valores del Reino de Dios a través del cambio del corazón y la acción decidida. En comunión constante con Él como un estilo de vida, no sólo con ritos religiosos o reduciendo la oración a conjuros mágicos que abaratan la comunión con Él. Se refiere, pues, al compromiso en acción.
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