Comentario a los Salmos Penitenciales, Salmo 130

16. Comentario a los Salmos PenitencialesComentario a los Salmos Penitenciales

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Prefacio de Martín Lutero

Entre mis primeros escritos publiqué a su tiempo también los siete salmos penitenciales con una exégesis. Aunque todavía no hallo en ellos nada malo, no obstante, no acerté a menudo el sentido del texto. Lo mismo les suele suceder a todos los maestros en su primer ensayo, también a los antiguos Padres santos, que según Agustín confiesa respecto a su persona, se han perfeccionado diariamente al escribir y enseñar. Así el librito en aquel entonces era suficientemente bueno y aceptable, puesto que no teníamos nada mejor a mano. Empero, ya que el evangelio ahora ha llegado al cénit, brilla espléndidamente, y yo también he progresado desde entonces, tuve por conveniente publicar la obra de nuevo, mejorada y más exactamente basada sobre el texto correcto. Encomiendo con esto a todos los lectores a la gracia de Dios. Amén 

SEXTO SALMO PENITENCIAL

SALMO 130

  1. De lo profundo, oh Señor, a ti clamo.
  2. Señor, oye mi voz; estén atentos tus oídos a la voz de mi súplica.
  3. Si mirares a los pecados, ¿quién, oh Señor, podrá mantenerse?
  4. Pero en ti hay perdón, para que seas reverenciado.
  5. Espero yo al Señor, espera mi alma; en su palabra espero.
  6. Mi alma espera al Señor, de una vigilia matutina a la otra.
  7. Espere Israel al Señor; porque en el Señor hay misericordia y abundante redención con él.
  8. Y él redimirá a Israel de todos sus pecados.

 

  1. De lo profundo, oh Señor, a ti clamo.

Son palabras sublimes y vehementes que vienen del fondo de un corazón verdaderamente contrito y preocupado en lo más hondo por su miseria. Sólo las entenderán los que lo sienten y experimentan. Todos estamos en una grande e insondeable desgracia, mas no todos sentimos dónde nos encontramos.

A ti clamo.

Este clamor no es otra cosa que un muy fuerte y serio anhelo de la gracia de Dios, lo cual no nace en el hombre a no ser que vea en qué abismo yace.

  1. Señor, oye mi voz, estén atentos tus oídos a la voz de mi súplica.

Esto significa: Te callas, me abandonas y desdeñas mi súplica mísera, aunque nadie puede ayudarme, sino tú solo. Por ello, abre tus oídos y escucha mi clamor. Estas palabras las dice el alma, cuando advierte que ninguna criatura quiere atender su calamidad; en efecto cuando le parece que aun Dios y todas las criaturas se le oponen. Por ello, sigue: 

  1. Sí mirares a los pecados,

Esto quiere decir: Si retuvieres los pecado», reparara en ellos y no los perdonares, tú que eres solo el perdonador misericordioso y potente, y fuera de ti nadie puede perdonar 

¿Quién, oh Señor, podrá mantenerse?

¿De qué me valdría que todas las criaturas fuesen misericordiosas para conmigo y no reparasen en mi iniquidad y me la remitiesen, si Dios la advierte y la retiene? ¿Y qué daño me causaría que todas las criaturas me imputaran los pecados y los retuviesen, si Dios los perdona y los estima en nada? Lo mismo dice también el salmo penitencial siguiente: “Oh Dios, no entres en juicio con tu siervo; porque no sería hallado justo delante de ti ningún ser humano”. Este mismo versículo manifiesta desde qué punto de vista se ha compuesto el salmo. Partió de la consideración de los severos juicios de Dios, quien no puede dejar de castigar pecado alguno y no quiere dejarlo impune. Luego: quien no mira el juicio de Dios, no se atemoriza; quien no tiene miedo, no clama a él; quien no clama, no halla misericordia.

