Categoría: Secciones Varias

Oración por las autoridades de la IMMAR

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Semana de Oración por las Autoridades de la IMMAR, efectuada los días 10 al 15 de agosto con gran bendición (ver póster al final).

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Pronunciamiento de la Congregación La Santísima Trinidad de Chihuahua, Chih.

El Capítulo 23 del Evangelio de San Mateo, es una porción de La Palabra que casi nunca –por no decir nunca-, es tocada dentro de las reflexiones de la Iglesia. Son palabras de Jesús que fueron dichas en un momento y en un lugar determinado: y ese momento es el “ahora” y el lugar determinado es el “aquí”.

Nos parecieran palabras de juicio y de indignación, contrarias al mensaje de misericordia que es su gran obra. Pero esto no es así. Jesucristo nunca podría contradecirse; y por tanto el amor, la salvación y el perdón que ofreció en tantos momentos de su vida entre nosotros, lo reitera ahora en este pasaje que estruja y nos mueve más que a señalar, a realizar una autocrítica: abrir los ojos, pedir perdón y enmendar el camino.

Jesucristo no habla aquí de Su Iglesia, que es su propio Cuerpo, sino de aquella institución a la que humanizamos con todos los intrincados intereses que ello conlleva. Nos habla del grave peligro que afrontamos cuando “decimos y no hacemos”; cuando se usa el Nombre de Dios como vano pretexto para atar a las espaldas de otros lo que no se quiere mover ni con un dedo; cuando se cae en la hipocresía de colar el agua para no tragar un mosquito… y se termina engullendo un camello.

Hoy oramos por toda autoridad de la Iglesia Metodista, por el Gabinete Conferencial: el obispo, los superintendentes, los representantes laicos, por todo su cuerpo ministerial y las organizaciones oficiales, por los miembros del Tribunal Eclesiástico Conferencial de la CANCEN, por los laicos que con esfuerzo forman sus pilares.

Pedimos al Espíritu Santo redarguya los caminos de la Iglesia, que es de Cristo, y que por tanto no debe obedecer a otros intereses que no sean los de la justicia, la verdad y el establecimiento del Reino. Pedimos porque haya reverencia y verdadero temor al invocar al Espíritu Santo. Pedimos porque lo supuestamente “institucional” no se sobreponga al interés espiritual. Pedimos al Espíritu Santo para que dé luz, fuerza, determinación, valentía y decisión a la autoridad en la toma de decisiones, y para que éstas sean acordes a los principios de honestidad y probidad.

Pedimos fervientemente que la excusa para el “no hacer”, sea sustituida por el “deber ser”. Oramos porque seamos una Iglesia que respete y defienda los postulados de nuestro Credo Social y de nuestra Disciplina, para hacerlos letra viva y nunca letra muerta. Que responda libremente y no por miedo.

Oramos al Espíritu Santo para que todos nos esforcemos: los que tienen autoridad a ejercerla para el bien; los llamados a impartir justicia a realizarlo con denuedo y en favor de la verdad moral; los llamados a recibirla, defendiendo y procurando el bienestar de la Iglesia.

Pedimos al Espíritu Santo que bendiga el ministerio de todos: pastores y laicos. Que nos reafirme en la verdad inobjetable de que hemos recibido una vocación al servicio; y que reconduzca el sendero y la intención de cualquiera que haya perdido de vista el fin para el que fue llamado. Que la Iglesia busque la verdadera reconciliación y restauración de sus hijos confrontando con verdad los corazones, para que sea en realidad contrito y humillado delante del Trono de Dios…

Que se derrame dentro de Su Iglesia, para que ella no le tema a la búsqueda de la verdadera santidad: aquella que no trastoca la verdad, sino que a partir de ella acerca, convierte y se hace amor.

¡Santo Espíritu desciende, y has de nosotros tu habitación!

Atentamente,
Junta de Administradores y Congregación de la IMMAR La Santísima Trinidad, Chihuahua, Chih.

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Hoy decidí sembrar

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Estimados pastores y consiervos, soy el Pastor de la IMMAR Jesús de Nazaret, de Chihuahua, Chih., un poco más viejo que ustedes, pues tengo sirviendo a Dios 38 años, y quiero comentarles que durante todo este período he vivido tiempos diversos donde la gracia de Dios ha sostenido mi ministerio, como la vida de la Iglesia Metodista, a la cual servimos.

Estamos viviendo tiempos difíciles que requieren de nuestra oración y diligencia, tanto de los siervos de Dios como de cada una de nuestras congregaciones, mas les recuerdo que Dios, aquel que te llamó al ministerio, sigue fiel a sus promesas y él desea tomar lo mejor de cada uno de nosotros y transformarlo en un impulso de bendición para nuestra amada Iglesia.

Así que, mis consiervos, les hago saber que nuestro Dios está parado como poderoso gigante delante de ustedes para respaldar el trabajo de vuestras manos. Sigamos predicando que Cristo salva, sigamos predicando que en Cristo hay esperanza, sigamos predicando y alentando a la Iglesia a poner su vista y fe en el poderoso Dios que servimos. Y si en algún momento no percibimos el fruto, sigamos sembrando, pues a su tiempo Dios nos permitirá experimentar la cosecha que él ha prometido a cada uno de nosotros; nuestro trabajo es sembrar, sembrar visitas pastorales, sembrar estudios bíblicos, sembrar tiempos de oración e intercesión, sembrar saludos, sembrar servicio al prójimo, sembrar correos a hermanos, sembrar visitas a hospitales, sembrar obediencia, en fin, “el sembrador salió a sembrar”, esa es nuestra tarea. Les animo a continuar firmes en la obra que Dios nos ha asignado, pues si cada uno de nosotros ocupa el lugar que corresponde, trabajando y sembrando, un muro se levantará y se fortalecerá nuestra Conferencia.

Si el obispo no tiene inconveniente, y ustedes me dan un tiempo, yo les seguiré escribiendo unos renglones para animarnos unos a otros. Estoy a sus órdenes. Y recuerden, Dios les ama y nada pueden hacer al respecto, ni tampoco pueden salir de la bendición de Dios.

Shalom.

eduardo_carrillo

El púlpito o la mesa de la comunión

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El movimiento de Reforma Religiosa del siglo XVI fue sin duda un parteaguas definitivo en el curso de la historia humana. A partir del rompimiento que Martín Lutero y sus contemporáneos hicieron respecto del catolicismo, se abolieron tradiciones y doctrinas en el sumamente deteriorado cristianismo medieval, y se transformó el sistema socio económico y político de la época.

Los fundamentos del protestantismo, universalmente reconocidos y sobre los cuales se han escrito numerosos libros, significaron un definitivo y bíblicamente justificado rechazo al sistema católico romano. Usualmente estos fundamentos se han concretado en cinco títulos, a saber:

  1. La justificación por la fe (El creyente es justificado ante Dios por medio de la fe en Jesucristo y no por las obras).
  2. La suprema autoridad de la Biblia (Las Sagradas Escrituras son la autoridad absoluta para normar la fe y conducta, y no el Papa ni los concilios).
  3. El sacerdocio de los creyentes (Mediante la obra de Cristo el creyente es sacerdote y por ello no se requiere ya de un grupo exclusivo que pretenda mediar entre Dios y los hombres).
  4. La santidad de la vida común (La santidad es labor del Espíritu Santo en todo creyente y no es cosa reservada para unos pocos).
  5. El libre examen de las Escrituras (El derecho de todo creyente para leer y entender el contenido bíblico bajo la guía del Espíritu Santo, sin tener que depender de la interpretación oficial del catolicismo).

Obviamente cada uno de estos fundamentos tiene un amplio y razonado respaldo que aquí es imposible exponer, pero para el propósito de este comentario, baste la simple frase que trata de resumir la esencia de cada caso.

Como puede verse, cada uno de estos fundamentos significó –y sigue significando- un irreconciliable distanciamiento con el catolicismo romano, a menos que una parte u otra, o las dos renuncien a sus principios y por ello puedan reunirse. Esta reunión es, en parte, una meta del movimiento ecuménico que se expresa tanto en el Catolicismo romano como en el Protestantismo, mediante comisiones ad hoc.

Uno de los resultados inmediatos del movimiento religioso y reformador del siglo XVI, fue el cambio litúrgico de la misa. El enfoque se centró en la predicación de La Palabra y no en el sacramento; consecuentemente se desplazó la Mesa de la Comunión y se colocó el púlpito en el centro del presbiterio; se eliminaron los cuadros e imágines de santos, así como toda estatua de los mismos y vitrinas de reliquias, incluidas no pocas obras de arte.

