
EDITORIAL
Modernidad líquida, fe cristiana sólida
Vivimos una era llamada “posmodernidad”. Más allá de lo moderno y, más aun, sobrepasando los conceptos clásicos de “modernidad” que se caracteriza por el consumismo extremo y la globalización, con una fluidez e indefinición constante que genera una angustia existencial, donde parece no haber sentido cuando se trata de construir nuevas cosas, ya que el tiempo y la propia modernidad impulsarán su desintegración. Lo que Zygmunt Bauman (2003) define como la “modernidad líquida”, una sociedad que vive en constante fluidez e indefinición de sus valores y perspectivas.
Así nos encontramos como raza humana navegando los mares de la incertidumbre, sin saber cómo estará la economía mañana, si estallará una crisis o no, si contaremos con trabajo, si formaremos una familia, si mantendremos la familia que tenemos bajo los modelos que consideramos buenos. Se perciben síntomas como las relaciones sociales actuales, los conflictos de identidad y el consumo excesivo trasladado a todos los ámbitos de la vida.
Es en esta época de valores “líquidos” en que se pondera más lo que sentimos y no lo que pensamos o creemos. Donde se desprecia el esfuerzo y el trabajo, y se aprecia el “éxito” y la “autorrealización”. Donde se busca explotar y manipular más la emoción y se explora menos la fe y la razón. Donde se busca acomodarse al deseo de la gente; la “gente”, así de general, sin nombre ni apellido. ¿Cuál es el gran riesgo? Convertir la verdad en un asunto de opiniones lleva inexorablemente a la pérdida de esperanza. Por eso, debemos regresar a nuestras doctrinas fundamentales emanadas de la Palabra de Dios. No siempre, el “interés popular” es coincidente con la verdad de Dios.
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