Por tanto, en el hombre cabal siempre debe haber temor frente al juicio de Dios, a causa del viejo hombre, al cual Dios es adverso y se le opone. Junto a este miedo debe existir la esperanza de hallar gracia en vista de la misericordia que se complace en este pavor a causa del hombre nuevo, que es también enemigo del viejo v que de este ánodo concuerda con el juicio de Dios. De esta manera, existen jumos el tenor y la esperanza: y así como el juicio de Dios causa el espanto, así éste induce a clamar, mas el clamor obtiene la gracia. Mientras viva el viejo hombre, no cesará el temor que es su cruz y mortificación, y él no se olvidará del juicio de Dios. Quien vive sin la cruz, sin el temor y el juicio de Dios, no vive una vida justa. De tal hombre se dice en el Salmo 8: “Tus juicios los tiene muy lejos de su vista y dice: No seré movido jamás; nunca me alcanzará el infortunio”. 

  1. Pero en ti hay perdón.

En consecuencia, no hay tampoco refugio alguno en otra parte donde alguien pueda mantenerse o permanecer. San Pablo dice (Ro. 8:31): “Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?” A la inversa, vale también: ¿quién es por nosotros, si Dios es contra nosotros? Pues sólo en él hay perdón, de modo que buenas obras tampoco ayudan. Quien quiere ser algo ante Dios, debe gloriarse de su gracia, no de los méritos.

Para que seas reverenciado.

Como dijimos arriba, esto significa: quien no teme a Dios, no clama, y a él no se le perdona. Por tanto, para obtener la gracia de Dios, hay que temer a él y sólo a él, puesto que solamente él perdona. Pues quien siente pavor a otra cosa que no sea Dios, ansia el favor y la gracia de ese otro y no se preocupa de Dios. Mas quien teme a Dios, anhela su gracia, y desprecia todo lo que no sea Dios, sabiendo que nadie puede hacerle mal, si Dios es benigno con él. 

  1. Esperaré yo al Señor,

Hasta aquí el salmista describió el temor, la cruz del viejo hombre, cómo hay que soportarlos y tenerlos. Ahora reseña la esperanza, la vida riel nuevo hombre, cómo uno debe conducirse en ella. Pues, estas dos partes se enseñan en todos los salmos; en efecto, en toda la Sagrada Escritura. Dios es tan insólito en cuanto a sus hijos que los hace bienaventurados por medios en cierto modo contradictorios entre sí v no ajustados los unos a los otros, puesto que la esperanza y la desesperación están opuestas entre sí. Sin embargo, debemos esperar en medio de la desesperación, porque el temor no es sino un principio de la desesperación, y la esperanza es un comienzo de la convalecencia. Debe haber en nosotros las dos cosas contradictorias por naturaleza, puesto que en nosotros hay dos hombres naturalmente opuestos el uno al otro: el viejo v el nuevo. El viejo debe temer, desalentarse y perecer; el nuevo debe esperar, mantenerse y ser enaltecido. Estas dos cosas suceden a un mismo tiempo en un mismo hombre y hasta en una misma obra. De idéntica manera un escultor, al quitar y cortar las partes de la madera que no han de pertenecer a la imagen, saca a luz la forma definitiva de ella. De tal suerte, en el temor que corta al viejo Adán crece la esperanza que forma al nuevo hombre.

Por eso dice el salmista: “Esperé a Dios”, es decir: En este clamor y cruz no volví  hacia atrás, ni desesperé, ni me fie de mis merecimientos, sino sólo de la gracia divina anhelada. A ella la aguardo y la espero hasta que a mi Dios le plazca socorrerme. Hay algunos que quieren fijar la meta a Dios, ponerle plazo y medida. De cierta manera, ellos mismos le proponen cómo desean ser ayudados; y si no acontece así, se desaniman o buscan auxilio en otra parte, cuando pueden hacerlo. No aguardan, no esperan a Dios. Quieren que él los espere a ellos y en seguida esté pronto para ayudarlos exactamente así como ellos se lo han trazado. Empero, los que esperan a Dios solicitan su gracia, pero dejan a su buena voluntad cuándo él quiera socorrerlos y cómo, dónde y por qué medio. No dudan de su ayuda; pero no la circunscriben más detalladamente. Lo dejan en manos de Dios, aunque él se demore por un tiempo excesivamente largo. Pero el que lo determina más explícitamente (es decir, lo espera de un modo prefijado), no lo consigue, porque no toma una actitud expectante y no admite el consejo de Dios, ni su voluntad y su demora.

Espera mi alma.