Los templos protestantes mantuvieron el púlpito al centro del presbiterio, por varios siglos hasta que a fines de la primera mitad del siglo XX comenzó a manifestarse un regreso al sacramentalismo, particularmente de la Santa Comunión, y la Mesa volvió a ocupar el centro, mientras que el púlpito pasó a ocupar un extremo del Presbiterio. Este no fue un movimiento general, más bien se manifestó en algunas de las llamadas Iglesias Históricas (Luteranos, Episcopales, Reformados, Metodistas), y esto sólo en algunos de sus templos pues no se trató de un mandato oficial.

Es cierto, por otra parte, que la Mesa de la Comunión no fue desplazada del todo del centro, pues en la mayoría de los templos se la mantuvo al frente del púlpito en un nivel más bajo; pero justamente esa disposición mobiliaria daba a entender la supremacía de la predicación sobre el sacramento.

Puede alegarse que para destacar la predicación no es indispensable tener el púlpito en el centro, lo cual es cierto, pero la disposición de la arquitectura templaria enseña mucho. De allí que una primera mirada a cualquier templo nos puede decir mucho sobre lo que allí se considera importante.

Al criterio protestante original no le faltaba razón, si atendemos al relato bíblico que nos recuerda que la Pascua (de donde nos viene la Santa Comunión) se realizaba una sola vez al año y si bien los primeros cristianos comenzaron a celebrarla con mucha mayor frecuencia, se la incluía con la fiesta de ágape, la cual era tan importante como la misma Santa Comunión; es decir no se la destacaba de forma exclusiva. El apóstol Pablo describe y corrige los excesos de los corintios sobre este asunto dando normas para su correcta celebración, cosa que no repite en otras epístolas, sea porque las demás iglesias la celebraban apropiadamente o porque no la celebraban. De hecho, Pablo no era muy sacramentalista que digamos pues en cuanto al bautismo claramente afirmó, “No me envió el Señor a bautizar” (1ª. Cor. 1:17) y apenas sí se acordaba de unos pocos que bautizó. Enfatizó en cambio la necesidad de predicar, “Ay de mí si no anunciare el evangelio” (1ª. Cor. 9:16), Y al padre le ha placido salvar a los pecadores “por la locura de la predicación” 1ª. Cor. 1:21), etc. El mismo Señor Jesucristo no bautizó a nadie, según Juan 4:2.

Todo esto nos lleva a considerar que el protestantismo hizo y hace bien al destacar la importancia de la proclamación activa del evangelio, de lo cual el púlpito es símbolo, por sobre la actitud pasiva del sacramento. Esto sin dejar de reconocer que éste último tiene un lugar dentro de la vida el creyente, si bien en orden menor al deber de predicar La Palabra. Los templos que han colocado el púlpito en el lugar central del presbiterio están –a no dudarlo- dentro de la tradición protestante que tuvo, y sigue teniendo, muy buenas razones para honrar la sana proclamación de La Palabra desde todos los púlpitos cristianos.

ruben_pedro

Dios es Fiel

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“Si fuéremos infieles, él permanece fiel. Él no puede negarse a sí mismo”
2 Timoteo 2:13

Un niño estaba sentado en un banco del parque con una mano apoyada sobre una Biblia abierta. Fue exclamando en voz alta su alabanza a Dios. ¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Dios es grande! -gritó sin preocuparse si alguien lo oía o no.

Poco después, llegó un joven que acababa de terminar algunos estudios en una universidad local. Sintiéndose muy iluminado en los caminos de la verdad y con muchas ganas de mostrar el resultado de esta iluminación, le preguntó al niño acerca de la fuente de su alegría.

-Hey, -preguntó el niño a cambio, con una sonrisa brillante, -¿No tienes idea de lo que Dios es capaz de hacer? Acabo de leer que Dios abrió las olas del Mar Rojo y condujo a toda la nación de Israel a través del centro.

El joven se rio suavemente, se sentó al lado del chico y comenzó a tratar de abrirle los ojos a la realidad de los milagros de la Biblia. Que todos pueden ser muy fáciles de explicar. La erudición moderna ha demostrado que el Mar Rojo en esa zona sólo tenía 10 centímetros de profundidad en ese momento. No era un problema para que los israelitas pasaran.

El muchacho se quedó perplejo. Sus ojos vagaron de vuelta a la Biblia que mantenía abierta en su regazo. El joven estaba contento de haber iluminado a una pobre persona tan pequeña e ingenua en los puntos más finos de la visión científica, así que se volvió para irse.

Apenas había dado dos pasos cuando el niño comenzó a alegrarse y alabar al Señor más fuerte que antes. El hombre se volvió para preguntar la razón del por qué este júbilo se reanudaba.

-¡Wow! -Exclamó el niño feliz. ¡Dios es fiel y más grande de lo que pensaba! No sólo lleva a toda la nación de Israel a través del Mar Rojo, ¡sino que ahogó a todo el ejército egipcio en 10 centímetros de agua!

Si analizamos nuestra vida durante lo que va del año, nos percataremos, si no es que ya lo hicimos, de que Dios ha sido fiel, aun cuando muchos de nosotros hemos vivido en falsedad, vanidad y soberbia; sin embargo Dios nos ha amado, y con amor trata de renovarnos. También muchos de nosotros no hemos tenido fe en este tiempo, sin embargo Dios no dejó de estar a nuestro lado; quizá muchos dudamos en algunos momentos de la presencia de Dios con nosotros, sin embargo Él nos ayudó a salir de muchas situaciones; quizá muchos descuidamos nuestra relación personal con Él en estos días, sin embargo Dios se mantuvo allí tomándonos de la mano y salvándonos de muchos peligros y ayudándonos para salir de problemas serios. Gloria a Dios porque Él es fiel.

CONTEXTO DEL TEXTO

Los versículos 11 al 13, posiblemente sea uno de los himnos cristianos primitivos. Dios es fiel con sus hijos y aunque debamos sufrir grandes dificultades aquí, nos promete su presencia, su compañía y su Reino. Esta verdad confortó a Pablo mientras pasaba por el sufrimiento y la muerte. ¿Está usted enfrentando pruebas? No se aparte de Dios. Él le promete un futuro maravilloso junto a él mismo quien es y será el Dios fiel.

LO QUE ME ENSEÑA EL TEXTO BÍBLICO

  1. Que yo puedo ser infiel, pero Dios en Jesús ha sido fiel por todo lo que va del año, y lo seguirá siendo por la eternidad.
  2. Que si Él es fiel, yo debo parecerme a Él.
  3. Que no seré fiel, ni lleno de amor, de justicia y de verdad, para vivir así, si no soy como Jesús. Jesús es la imagen viva de Dios y yo resultaré ser la imagen viva de Jesús, con su ayuda.

ORACIÓN

Señor, gracias por ser fiel, porque de esta forma puedo confiar en ti, pero esto me compromete contigo para ser semejante a ti. Señor, sabes que mis esfuerzos en este tiempo a veces han sido vanos, otros fructíferos, pero lo importante es tu fidelidad para acompañarme y mostrarme que tú tienes el control de todo. Por ello, Señor, te suplico que destruyas la falsedad, la hipocresía y la vanidad de mi vida, asimismo la injusticia, la corrupción, la soberbia y la enfermedad de poder de mis gobernantes, permíteme en lo que resta de este año 2015 una vida cristiana conforme a tu corazón y danos una clase política nueva, renovada, temerosa de ti, y sigue dándome la bendición de seguir participando en la construcción de tu Reino. En el nombre de tu Hijo, amén.

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El precio de la Gracia (Parte 18)

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Dietrich Bonhoeffer, fue un pastor y teólogo luterano, quien predicó también con el ejemplo. Mientras las iglesias de Alemania guardaron silencio y se sometieron al nazismo de Hitler, él lo confrontó en forma escrita y verbal.

Su resistencia al régimen resultó en su captura, encarcelamiento y ejecución el 9 de abril de 1945, apenas 21 días antes del suicidio de Hitler, y 28 días antes de la rendición de Alemania. El día anterior de su muerte había dirigido un culto con los presos. Antes de ser ahorcado, de rodillas elevó su última oración. Tenía apenas 39 años de edad.

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Continuamos con la publicación de su obra más difundida, El Precio de la Gracia. Vamos en la Segunda Parte de la obra, La Iglesia de Jesucristo y el Seguimiento, de donde entregamos ahora el Capítulo 3, El Cuerpo de Cristo.

