JOSÉ HUTTER
La manera en la que hacemos nuestro trabajo es la piedra de toque de nuestra cosmovisión eterna.
Yo nací en Ulm, en el sur de Alemania. Pocas personas conocen esta ciudad, donde está ubicada la mayor catedral evangélica del mundo que además ostenta otro récord: su torre se eleva hasta una altura de 161,5 metros, convirtiéndola en la torre de iglesia más alta del planeta. Mantendrá esta marca hasta que se termine finalmente la Sagrada Familia de Barcelona, que previsiblemente ocurrirá para el año 2026, superando a la vieja catedral gótica de Ulm por nada menos que 11 metros. Perderá su estatus de torre de iglesia más alta, pero seguirá siendo la mayor catedral evangélica.
Pocos saben que las obras de la catedral de Ulm, el Münster, se alargaron durante 513 años. Cuando se puso la primera piedra corría el año 1377. Eran los tiempos de John Wycliffe y de Muhammed V de Granada, que en aquel año hizo construir el Patio de los Leones en la Alhambra. Y cuando se terminó la catedral había pasado más de medio milenio. Era el año en el que Bismarck acababa de dimitir como canciller de Alemania y Cuba estaba a punto de comenzar su camino hacia la independencia.
Los constructores originales del edificio seguramente no pensaron que el fin de la obra iba a tardar tanto tiempo. Pero de lo que no tenían ninguna duda era de que no iban a vivir la inauguración del edificio terminado. Y esto no solamente es verdad en cuanto al Münster, sino a la totalidad de las grandes catedrales del mundo. Se construyeron para el futuro, para siglos venideros, como monumentos de un tiempo cuando la gente miraba más allá de la perspectiva de sus propias vidas. Son los últimos testigos de una época donde Europa -con todos sus errores y guerras fratricidas inútiles – se entendía como un continente cristiano.
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