Debería ser obvio, a la luz del testimonio y la enseñanza de Cristo, que la marca del ministerio o liderazgo cristiano es el servicio, y no así la autoridad.
José Daniel Espinosa Contreras
La sociedad actual está hastiada del ejercicio de autoridad de quienes están en posiciones de liderazgo o poder, pues con frecuencia los tales ejercen sus funciones con prepotencia, con autoritarismo, con orgullo y con imposiciones. Ahora bien, el énfasis autoritario del mundo debe ser completamente ajeno a la iglesia. Jesucristo condenó claramente este concepto de autoridad gentil o pagano al decir: “Sabéis que los gobernantes de las naciones oprimen a los súbditos, y los altos oficiales abusan de su autoridad. Pero ENTRE VOSOTROS NO DEBE SER ASÍ. Al contrario, el que quiera hacerse grande entre ustedes deberá ser su servidor” (Mt 20:25-26). Debería ser obvio, a la luz del testimonio y la enseñanza de Cristo, que la marca del ministerio o liderazgo cristiano es el servicio, y no así la autoridad. Por supuesto, hay ministerios eclesiales que conllevan el ejercicio de cierta autoridad espiritual (cf. 1 Ts 5:12, 17; He 13:17), pero el énfasis de estos ministerios debe estar en guiar al ser siervos y al darse a sí mismos a otros, “así como el Hijo del hombre no vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20:28).
Dicho esto, creo que debiera preocuparnos que el ejercicio de autoridad pagano se haya introducido sutilmente en muchas congregaciones cristianas. ¡Es un tema realmente preocupante! Algunos líderes/pastores, únicamente en virtud de su cargo eclesial, hacen y deshacen a su antojo, haciendo uso de una autoridad que no les corresponde. Y, ¿por qué? “Porque yo soy el pastor” —reprochan ellos. Los pastores verdaderamente espirituales son aquellos que reconocen que su autoridad para enseñar y gobernar la iglesia es la autoridad inherente de la Palabra de Dios, ¡no otra!
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