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  1. EL CUERPO DE CRISTO

Los primeros discípulos vivían en la presencia corporal de Jesús y en la comunión con él. ¿Qué significa esto y cómo se extiende dicha comunión hacia nosotros? Dice Pablo que por el bautismo nos hemos convertido en miembros del cuerpo de Cristo. Esta frase, que resulta tan extraña, tan inabordable, necesita una explicación profunda. Con ella se nos dice que los bautizados, incluso después de la muerte y resurrección del Señor, deben vivir en la presencia física y la comunión con Jesús. La marcha de Cristo no supone una pérdida para los suyos, sino más bien un don nuevo. Los primeros discípulos, en la comunión corpórea con Jesús, no podían tener nada distinto ni nada mayor que lo que nosotros tenemos hoy; incluso es más sólida, más completa, más segura esta comunión para nosotros que para ellos.

Vivimos en la comunión plena de la presencia del Señor glorificado. La magnitud de este don no puede ser ignorada por nuestra fe. El cuerpo de Cristo es el fundamento y la certeza de nuestra fe, el cuerpo de Cristo es el don único y perfecto por el que somos hechos partícipes de la salvación, el cuerpo de Cristo es nuestra vida nueva. En el cuerpo de Jesucristo somos adoptados por Dios para la eternidad.

Tras la caída de Adán, Dios envió su palabra a la humanidad pecadora para buscar y adoptar a los hombres. La palabra de Dios se halla entre nosotros para adoptar de nuevo a la humanidad perdida. La palabra de Dios vino como promesa, vino como ley. Se hizo débil y pequeña por amor a nosotros. Pero los hombres rechazaron la palabra y no se dejaron adoptar. En lugar de eso, le ofrecían a Dios sacrificios y las obras que realizaban; de esta forma intentaban comprarse su libertad.

Entonces sucedió el milagro de los milagros. El Hijo de Dios se hizo hombre. La Palabra se hizo carne. El que se encontraba en la gloria del Padre desde toda la eternidad, el que existía en la forma de Dios, el que era al principio mediador de la creación, de tal forma que el mundo creado sólo puede ser conocido por él y en él, Dios mismo (1 Cor. 8, 6; 2 Cor. 8, 9; Flp. 2, 6s; Ef. 1, 4; Col. 1, 16; Jn. 1,1s; Heb. 1,1s), adopta la humanidad y viene a la tierra. Adopta la humanidad al adoptar la esencia humana, la «naturaleza» humana, «la carne del pecado», la forma humana (Rom. 8, 8; Ga. 14, 4; Flp. 2, 6s). Dios adopta a la humanidad no sólo por la palabra predicada, sino también en el cuerpo de Cristo. La misericordia de Dios envía a su Hijo en la carne a fin de que, con la carne, tome sobre sí a toda la humanidad. El Hijo de Dios adopta en su cuerpo a toda la humanidad, a esta humanidad que, por odio a Dios y por orgullo de la carne, rechazó la palabra no encarnada e invisible de Dios. Ahora es adoptada corporal y visiblemente en el cuerpo de Jesucristo, tal como es, por la misericordia divina.

Los padres de la Iglesia, al considerar este milagro, defendieron con pasión que Dios había adoptado la naturaleza humana, siendo falso el que hubiese elegido a un hombre perfecto para unirse a él. Dios se hizo hombre. Es decir: Dios adoptó a toda la naturaleza humana débil y pecadora. Dios adoptó a toda esta humanidad caída. Pero esto no significa que Dios haya adoptado al hombre Jesús. Si se quiere comprender correctamente todo el mensaje de salvación, conviene mantener clara esta distinción. El cuerpo de Cristo, en el que somos adoptados con toda la humanidad, es ahora el fundamento de nuestra salvación.

Lo que él lleva es la carne pecadora… pero sin pecado (2 Cor. 5, 21; Heb. 4, 15). Allí donde se encuentra su cuerpo humano, es adoptada también toda carne. «Verdaderamente él llevó nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores». Jesús pudo sanar las enfermedades y dolores de la naturaleza humana porque los llevó todos en su cuerpo (Mt. 8, 15-17). «Fue herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas». Cargó con nuestros pecados. Pudo perdonar los pecados porque había «adoptado» en su cuerpo nuestra carne pecadora. Acogió a los pecadores (Lc. 15,2), porque los llevaba en su cuerpo. En Jesús se cumplió el «año de gracia» del Señor (Lc. 4, 19).

El Hijo encarnado de Dios era a la vez él mismo y la humanidad nueva. Lo que hizo lo hizo, al mismo tiempo, por la nueva humanidad que llevaba en su cuerpo. De este modo es un segundo Adán, el «último» Adán (1 Cor. 15,45). También en Adán se hallaban reunidos en un solo hombre el individuo y la humanidad entera. También Adán nevaba en sí a toda la humanidad. En él pecó la humanidad entera, en «Adán» (hombre) cayó «el hombre» (Rom. 5,19). Cristo es el segundo hombre (1 Cor. 15,47), en el que fue creada la humanidad nueva. Él es el «hombre nuevo».

Sólo a partir de aquí comprendemos la esencia de la comunión corporal concedida a los discípulos en Jesús. El que la vinculación de los discípulos al seguimiento fuese corpórea no se debe a una casualidad, es algo necesario a causa de la encamación. El profeta y el maestro no necesitan seguidores, les bastan los discípulos y los oyentes. El Hijo encarnado de Dios, venido en la carne humana, necesita una comunidad de seguidores que participe no sólo de su doctrina, sino también de su cuerpo. Los seguidores tienen la comunión en el cuerpo de Jesucristo. Viven y sufren en la comunión corporal. La comunión del cuerpo de Jesús les impone la cruz. Porque en él todos son llevados y aceptados.

El cuerpo terrestre de Jesús fue crucificado y muerto. En su muerte, la nueva humanidad es crucificada y muere con él. Puesto que Cristo no había adoptado a un hombre, sino la «forma» humana, la carne del pecado, la «naturaleza» humana, con él sufre y muere todo lo que adoptó. Lleva hasta la cruz todas nuestras enfermedades y pecados; nosotros somos crucificados y morimos con él. El cuerpo terreno de Cristo muere, pero resucita bajo la forma de un cuerpo incorruptible y glorioso. Es el mismo cuerpo, puesto que la tumba estaba vacía, pero es nuevo. Lleva a la resurrección a la humanidad con la que murió. También lleva en su cuerpo glorificado a la humanidad que había adoptado sobre la tierra.

Ahora bien, ¿cómo conseguimos participar de forma viva en este cuerpo de Cristo, que ha hecho todo esto por nosotros? Porque una cosa es cierta: sólo hay comunión con Jesús bajo la forma de comunión con su cuerpo, en el único que somos adoptados, en el único que reside nuestra salvación. Nos hacemos partícipes de la comunión con el cuerpo de Cristo por los dos sacramentos de dicho cuerpo: el bautismo y la cena. El evangelista Juan, en una alusión de valor incalculable, hace brotar del cuerpo crucificado de Jesucristo los elementos de los dos sacramentos, el agua y la sangre (Jn. 19, 34-35). Este testimonio es confirmado por Pablo, que vincula plenamente a los dos sacramentos el hecho de ser miembro del cuerpo de Cristo [15].

El cuerpo de Cristo es tanto el fin como el origen de los sacramentos. La única razón de ser de los sacramentos es la existencia del cuerpo de Cristo. No es la palabra de la predicación por sí sola la que crea nuestra comunión con el cuerpo de Cristo; debe darse también el sacramento. El bautismo es la incorporación en la unidad del cuerpo de Cristo, la eucaristía mantiene la comunión al cuerpo. El bautismo nos hace participar de la cualidad de miembro del cuerpo de Cristo. Somos «bautizados» en Cristo (Gal. 3, 27; Rom. 6, 3), somos bautizados «para formar un solo cuerpo» (1 Cor. 12, 13). Lo que Cristo adquirió para todos en su cuerpo nos es imputado en la muerte del bautismo por el Espíritu santo. La comunión del cuerpo de Cristo que recibimos significa que ahora estamos «con Cristo», «en Cristo», y que «Cristo está en nosotros». Estas expresiones encuentran su sentido exacto en una comprensión correcta del cuerpo de Cristo.

