Málenny Cruz *
“Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más».
Apocalipsis 21:1
Definimos a la eternidad como lo perpetuo, sin sucesión ni fin. La eternidad unida a la vida tiene como resultado el pleno desarrollo lo que se perpetua, una -vida eterna-. El máximo ideal, el preciado regalo que todos anhelamos, pero por el que pocos luchamos y defendemos. Una idea de salvación individual nos ha alejado de la solidaridad, de la koinonía y nos hunde cada vez más en el individualismo. Pareciera que la humanidad se aleja de la posibilidad de perpetuarse a sí misma y al planeta que la alberga. Ninguna persona que conozca un poco sobre los acontecimientos en nuestro país y el mundo entero podría negarse a esto. La ola de violencia por la que estamos viviendo nos aqueja, nos carcome, nos destruye. Sistemas de violencia se replican una y otra vez de forma directa o indirecta.
Observamos esta violencia con distintos rostros, no solo de quien la ejerce sino también de quien la fomenta: respuestas esperadas ante acontecimientos incómodos; lo que se espera culturalmente; lo socialmente aceptable; lo que no se sale o debe salir de la norma. Se ejerce violencia al impedir que se levante la voz, al acallar al que quiere justicia. Una interpretación errada de la escritura nos ha llevado a justificarla y “entenderla” como parte de la voluntad de Dios, in embargo, es ella la que nos conduce a la búsqueda de un cielo nuevo y tierra nueva evitando continuar en la espiral destructiva y encontrar un mundo con futuros esperanzadores.
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