María Elena Silva de Fuentes
Covid-19, coronavirus… dos nombres que se le han dado a una enfermedad que ha paralizado la vida en el mundo en general y en las iglesias en particular.
Desde enero del año pasado comenzamos a tener noticias de esta peste moderna, la cual, poco a poco, se fue acercando a nuestra realidad cotidiana. En marzo, finalmente, el rostro de la pandemia se nos fue mostrando en forma de aislamiento -comenzamos a usar a diario el término “cuarentena”-, medidas de higiene, cifras estadísticas de contagios y mortalidad… y nos invadió un estupor, del cual tuvimos que salir -más a fuerza que con ganas- los adultos mayores de 30-40, para empezar a familiarizarnos con términos como “virtual”, “zoom”, “conectarse”, “chat”, “enlace”, etcétera. Pareciera como si nos hubieran “encajonado” y, aún así, se nos pidiera que siguiéramos la vida, que para nosotros era hasta entonces -ahora lo vemos más claro- presencial, táctil, cara a cara. ¡Qué problema!
Bueno… para nosotros, porque lo que es para los jóvenes, ellos agarraron las cosas al vuelo con una gracia y desenvoltura que a los adultos nos obligó a voltear a verlos, a comenzar a aprender de ellos y a preguntarles cosas cómo:
- “¿Cómo bajo esta aplicación? Para empezar, ¿qué es una aplicación, con qué se come?
- “¿Me ayudas a conectarme a la reunión? Es que me dicen que le aplane a las letritas azules, pero no entro”
- “¿Me ayudas a grabar el culto / la reunión / el aviso a la congregación?”