Todos los hombres están «con Cristo» en virtud de la encamación. En efecto, Jesús lleva toda la naturaleza humana. Por eso, su vida, su muerte y su resurrección constituyen un acontecimiento real en todo hombre (Rom. 5, 18s; 1 Cor. 15, 22; 2 Cor. 5, 14). Pero los cristianos están «con Cristo» de forma especial. Lo que para otros significa muerte, para ellos significa vida. En el bautismo se les asegura que están «muertos con Cristo» (Rom. 6, 8), «crucificados con él» (Rom. 6, 6; Col. 2, 20), «sepultados con él» (Rom. 6, 4; Col. 2, 12), «hechos una misma cosa con él por una muerte semejante a la suya» (Rom. 6, 5); precisamente por esto vivirán también con él (Rom. 6, 8; Ef. 2,5; Col. 2, 12; 2 Tim. 2, 11; 2 Cor. 7,3). «Estamos con Cristo»: esto se basa en el hecho de que Cristo es el Emmanuel, el «Dios con nosotros». El hecho de estar con Cristo sólo será una gracia para el que reconozca así a Cristo. Es «bautizado en Cristo», en la comunión de su sufrimiento. Así se convierte en miembro de este cuerpo, y la comunidad de los bautizados se convierte en un solo cuerpo, que es el propio cuerpo de Cristo. De esta forma están «en Cristo» (h) y «Cristo está en ellos». No se encuentran ya «bajo la ley» (Rom. 2, 12; 3, 19), «en la carne» (Rom. 7, 5; 8, 3.8.9; 2 Cor. 10, 3), «en Adán» (1 Cor. 15, 22), sino que, en toda su existencia y en todas las manifestaciones de su vida, están desde ahora «en Cristo».

Pablo puede expresar el milagro de la encamación de Cristo en una multitud absolutamente inagotable de relaciones. Pero todo lo dicho puede resumirse en esta frase: Cristo es «para nosotros», no sólo por la palabra y por su disposición de espíritu, sino también por su vida corporal. Con su cuerpo ocupa el lugar que nosotros deberíamos ocupar ante Dios. Se ha situado en nuestro puesto. Sufre y muere por nosotros. Puede hacerlo porque lleva nuestra carne (2 Cor. 5, 21; Ga.13, 13; 1,4; Ti.t 2, 14; 1 Tes. 5, 10; etc.). El cuerpo de Jesucristo es «para nosotros», en el sentido más exacto, en la cruz, en la palabra, el bautismo y la eucaristía. En esto se basa toda comunión personal con Jesucristo.

El cuerpo de Jesucristo es la nueva humanidad que él ha adoptado. El cuerpo de Cristo es su comunidad. Jesucristo es a la vez él mismo y su Iglesia (1 Cor. 12, 12). Jesucristo, después de Pentecostés, vive en la tierra bajo la forma de su cuerpo, la Iglesia. En ella se encuentra su cuerpo crucificado y resucitado, en ella se encuentra la humanidad que él adoptó. Por eso, ser bautizado significa convertirse en miembro de la Iglesia, en miembro del cuerpo de Cristo (Gal. 3, 28; 1 Cor. 12, 13). Por eso, estar en Cristo significa estar en la Iglesia. Si estamos en la Iglesia, nos hallamos también, verdadera y corporalmente, en Jesucristo. Ahora la noción de cuerpo de Cristo se revela en toda su plenitud. Después de la ascensión, el lugar de Cristo en el mundo es tomado por su cuerpo, la Iglesia. Esta es Cristo mismo presente. Con esto recuperamos una idea sobre la Iglesia que había sido muy olvidada. Estamos acostumbrados a pensar en la Iglesia como en una institución. Ahora bien, debemos considerarla como una persona viva, naturalmente como una persona muy especial.

La Iglesia es una. Todos los bautizados son «uno en Cristo» (GaI. 3,28; Rom. 12,5; 1 Cor. 10, 17). La Iglesia es «hombre». Es el «hombre nuevo». Ha sido creada de esta forma por la muerte de Cristo en la cruz. En ella ha sido abolida la enemistad entre judíos y paganos que destrozaba a la humanidad, «para crear en sí mismo, de los dos, un solo hombre nuevo, haciendo la paz» (Ef. 2, 15). El «hombre nuevo» es uno, no son muchos. Fuera de la Iglesia, que es el hombre nuevo, sólo existe el hombre viejo, destrozado. Este «hombre nuevo», la Iglesia, ha sido «creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad» (Ef. 4, 24). «Se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su creador» (Col. 3, 10). Aquí sólo se habla de Cristo, imagen de Dios.

Adán fue el primer hombre, según la imagen del creador. Pero perdió esta imagen después de la caída. Entonces fue creado a imagen de Dios un «segundo hombre», un «último Adán», Jesucristo (l Cor. 15,47). El «hombre nuevo» es a la vez Cristo y la Iglesia. Cristo es la nueva humanidad en hombres nuevos. Cristo es la Iglesia. La actitud del individuo ante el «hombre nuevo» es la de «revestirse» de él [16]. El «hombre nuevo» es como un vestido destinado a cubrir al individuo. El individuo debe vestirse la imagen de Dios, que es Cristo y la Iglesia. Quien es bautizado, se viste de Cristo (Gal 3, 27), lo que debemos interpretar, de nuevo, como su incorporación al cuerpo, al único hombre, en el que no hay griego ni judío, libre ni esclavo: la Iglesia. Nadie se convierte en hombre nuevo si no es en la Iglesia, por el cuerpo de Cristo. Quien quiere convertirse en un hombre nuevo por sus propias fuerzas, sigue siendo hombre viejo. Convertirse en hombre nuevo significa entrar en la Iglesia, hacerse miembro del cuerpo de Cristo. El hombre nuevo no es el individuo justificado y santificado, sino la Iglesia, el cuerpo de Cristo, Cristo.

El Cristo crucificado y resucitado existe por el Espíritu santo como Iglesia, como el «hombre nuevo»; si es cierto que él es el encarnado, el que permanece para siempre, también es cierto que su cuerpo es la nueva humanidad. Igual que la plenitud de la divinidad habita corporalmente en él, también los suyos están llenos de Cristo (Col. 2, 9; Ef. 3, 19). Sí, ellos mismos son esta plenitud divina en la medida en que forman su cuerpo y porque él llena a todos en todo.

La unidad de Cristo con su Iglesia, su cuerpo, exige al mismo tiempo que Cristo sea reconocido como Señor de su cuerpo. Por eso, cuando se desarrolla la noción de cuerpo, Cristo es llamado cabeza del cuerpo (Ef. 1,22; Col. 1,18; 2,19). Se mantiene la clara contraposición. Cristo es Señor. El hecho histórico-salvífico que hace necesaria esta contraposición y no autoriza en ningún momento una fusión mística de la Iglesia y de Cristo es la ascensión de Cristo y su vuelta. El mismo Cristo que está presente en su Iglesia volverá del cielo. Tanto aquí como allí es el mismo Señor, aquí como allí es la misma Iglesia, el único y mismo cuerpo del que está aquí presente y volverá sobre las nubes. Pero el hecho de que estemos aquí o allí constituye una diferencia muy clara. De forma que son necesarias ambas cosas: la unidad y la distinción.
La Iglesia es una, es el cuerpo de Cristo, pero es al mismo tiempo la pluralidad y la comunión de los miembros (Rom. 12,5; 1 Cor. 12, 12s). El cuerpo tiene muchos miembros, y cada miembro, el ojo, la mano o el pie, es y sigue siendo lo que es, tal es el sentido de la comparación paulina. La mano no se vuelve ojo, ni el ojo se transforma en oreja. Cada uno sigue siendo lo que es. Pero sólo son lo que son como miembros del único cuerpo, como comunidad que sirve en la unidad. Sólo basándose en la unidad de la Iglesia es cada individuo lo que es y es la Iglesia lo que es, igual que la Iglesia sólo es lo que es basándose en Cristo y su cuerpo. Aquí aparece claramente la misión del Espíritu santo. Él es quien trae hasta Cristo al individuo (Ef. 3,17; 1 Cor. 12,3). Al reunir a los individuos construye la Iglesia, cuyo edificio, sin embargo, está plenamente acabado en Cristo (Ef. 2,22; 4, 12; Col. 2, 2). Crea la comunión (2 Cor. 13,13) de los miembros del cuerpo (Rom. 15,30; 5,5; Col. 1,8; Ef. 4,3). El Señor es el Espíritu (2 Cor. 3,17). La Iglesia de Cristo es Cristo presente en el Espíritu santo. La vida del cuerpo de Cristo se ha convertido así en nuestra vida.

En Cristo no vivimos ya nuestra vida, sino que Cristo vive su vida en nosotros. La vida de los fieles en la comunidad es realmente la vida de Jesucristo en ellos (Ga1. 2, 20; Rom. 8,10; 2 Cor. 13,5; 1 Jn. 4,15). En la comunión del cuerpo crucificado y glorificado de Jesucristo tomamos parte en el sufrimiento y la glorificación del Señor. La cruz de Cristo se extiende sobre el cuerpo de la Iglesia. Lo que ella sufre bajo esta cruz es sufrimiento de Cristo. Ante todo, es el hecho de sufrir la muerte de cruz en el bautismo; luego, la «muerte cotidiana» del cristiano (1 Cor. 15,31) en virtud de su bautismo. Pero es un sufrimiento de indecibles promesas: sólo el sufrimiento propio de Cristo posee un poder reconciliador, él sufrió «por nosotros», triunfó «por nosotros», pero en el poder de su sufrimiento da a los que no se avergüenzan de la comunión de su cuerpo la gracia inconmensurable de poder ahora sufrir por él.