Mi alma se ha transformado en un ser esperanzado o expectante. Es como si dijera el salmista: Toda la esencia y la vida de mi alma no ha sido otra cosa que un simple esperar y aguardar a Dios. Esto puede expresarse en latín de la siguiente manera: Sustinui dominum, sustentrix seu expectatrix fuit anima mea. Mi alma se ha vuelto aguardadora, para significar una esperanza firme y continua, en la cual el alma sólo siente que está esperando o aguardando, como el Salmo 40: “Pacientemente esperé al Señor”. Así también aquí: Esperaré a Dios tan firmemente que mi alma se volvió aguardadora, y su vida de cierto modo es totalmente una expectación, esperanza y aguardar. 

En su palabra espero.

Es decir, en su promesa y voto. Pues esperar y aguardar sin la palabra de Dios significa tentar a Dios. Es propio de la naturaleza del hombre interior tener con relación a Dios continua expectación, esperanza, confianza y fe. Por ello, Dios no lo abandona tampoco; ha prometido gracia y auxilio a todos los que confíen en él, cuenten con él y lo esperen. Y la misma palabra y promesa de Dios son todo el sostén del nuevo hombre, que no vive del pan, sino de la misma palabra de Dios. 

  1. Mi alma espera al Señor, de una vigilia matutina a la otra.

Mi alma en todo tiempo alza la vista atentamente hacia Dios y con firmeza espera su venida y su auxilio, por mucho que demore, como se dice en el Salmo 123: “Nuestros ojos miran constantemente a nuestro Dios, hasta que tenga misericordia de nosotros”. Este versículo indica la duración de tal aguardar, lo mismo como el próximo nos da la medida, a saber, la palabra.

 La Escritura divide la noche en cuatro partes, llamándolas “vigilias” o “velas”, como los serenos guardan la ciudad, velan y esperan si no viene alguien o se va. Cada vigilia comprende tres horas: la primera va de las seis a las nueve, la segunda desde las nueve hasta las doce, la tercera de las doce a las tres; la cuarta, es decir la vigilia de la mañana, desde las tres hasta el día, o sea hasta las seis. Las interpretaciones profundas las dejamos a un lado. Basta con decir que debemos esperar a Dios de una mañana a la otra. Aun cuando demore todo el día, hemos de esperar también hasta el próximo día. 

Pero se habla más bien de la vigilia y del tiempo matutino y no de la vigilia de la sobretarde o noche, esto tiene el siguiente motivo: siempre se empieza a trabajar de mañana y se termina al atardecer, y se descansa de noche. Con ello el salmista quiere expresar: si comienzas a fiarte en Dios, no vuelvas a cesar. Deja pasar la sobretarde y la noche; quédate en la atalaya hasta que vuelva a amanecer. El nuevo hombre, cuyas obras no son otra cosa que esperar a Dios y aguardarlo, no debe cesar como lo hace el hombre exterior que tiene que obrar así; y ésta es la vida en las tres altas virtudes, a saber, fe, esperanza y caridad. La índole y naturaleza de estas virtudes se describen en los salmos, affectus et opera eorum (actitudes y obras que de ella nacen). Por ello, en este breve salmo se expone magistralmente toda la vida, obra y conducta del hombre interior, que no es sino un abandonarse a Dios y una entrega completa a la voluntad divina.

  1. Espere Israel al Señor;

Esto quiere decir: Tocio lo que es un pueblo espiritual e interiormente nuevo se condure como se ha dicho. Toda su vida es un fiar en Dios, un entregarse, un esperar y aguardar, pues Israel fue el pueblo elegido de Dios, al cual le corresponde aguardar así, puesto que .Israel significa el que ha peleado con Dios. Todos los que esperan tan firmemente, que en cierto sentido luchan con Dios por su esperanza, son verdaderos israelitas.

Porque en el Señor hay misericordia,

Conocer rectamente a Dios es conocer que en él todo es bondad y gracia. Por ello, Israel espera a él de este modo. Los que tienen a Dios por airado e inclemente, aún no lo conocen bien. Por tanto, más bien huyen de él y no lo aguardan.

Y abundante redención con él.

