Los retos de una pastoral para la vejez (tercera parte)
Abner Alaniz Rangel
La comunidad cristiana puede recibir mucho de la serena presencia de quienes son de edad avanzada. ¡En cuantas familias los nietos reciben de los abuelos la primera educación en la fe! Pero la aportación beneficiosa de los ancianos puede extenderse a otros muchos campos. El Espíritu actúa como y donde quiere, sirviéndose no pocas veces de medios humanos que cuentan poco a los ojos del mundo. En una sociedad que ha desvalorizado el aporte de las personas de la tercera edad, la Iglesia tiene la oportunidad de alzar su voz y propiciar espacios de amor, alegría y descanso para estas personas. Esta labor es también la tarea pastoral
¡Cuántos encuentran comprensión y consuelo en las personas ancianas, solas o enfermas, pero capaces de infundir ánimo mediante el consejo afectuoso, la oración silenciosa, el testimonio del sufrimiento acogido con paciente abandono! Precisamente cuando las energías disminuyen y se reducen las capacidades operativas, estos hermanos y hermanas nuestros son más valiosos en el designio misterioso de la Providencia. Por eso son loables todas aquellas iniciativas sociales que permiten a los ancianos, el seguir cultivándose física, intelectualmente o en la vida de relación, ya el ser útiles, poniendo a disposición de los otros el propio tiempo, las propias capacidades y la propia experiencia. De este modo, se conserva y aumenta el gusto de la vida, don fundamental de Dios.
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