No podía conceder a los suyos mayor gloria, no puede haber para el cristiano dignidad más incomprensible que la posibilidad de sufrir «por Cristo». Lo que la ley rechaza con todas sus fuerzas se hace verdad aquí. Según la ley, sólo podemos sufrir el castigo por nuestros propios pecados. Si un hombre no tiene la posibilidad de hacer o sufrir algo en provecho propio, ¡cuánto menos en provecho de otro, cuánto menos en provecho de Cristo!

El cuerpo de Cristo, entregado por nosotros, que sufrió el castigo por nuestros pecados, nos hace libres para morir y sufrir «por Cristo». En adelante es posible trabajar y sufrir por Cristo, en bien de aquel que lo hizo todo por nuestro bien. Este es el milagro y la gracia en la comunión del cuerpo de Cristo (Flp. 1,25; 2,17; Rom. 8,35s; 1 Cor. 4,10; 2 Cor. 4,10; 5,20; 13,9). Aunque Jesús haya cumplido todo el sufrimiento vicario y reconciliador, sus sufrimientos en la tierra no han terminado aún. Por su gracia, ha dejado a su Iglesia para este último tiempo hasta su vuelta un resto de sufrimientos que debe ser cumplido todavía (Col. 1,24). Este sufrimiento repercutirá en bien del cuerpo de Cristo, la Iglesia.

No estamos seguros de poder pensar que este sufrimiento de los cristianos tenga también un poder de destruir el pecado (cf. 1 Pe. 4,1). Pero sí es claro que el que sufre en virtud del cuerpo de Cristo sufre de forma vicaria «por» la Iglesia, por el cuerpo de Cristo, y que tiene derecho a llevar lo que se ahorra a otros. Llevamos siempre en nuestros cuerpos por todas partes el morir de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Pues, aunque vivimos, nos vemos continuamente entregados a la muerte por causa de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. De modo que la muerte actúa en nosotros, mas en vosotros la vida (2 Cor. 4,10-12; cf. 1,5-7; 13,9; Flp. 2,17).

Al cuerpo de Cristo se le prescribe una cierta medida de sufrimiento. Dios concede a uno la gracia de llevar un sufrimiento particular en lugar de otro hermano. El sufrimiento debe ser cumplido, llevado y vencido. Dichoso aquel a quien Dios concede el honor de sufrir por el cuerpo de Cristo. Tal sufrimiento es una alegría (Col. 1,24; Flp. 2,17). En medio de dicho sufrimiento, el creyente puede gloriarse de llevar la muerte de Jesucristo, de llevar en su cuerpo los estigmas de Cristo (2 Cor. 4,10; Ga1. 6,17). Ahora, el creyente puede contribuir a que «Cristo sea glorificado en mi cuerpo, por mi vida o por mi muerte» (Flp. 1,20). Tal acción y sufrimiento vicarios de los miembros del cuerpo de Cristo constituyen en sí la vida de Cristo, que quiere configurarse en sus miembros (Gal. 4,19).

En todo esto nos hallamos en la comunión de los primeros discípulos y seguidores de Jesús. El final de esta meditación consistirá ahora en que volvamos a encontrar en la totalidad de la Escritura el testimonio del cuerpo de Cristo. Aquí se observa que la gran profecía veterotestamentaria del templo de Dios encuentra su cumplimiento en el cuerpo de Cristo. La noción de cuerpo de Cristo no hay que entenderla en conexión con el uso helenístico de esta imagen, sino a partir de la profecía veterotestamentaria del templo. David quiere construir un templo a Dios.

Interroga al profeta. Este transmite a David la palabra de Dios sobre su proyecto: «¿Me vas a edificar tú una casa para que yo habite? …Yahvé te anuncia que Yahvé te edificará una casa» (2 Sm. 7, 5-11). El templo de Dios sólo puede ser edificado por Dios mismo. Al mismo tiempo, y en términos extrañamente contradictorios con lo que se ha dicho anteriormente, David recibe la promesa de que un descendiente suyo edificará una casa a Dios y que su reino durará eternamente (v. 12-13). «Yo seré para él padre y él será para mí hijo» (v. 14). Salomón, el «hijo de la paz» de Dios con la casa de David, se atribuyó esta promesa. Construyó el templo y fue confirmado en esto por Dios. Sin embargo, la profecía no se cumplió en aquel templo, porque estaba construido por manos humanas y destinado a la destrucción. La profecía siguió incumplida. El pueblo de Israel continúa esperando el templo que debía ser edificado por el Hijo de David, cuyo reino permanecería para siempre. El templo de Jerusalén fue destruido numerosas veces, signo de que no era el templo prometido. ¿Dónde se encontraba el templo verdadero? Cristo mismo nos lo dice al aplicar a su cuerpo la profecía del templo: Los judíos le contestaron: Cuarenta y seis años se ha tardado en construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días? Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Cuando resucitó de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que era eso lo que quiso decir, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús (Jn. 2, 20s).

El templo que espera Israel es el cuerpo de Cristo. El templo veterotestamentario no es más que la sombra de su cuerpo (Col. 2,17; Heb. 10,1; 8,5). Jesús se refiere a su cuerpo humano. Sabe que el templo de su cuerpo también será destruido, pero resucitará, y el templo nuevo, el templo eterno, será su cuerpo resucitado, glorificado. Esta es la casa que Dios mismo edifica a su Hijo y que, sin embargo, también el Hijo construye a su Padre. En esta casa habita Dios realmente y, con él, la nueva humanidad, la Iglesia de Cristo. Cristo encarnado es el templo del cumplimiento. Esto corresponde a lo que dice el Apocalipsis de la nueva Jerusalén, a saber, que en ella no hay templo «porque el Señor Dios omnipotente y el Cordero es su templo» (Ap. 21, 22).

El templo es el lugar de la presencia y de la habitación de Dios entre los hombres. Al mismo tiempo, es el lugar en que la Iglesia es aceptada por Dios. Ambas cosas sólo se han hecho verdaderas en Jesucristo encarnado. La presencia de Dios es aquí verdadera y corporal. La humanidad es aquí verdadera y corporal, porque él la ha adoptado en su propio cuerpo. El cuerpo de Cristo es el lugar de la adopción, de la reconciliación y de la paz entre Dios y los hombres. Dios encuentra al hombre en el cuerpo de Cristo y el hombre, en el cuerpo de Cristo, se halla adoptado por Dios. El cuerpo de Cristo es el templo espiritual construido de piedras vivas (l Pe. 2,5s). Sólo Cristo es el fundamento y la piedra angular de este templo (Ef. 2,20: 1 Cor. 3,11); simultáneamente, él mismo es el templo en el que habita el Espíritu santo, en el que llena y santifica los corazones de los fieles (1 Cor. 3,16; 6,9). El templo de Dios es la Iglesia santa de Jesucristo. El cuerpo de Cristo es el templo vivo de Dios y de la nueva humanidad.

NOTAS AL PIE DE PÁGINA:

[15]. También Ef. 3, 6 abarca todo el don salvífico: palabra, bautismo, santa cena.

[16]. En la imagen evocada se halla, en cierto modo, la representación espacial de una morada, de un vestido. Quizás también puede interpretarse en este contexto 2 Cor. 5,1s. Aquí aparece en conexión con lo celeste. Sin este vestido, el hombre está desnudo, y debe temer ante Dios. No está cubierto y desea estarlo. Lo que consigue cuando es vestido con la cubierta celeste. El «vestirse» de la Iglesia en este mundo, ¿no tendrá su correspondencia en un vestir la Iglesia celestial, que es lo que Pablo desea? Tanto aquí como allí se trata de la Iglesia una, con la que somos revestidos, el tabernáculo de Dios, el ámbito de la presencia y la protección de Dios; tanto aquí como allí es el cuerpo de Cristo el que nos cubre.

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Poema sobre la Esperanza

Ayer, en un hermoso culto en el templo Nuevo Pacto de la IMMAR, en Playas de Tijuana, B. C., despedimos el cuerpo (mientras nos volvemos a reunir en la primera resurrección) de un amado consiervo de más de 40 años, Jorge Villarreal Camacho, y esta es la poesía que compuse y declamé:

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Jesús de nada sirve

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La controversia por causa de la verdad es un mandamiento divino
– Walter Martin

Durante siglos la historia ha sido testigo mudo de los variados errores doctrinales y lisonjas teológicas que han degenerado en muchas mentiras e inexactitudes que han llegado a ser institucionalizadas dentro de la Cristiandad. Es hora de develarlas por lo que son y desnudar su maléfico corazón.

