Si solo perdonaras su pecado; pero si no, ¡borra mi nombre del registro que has escrito! (Éxodo 32:32).
Ramón A. Pinto-Díaz
Pese a que aún mantenían en su memoria todas las maravillas que Dios había hecho para sacarlos de Egipto; el pueblo de Israel se encuentra ahora en la encrucijada respecto a qué hacer ante la larga ausencia de Moisés luego de haber ascendido al monte. Han pasado cuarenta días y no han tenido noticias de él. Terminan concluyendo que Moisés ha muerto y con ello dan por perdida toda esperanza de un guía hacia la Tierra Prometida. En consecuencia, construyen un ídolo en forma de becerro, probablemente con la apariencia del dios egipcio Apis, a quién entregan ofrendas, y se rinden en fiestas y orgías paganas.
El relato nos trasmite que Dios se enoja, pierde la paciencia y se dirige a destruir al pueblo. Sin duda, una narración colorida y antropomórfica que busca expresar la intensidad del dolor que Dios ha sentido por tan alta traición; la frustración por tal nivel de impaciencia y desconfianza que el pueblo ha mostrado. Y la decepción por la impulsividad que demuestran; esa que suele caracterizar a quienes se mueven por conveniencia propia más que por amor a otros.
Nadie en su sano juicio se interpondría ante Dios en un estado tal de cólera, pero formidablemente Moisés sí lo hace. Y no solo habla por el pueblo, sino que también se ofrece a sí mismo a cambio de ellos, para que la Gloria de Dios no sea manchada frente a otros pueblos y para evitar la destrucción del pueblo.
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