
EDITORIAL
Miremos alto, elevémonos
En mayo de 1889 se reunieron tres asociaciones de jóvenes de la Iglesia Metodista Episcopal en Cleveland, OH, EUA: la Alianza Metodista, la Liga Oxford y la Liga Cristiana de Jóvenes. El objetivo era constituirse en un solo cuerpo organizativo que animara a la juventud entre 18 y 35 años a cultivar su carácter centrado en Cristo, a través de las misiones y comunidades metodistas alrededor del mundo, promoviendo su crecimiento espiritual. Adoptaron como lema: “Look Up, Lift Up” (“Mira alto, elévate”). Al decidir el nombre de la nueva organización, en la asamblea del 15 de mayo y según los anecdotarios de la época, alguno de los delegados al referirse al himnario “Epworth” que se usaba en la Liga Oxford, equivocó el nombre y mencionó al “himnario Oxford de la Liga Epworth”, denominación que gustó a aquellos 27 delegados que oficializaron la creación, ese día 15 de mayo de 1889, de las Ligas Epworth para Jóvenes de la Iglesia Metodista Episcopal. Ese día nacieron las Ligas de Jóvenes, hace 131 años.
Con el empuje propio de la juventud y entendiendo la importancia de trabajar con las nuevas generaciones, esta organización alcanzó 1.75 millones de miembros “epworthianos” (como se hacían llamar) en la siguiente década a lo largo y ancho del mundo. En nuestro país, a raíz de las recomendaciones del Congreso Evangélico Hispano Americano de La Habana, Cuba, en 1929, esta organización se transformó en lo que hoy conocemos como la Liga Metodista de Jóvenes e Intermedios de la Iglesia Metodista de México.
También, en mayo, los metodistas recordamos aquel 24 de mayo de 1738, en el que John Wesley sintió arder su corazón “de una forma extraña”, sintiendo la seguridad del perdón de los pecados y la salvación por la Gracia de nuestro Señor Jesucristo. Históricamente, consideramos esta fecha como el nacimiento del movimiento metodista. Recordando este acontecimiento, en esta edición El Evangelista Mexicano explora la otra experiencia fundadora del metodismo: aquel día en que Wesley se atrevió a más, a romper los formalismos, a “ser más vil”, a embarrarse las botas en los caminos junto a los más “pequeños”. La otra experiencia fundadora, en la que entendió que el metodismo debía convertirse en un movimiento por y entre los rechazados. A romper los esquemas “tradicionales” para buscar a aquellos que se encontraban en necesidad.
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