No obstante, los esfuerzos de muchos héroes de la fe desde la época de la iglesia apostólica hasta nuestros días postmodernos, demuestran sin duda alguna que en la historia del cristianismo aparecen en especial dos de estas lisonjas y errores teológicos, como los más añejos y los más peligrosos contra los cuales la Iglesia se ha enfrentado arduamente.

La Presentación

La primera es aseverar que la persona es salva mediante obras, es decir, que se puede conseguir la salvación a través de la realización de buenas obras. Buenas obras entendidas como el fruto del esfuerzo humano para ganarse la gracia divina.

La segunda se refiere a un mito que muchos han reforzado y reproducido por siglos. Asegurar que todos somos hijos de Dios, es decir que todos inherentemente somos, a pesar de nuestra naturaleza frágil, caída y pecaminosa parte de la familia de Dios per se.

Estas dos aseveraciones son dos tergiversaciones del texto bíblico, que provocan un claro y consistente alejamiento del hombre de Dios mismo, al permitirle confiar en sus propios esfuerzos para obtener su propia redención. Como lo diría el erudito y presidente del Christian Research Institute Hank Hanegraaff “estas aseveraciones son fatalmente defectuosas’’.

Al contrario de lo expuesto en estas aseveraciones, la Biblia enseña y demuestra la total y completa necesidad del hombre por un salvador, y muestra indudablemente la ineficacia de los esfuerzos humanos por reconstruir su relación con Dios. Sencillamente, las Escrituras declaran a los esfuerzos del hombre como “trapos de inmundicia” dada su futilidad para obtener o adquirir justificación y redención por sí mismos.

Por lo tanto, amable lector, le voy a presentar y a exponer las particularidades de estas dos mentiras, estas dos mentiras que lo único que hacen es lograr que Jesús de nada sirva. Examinémoslas con cuidado y suma atención.

I. Salvación por Obras

Muchas personas hoy en día y a través de la historia han creído que una manera de acercarse a Dios es a través del servicio a los demás. Muchas corporaciones en la actualidad poseen fundaciones dedicadas a brindar alivio a uno o varios grupos vulnerables de la sociedad. Muchas otras personas lo hacen desde una perspectiva mucho más personal y directa, mediante su involucramiento en particular en lugares o asociaciones que realizan una labor social dirigida al grupo vulnerable por el que la persona siente cierta especial afinidad.

Las razones y motivaciones que guian a estas personas a unirse y dar su tiempo, esfuerzo y dinero, son tan diversas como diversas son las necesidades y los problemas de la sociedad de la que es parte.

Para muchos el ofrecerse en auxilio a otras personas, de manera personal, directa y comprometida, les provee de un sentimiento de paz, tranquilidad mental y moral y de una noción de cumplimiento de un tipo de deber o de haber saldado una deuda. Si bien, para unos estos esfuerzos representan una muestra honesta y verdadera de ayuda al prójimo, porque así lo desean, para otros estas actividades son realizadas por ideas mezquinas y egoístas, que sólo sirven al ego de quien las realiza, es decir lo hacen por lucir ante la sociedad o para obtener un tipo de reconocimiento público. Aunque si bien es cierto que el esfuerzo llevado a cabo -de corazón- para ayudar a su prójimo es siempre loable, también es más cierto que la Biblia nunca menciona que el hombre tiene la capacidad de salvarse, véase Romanos 3:23, donde el apóstol explica que “…por cuanto todos pecaron, están destituidos de la gloria de Dios.” (Énfasis añadido).

El mismo Jesús aclaro que Él es el camino, la verdad y la vida, y que nadie va al Padre si no es por Él. Esta es la base del sacrificio de Cristo. Jesucristo vino a este mundo para obtener redención para el género humano, fungiendo Él como el sacrificio perfecto en la cruz ante el Padre. El sacrificio de Cristo es voluntario, vicario, suficiente, expiatorio y único. Es voluntario porque decidió dar su vida para que la humanidad tuviera otra vez comunión y comunicación directa con Dios. Es vicario porque simple y sencillamente Jesucristo tomó el lugar del pecador, se humilló a sí mismo, para que Dios lo hiciera pecado….por amor a nosotros. Es suficiente porque Cristo cumplió con todos los requisitos que la Ley Mosaica exigía para la presentación del sacrificio. Es expiatorio porque siendo Jesucristo “…el cordero de Dios que quita el pecado del mundo” según lo expone el apóstol Juan en su relato del Evangelio, Dios lo dio para que todo aquel que en él crea obtenga vida eternal. Es único porque es irrepetible y perfecto, ya no se necesitan más sacrificios, ni de Cristo mismo ni de cualquiera de los hombres.

Todo esto es visto desde una perspectiva teológica basada en la tradición judeo-cristiana. Ahora, desde una perspectiva histórica, el sacrificio de Cristo fue tan brutal que la realidad de su pasión excede la comprensión humana. Resulta incomprensible cómo es que muchos no valoran esta realidad al intentar cubrir su propia culpa con actividades filantrópicas. Todo lo que hagan o logren no tiene comparación con lo que Cristo hizo y por ende logró en el Gólgota.

Para muchos es muy difícil comprender los alcances de la Gracia, pero, eso es lo bueno, porque el justo por la fe vivirá. Cristo ya lo logró por nosotros. Él es el héroe de la humanidad. Él fue en la cruz… gracia encarnada. El único que quita culpas, cura vidas, limpia corazones y enmienda caminos es JESÚS. El medio de la justificación para los pecadores, es totalmente por fe en Cristo.

Después de la redención, después de que la persona es hecha nueva criatura a través de la salvación, es cuando el creyente producirá buenas obras como espejo de su fe y en respuesta al amor que Cristo le ha ofrecido y ha vertido en su corazón. Es entonces mediante estas obras que el hombre da testimonio del fruto del Espíritu y de la novedad de vida obtenida solo en Cristo Jesús. De este modo, y en esta luz, es que ha de entenderse apropiadamente el contexto de Santiago 2:17 que menciona que la fe sin obras es muerta, es decir, el fruto de las acciones de un corazón redimido.

La Disciplina de la Iglesia Metodista de México en su Artículo de Religión X “De Las Buenas Obras” indica: “Las buenas obras son fruto de la fe y siguen a la justificación, pero no pueden librarnos de nuestros pecados ni pueden soportar la severidad de los juicios de Dios. Sin embargo, ellas son agradables y aceptas delante de Dios por medio de Cristo, y nacen de una fe viva tan evidentemente como se conoce el árbol por su fruto.

Y en su Artículo XI “De las Obras de Supererogación”, indica lo siguiente: “No se puede enseñar la doctrina relativa a las obras voluntarias llamadas de supererogación (acciones ejecutadas sobre o además de los términos de los mandamientos de Dios) sin incurrir en arrogancia e impiedad. Pues, según ella, los hombres manifiestan no solo que dan a Dios todo lo que están obligados a darle, sino que por amor a él hacen más de lo que en rigor les exige el deber; siendo así que Cristo dice explícitamente : ‘’Cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado, decid: siervos inútiles somos… ’’

II. Todos somos Hijos de Dios

Esta es una pseudo verdad bastante cómoda, y como pseudo verdad no es más que una mentira disfrazada de verdad.
Esta falacia estriba en hacer creer a la persona que todos los seres humanos somos por el mero hecho de ser parte de la raza humana, y haber nacido en este planeta, hijos de Dios, crean o no en su existencia. Esta idea contradice muchas verdades bíblicas, así como muchas doctrinas básicas del cristianismo bíblico. La base de esta idea estriba en propagar la noción de que Dios es tan bueno que no puede separarse de su creación y por lo tanto ignorando las doctrinas y principios bíblicos sobre la creación humana, el pecado, la redención, la sustitución, la justificación y la adopción, Él mira al ser humano por encima de lo que la Biblia dice, es decir, de lo que Dios dijo, y le concede la posición de hijo sin más requisitos que el ser creación suya.

El lado más dañino de este concepto es que hace que ni la Biblia ni sus doctrinas son importantes ni necesarias. Se basa en un crudo e ignorante sentimentalismo que deja al que lo escucha atolondrado por sus vacuas razones, que apartadas de todo basamento bíblico no engendran más que perdición, desesperación, pecado, culpa, alejamiento y un desconocimiento de toda verdad bíblica de titánicas proporciones. Cuando se les presenta la verdad bíblica, a veces, es muy pesado que la entiendan.

El aseverar como una realidad irrefutable que todos somos hijos de Dios, es sugerir que Dios es inconsecuente, mentiroso, e incongruente consigo mismo.

Si todos somos hijos de Dios, se rompe con la doctrina del pecado y a todos nos absuelve de culpa alguna y peor aun hace innecesaria la novedad de vida en Cristo. Esto haría fútil el sacrificio de Cristo. Romanos 3:23 indica claramente que: “Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios”. Si bien el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios en su aspecto moral, es el pecado, esa propensión innata a realizar lo malo, lo inadecuado, lo indebido, lo que la Biblia claramente señala como prohibido lo que lo aleja de Dios. De este modo se crea una barrera entre Dios y el hombre, un Dios Santo no puede convivir con el pecado del mismo modo que zapatos enlodados no pueden entrar en un ambiente limpio y carente de mancha alguna.

La realidad del pecado es que el hombre per se está más inclinado al mal que al bien y esta es una condición que no puede evitarse y como una enfermedad, necesita una solución. Si todos somos hijos de Dios el sacrificio en la cruz es inútil, innecesario y una locura total. ¿Para qué se necesitaría a un salvador? ¿Para salvarnos de qué?

Jesucristo vino para traernos redención, esa oportunidad de perdonarnos de nuestras fallas y maldades, siendo nuestra sustitución en la cruz, proveyendo de ese único modo justificación de nuestra naturaleza caída ante Dios, habiendo sido limpiados por su sangre. Juan 1:12 y 3:16 nos indican a gritos que a los que creyeron en Él les dio potestad de ser hechos hijos de Dios, y que a eso vino al mundo, a reconciliarnos con Dios, siendo ese camino reconciliatorio, diciendo “…yo soy el camino, la verdad y la vida, nadie viene al Padre si no es por mí”.

Creer en Cristo logra que seamos hijos del Padre. Somos llamados hijos de Dios por su amor hacia nosotros tras nuestra aceptación de la salvación obtenida por Cristo en el Calvario. Adopción, del griego huiothesia, significa ubicación como hijo, no denota relación, sino posición. Todos los cristianos obtienen la posición de hijos y el derecho de ser llamados hijos en el momento en que el Espíritu confirma esta realidad plenamente.

La idea de que todos somos hijos de Dios evita una historia de redención y niega una experiencia de salvación para el hombre. En Gálatas el apóstol señala que Dios envió a Cristo a fin de que fuésemos adoptados por Dios y hechos coherederos con Cristo. El mismo apóstol señala a la iglesia en Roma que el Espíritu da testimonio al nuestro de que somos hijos de Dios, y que hemos sido justificados gratuitamente por su gracia, esperando la adopción, es decir, nuestra ubicación como hijos de Dios. La verdad divina en las Escrituras expresa que fuimos adoptados por medio de Cristo, que por su sangre tenemos el perdón de pecados, o sea la redención.

Nosotros sólo somos considerados hijos de Dios en virtud de la relación que Cristo tiene para con nosotros como salvador.

La Iglesia Metodista en su Artículo de Religión IX ‘’De la Justificación del Hombre’’ nos dice: “…somos tenidos por justos delante de Dios solo por los meritos de nuestro Señor y Salvador Jesucristo mediante la fe, y no por nuestras propias obras o por nuestro merecimiento. Por lo cual la doctrina de que somos justificados solamente por la fe es saludable en grado sumo y conforta en gran manera.

Así concluimos este artículo, con una clara y contundente exposición de dos falacias que deben ser detenidas. Estas dos falacias deben ser sustituidas por la verdad bíblica. Logrando esto, evitaremos que Su nombre sea vituperado y que la práctica de estas falacias sigan gritando que Jesús de nada sirve.

daniel_mendoza

¿Sabías qué…?

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Esta interesante sección fue por años el paciente trabajo del Pastor Gamaliel Hernández Loera quien, amigablemente, colaboró con nuestro periódico de manera totalmente desinteresada. Nos ha informado que su estado de salud ya no le permite sobrecargarse de compromisos, por lo que dejará de seguir preparando más preguntas de la Biblia, libro por libro. Por lo anterior, las siguientes preguntas que nos envió serán las últimas. Le deseamos, en unión de su esposa y familia, que gocen de la asistencia del Señor y que su rica misericordia les llene. Gracias, Hno. Gamaliel.

barra641.- Que Israel fue conquistada por Asiria, y fue llevada cautiva a diferentes lugares, y gentes de diversos lugares llevadas para poblar el territorio, pero como no sabían honrar a Dios, Dios les mandó leones que los mataban. II Reyes 17:25.

642.- Que desde que se dividió el reino, y por unos 200 años no hubo otro rey mejor en Judá que el rey Ezequías. II Reyes 18:1-5.

643.- Que un ángel enviado por Dios libertó de un sitio a Jerusalén, matando en una noche a 185,000 soldados asirios. II Reyes 19:35.

644.- Que el rey Ezequías enfermó de muerte de una llaga, y el profeta Isaías ordenó ponerle en la llaga una masa de higos y sanó.
II Reyes 20:7.

645.- Que Manasés, el hijo del mejor de los reyes de Judá, fue el peor de los reyes. Principió a reinar a los 12 años y reinó 55.
II Reyes 21:1-6.

646.- Que 5 varones religiosos fueron a buscar palabra de Jehová con una mujer profetisa llamada Hulda, y la encontraron. II Reyes 22:14-15.

647.- Que los altares a los ídolos paganos que construyó Salomón frente a Jerusalén, duraron allí por más de 200 años, hasta que el rey Josías, muy temeroso de Dios, los destruyó. II Reyes 23:13.

648.- Que los utensilios de oro que había hecho Salomón para la casa de Jehová, se los llevó Nabucodonosor, a Babilonia. Estos utensilios y tesoros estuvieron en Jerusalén por unos 300 años. II Reyes 24:13.

649.- Que por orden de Nabucodonosor, al rey Sedequías de Judá, y por haberse rebelado en contra de él, le sacaron los ojos. II Reyes 25:7.

650.- Que hubo otro rey de nombre Saúl, de la descendencia de Esaú, y su ciudad se llamó Rehobot, que estuvo junto al Éufrates. I Crónicas 1:48. Esto es en el país de los edomitas.

651.- Que hubo un varón, descendiente de Caleb, quien se llamó Belén, y que es posible que de él tomó el nombre la ciudad. I Cr. 2:51.

652.- Que la Biblia menciona a 19 hijos de David, por nombre, y a una hija, pero aclara que hubo más hijos de sus concubinas. I Crónicas 3:1-9.

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Los masones

MASONES

Según Eddy D. Field III y Eddy D. Field II (quien fue masón grado 32, caballero Templario y un Shriner), la Francmasonería es una hermandad que aboga por el desarrollo de la virtud y el carácter de sus miembros. En otras palabras es humanista (considera que el bien supremo es la razón y mente humanas). Por tanto, a la luz de la Biblia, es imposible que se justifique ser masón.

Esto, a pesar de que oficialmente una religión (denominación) cristiana dice que es posible ser cristiano y masón, “en su esfuerzo por avanzar hacia el cumplimiento de su misión como principal defensor mundial de la hermandad del hombre bajo la paternidad de Dios” (A Study of Freemasonry. Atlanta: Home Mission Board of the Southern Baptist Convention, 1993; The Scottish Rite Journal, August 1993).

El origen de la masonería no es claro. Por lo que nos hay necesidad de especular. Hutchinson dijo que Jesucristo fue sólo un ejemplo del maestro masón, y que representa a un hombre bajo la doctrina cristiana salvado de la tumba de la iniquidad y resucitado a la fe de la salvación, quien lleva el emblema de la Santa Trinidad como insignia de nuestros votos y origen. Pero para los cristianos, Jesucristo (uno con el Padre y el Espíritu Santo) es el verdadero Dios y la vida eterna. La Biblia dice: Este Jesús es la piedra reprobada por ustedes los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo. Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos. Hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo hombre. El que en Él cree, es salvo.

Un ex-masón, William Schnoebelen, autor de “La Masonería: Más Allá de la Luz”, cita a dos masones de niveles altos, y reconocidos como portavoces oficiales de la masonería: Albert Pike y Albert Mackey. Pike dice, «Cada Logia es un templo de religión, y sus enseñanzas son instrucciones de religión”. Mackey elimina toda duda para el creyente de la Biblia: «la religión de la Masonería Libre no es el cristianismo».

Manly P. Hall, quien fue masón grado 33, fue uno de los primeros autores en denunciar el origen pagano de la masonería, al afirmar que es una expresión universal de la sabiduría divina. «La orden masónica más que una organización social, está compuesta por todos los que se han agrupado para aprender y aplicar los principios de su misticismo y ritos ocultistas.»

Según Albert Pike (erudito masónico), “es la religión original, universal, eterna e inmutable, tal y como la plantó Dios en el corazón de la humanidad.” La masonería dice: “Hasta el momento está entretejida con la religión como para ponernos en la obligación de pagar ese homenaje racional a la divinidad que a la vez constituye nuestro deber y nuestra felicidad.”

El teólogo Walter Hanna, escribió: Los secretos de los masones son triviales, y el simbolismo francamente esotérico: La geometría, astronomía, arquitectura y las herramientas de trabajo del masón operativo, pueden considerarse complementarios (pero no sustitutivas), a la creencia del cristiano evangélico. Sin embargo, un análisis serio de las enseñanzas de la masonería demuestra que son formalmente heréticas.

Desde la década de 1920, una gran cantidad de libros que comenzaron a aparecer afirmaban los orígenes paganos de los masones (también llamados el Oficio, la Hermandad, la Orden, la Orden Fraternal, la Logia, etc.), comprobando que la masonería niega las enseñanzas fundamentales de la Biblia y el cristianismo (1. Jesucristo es Dios. 2. La Biblia es infalible y autoridad final. 3. La Salvación es sólo por Gracia. 4. Hay Cielo y hay infierno.). Se considera que Pike, una vez que la mayoría cristiana dejó el Oficio, fue quien lo rediseñó de una forma que apoyara su perspectiva pagana.

Es requisito para ser masón creer en una deidad (Krishna, Buda, Alá, o el dios de cualquier religión teísta. Esto es universalismo). Se instruye a cada masón, a que independientemente de su religión, se incline ante la letra G (símbolo de la Gnosis o conocimiento universal, o símbolo de cualquier dios), y a jurar lealtad permanente a la masonería, bajo pena de castigos, si la traiciona.

Dios dice: “Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. No tendrás dioses ajenos delante de mí, ni te inclinarás ante ellos”. “Sólo a Jehová tu Dios adorarás, servirás y amarás con todo tu corazón, mente, alma y fuerzas”. Josué dijo lo que todo cristiano debe decir: “Escojan hoy a quién servirán; pero yo y mi casa serviremos a Jehová”, el único Dios verdadero de la Biblia.

El dios masónico no es trino, ni personal, y es inalcanzable. Todo lo incluye y todo lo abarca (panteísmo). Pike afirma que la masonería es la unificadora de todas las religiones, y que «el cristiano, hebreo, musulmán, brahmán, y seguidores de Confucio y Zoroastro, pueden reunirse como hermanos, en oración al único dios que está por encima de todos los baales.»

La Biblia enseña sin ambigüedades que Jesucristo es uno con el Padre y el Espíritu Santo; y que todos los demás dioses son ídolos mudos, sordos, inánimes e incapaces. Que hay un solo Dios y Salvador (Jesucristo). Que el que cree en Él, y le acepta, recibe y confiesa como su Gran Dios y Salvador, es salvo, y que el que no cree en Jesucristo, está condenado.

Las sectas se caracterizan porque 1. No respetan a la Biblia como su única y final autoridad en asuntos de fe y doctrina; 2. Afirman que sólo ellos son los verdaderos intérpretes de la verdad. 2. Que sólo los miembros de su organización pueden ser salvos. Pike dice que sólo los masones son hijos de la luz, y que Lucifer (satán), es el portador de la luz, y (al igual que las sectas), dice que todos los que no son masones, están en tinieblas. Pero Jesucristo dice: “YO SOY la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”.

Los masones no aceptan la doctrina de que por herencia adámica (por naturaleza), todos los humanos nacen esclavos del pecado, de la concupiscencia (apetito innato para hacer el mal), sentenciados a la muerte física y condenación eterna, e incapaces por sus propios esfuerzos de mejorarse progresivamente hasta lograr su salvación. Pero la Biblia dice: Todos éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. Que no hay bueno ni justo ni aún uno. En pecado me concibió mi madre; y por cuanto todos pecamos, estamos por naturaleza, destituidos de la gloria de Dios.

La Logia enseña que todo masón debe aprender y obedecer sus enseñanzas, incluyendo su doctrina de la salvación. El iniciado, debe participar en tres ceremonias secretas de iniciación, llamadas “grados,” para llegar a ser un masón maestro, cuyo deber y honor le atan para ser fiel, y obligatoriamente ejercer obediencia constante a los principios de la masonería.

Los principios esenciales de la masonería son contrarios a los del cristianismo. La soteriología (doctrina de la salvación), de la masonería es francamente antibíblica, como varias de sus enseñanzas lo indican: Las enseñanzas del delantal de piel de cordero, el cómo prepararse para el cielo, la sillería perfecta, el martillo o mazo común, y cómo vivir una vida digna.

Dice: A quien usa (el delantal), la piel de cordero, como la insignia de un masón, se le recuerda continuamente, la pureza de vida y conducta, esencialmente necesaria para obtener su admisión en la logia celestial de arriba, donde el supremo arquitecto del universo preside. Esto es claramente, salvación por méritos propios, y contrario a la doctrina de la salvación por gracia. Dice que para prepararse para el cielo (y acoger la muerte como un mensajero que lleva a la logia celestial, donde el gran maestro supremo del universo preside), debemos imitar, por ejemplo, del maestro Hiram Abiff, su carácter verdaderamente sublime y ejemplar, su piedad sincera hacia Dios y su fidelidad inflexible a su confianza. Esto tampoco es salvación por gracia.

La Biblia enseña que por gracia somos salvos por medio de la fe; y esto no de nosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe; Él nos ha salvado no según nuestras obras, sino según su propósito y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús desde la eternidad. Él abolió la muerte y sacó a la luz la vida y la inmortalidad por medio del evangelio.
En el simbolismo de la sillería, dice que inicialmente esta es una piedra áspera, que por las manos e instrumentos (mazo) del obrero masón (incluyendo una educación virtuosa, nuestros propios esfuerzos, y la bendición de dios), es transformada en la sillería perfecta, que podrá embonar para ser parte del templo espiritual y celestial. Pero la Biblia enseña que nadie puede perfeccionarse a sí mismo. Jesucristo hizo la siguiente pregunta retórica: ¿Y quién de ustedes podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo?

La Biblia dice: “Acérquense a Él, piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa, y ustedes también, como piedras vivas, sean edificados como casa espiritual (templo del Espíritu Santo) y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios (ofrendas) espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo”.

En cuanto al mazo o martillo común, dicen que es simbólicamente un instrumento que los masones usan con el propósito más noble y glorioso de desposeer nuestros corazones y conciencias de todos los vicios y lo superfluo de la vida, para ir ajustando nuestras mentes como piedras vivas de ese edificio espiritual, esa casa hecha de manos, eterna en el cielo.

Sobre la vida digna agrega: “En la juventud, como aprendices participantes, debemos diligentemente ocupar nuestras mentes en los logros de conocimientos útiles. En la edad adulta, como miembro artesano, debemos aplicar nuestros conocimientos para el desempeño de nuestras funciones a favor de dios, del prójimo y de nosotros mismos.” (Esto es humanismo).

“Para que así, ya maduros, como maestros masones, podamos disfrutar de la reflexión feliz, consecuencia de una vida bien vivida, y morir en la esperanza de una gloriosa inmortalidad.” Esto indica que la esperanza del masón de la vida eterna, depende de haber vivido una vida digna, y no de la suficiencia de la fe en que Cristo pagó por todos los pecados.

Por supuesto que ésta no es la sana doctrina sobre la salvación por gracia. Dios dice que quiso dar a conocer las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles: “Que es Cristo en nosotros la esperanza de gloria, a quien anunciamos, amonestando y enseñando a todo humano, en toda sabiduría, a fin de presentar perfecto en Cristo Jesús a todo humano”.

Todos hemos admirado durante toda nuestra vida la labor extraordinaria, sacrificial y ejemplar de masones como los Shriner; pero eso no los hace cristianos, ni salvos, ni hermanos en la fe. Pablo bajo inspiración del Espíritu santo escribió: “Y si entendiera todos los misterios y toda ciencia, y si repartiera todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregara mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor (o sea al único Dios verdadero de la Biblia que es amor), de nada me sirve”.

La Biblia dice que si nosotros, o un ángel del cielo, les anuncia o predica un evangelio (soteriología), diferente al bíblico, sea anatema (maldito). La advertencia es: “No se unan en yugo desigual con los incrédulos. Porque ¿qué comunión hay entre la luz y las tinieblas? ¡Salgan de en medio de ellos y apártense! Y Yo seré para ustedes por Padre, dice el Todopoderoso”. AMEN.

Bibliografía

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