Sólo con él hay redención de las muchas profundidades de que se habló arriba. No existe otra redención. Aunque nuestros pecados son numerosos, con él hay mucho más redención. Como dice Juan 1: “Si nuestro corazón nos reprende, mayor que nuestro corazón es Dios, y él sabe todas las cosas”, por más que los orgullosos quieran hallar por si mismos satisfacción y redención con sus obras y deseen ensalzarse; pretenden ser sus propios auxiliadores, redentores y apiadadores. Ellos mismos desean adquirir para sí la verdad y la justicia. Mas, ¿qué sigue de esta conclusión? 

  1. Y él redimirá a Israel de todos sus pecados.

Él, él, Dios, él mismo redimirá a Israel; no lo haremos nosotros mismos. Ten presente que Israel tiene pecados y no puede salvarse a sí mismo. ¿Qué pretenden los moabitas y los ismaelitas para sí? Son santos vanidosos que no quieren saber que la justicia, por la cual debemos ser justificados ante Dios, no es otra cosa que un don bondadoso de la pura e inmerecida misericordia divina. Por tanto, no debemos ser indulgentes para nosotros mismos, sino serios y airados, para que Dios nos sea misericordioso y no se encolerice con nosotros. Para el que quiere ser clemente 

SÉPTIMO SALMO PENITENCIAL

SALMO 143

  1. Oh, Señor, oye mi oración, escucha mis ruegos por tu fe, respóndeme por tu justicia.
  2. Y no entres en juicio con tu siempre, porque no será justo delante de ti ningún viviente.
  3. Porque persigue el enemigo mi alma: postra en tierra mi vida; me hace habitar en tinieblas como los que en este mundo ya han muerto.
  4. Y mi espíritu está angustiado dentro de mí; está desolado mi corazón dentro de mi cuerpo.
  5. Me acuerdo de los días antiguos; medito en tus obras: y hablo de las obras de tus manos.
  6. Extiendo mis manos a ti, mi alma tiene sed de ti como tierra seca. Selah.
  7. Respóndeme pronto, oh Señor, porque desmaya mi espíritu; no escondas de mí tu rostro para que yo no venga a ser semejante a los que descienden a la sepultura.
  8. Hazme oír por la mañana tu misericordia, porque en ti confío; hazme saber el camino por donde debo andar, porque a ti elevo mi alma.
  9. Líbrame de mis enemigos, oh Señor; en ti me refugio.
  10. Enséñame a hacer tu voluntad, porque tú eres mi Dios tu buen espíritu me guíe por tierra llana.
  11. Vivifícame por tu nombre, oh Señor; por tu justicia saca mi alma de la angustia.
  12. Y por tu bondad disipa a mis enemigos, y destruye a todos los que atacan mi alma, porque yo soy tu siervo.

Todo salmo, toda la Escritura clama por la gracia, la ensalza, busca a Cristo y alaba sólo la obra de Dios, reprobando la obra de todos los hombres. Por ello, es fácil entender este salmo por los anteriores, puesto que todo es una sola voz. Hay que saber que este salmo se ha dicho y aún se dice en el nombre de todo el pueblo de Cristo y de cada uno en particular. Los enemigos cotidianos de este pueblo son los sabios de este mundo y los que se justifican a sí mismos, los que ignoran la gracia de Dios y no quieren saber nada de ella. Hasta opinan que nadie estima más la gracia que ellos, inducidos por el error de su ciega santidad y la buena opinión que tienen de sí mismos.

  1. Oh Señor, oye mi oración.

La vida de un hombre santo consiste más en recibir de Dios que en dar, más en pedir que en poseer, más en volverse piadoso que en serlo, como dice San Agustín (Confesiones de Agustín, X, capítulo 31), que la fe obtiene lo que la ley reclama. Por tanto, el pedir, desear, buscar es la verdadera esencia de un hombre interior, como se dice en el Salmo 34: “Los que buscan siempre a Dios no tendrán falta de ningún bien”; y en el Salmo 105: “Buscad siempre su rostro”. En cambio, a los santos orgullosos se dice en el Salmo 14: “No hay quien busque a Dios, porque ya lo encontraron”.

Escucha mis ruegos por tu fe, no por mis obras, que realizo, sino por la fe, que tú me das.

Respóndeme por tu justicia.

No por mi justicia, porque ésta es pecado e injusticia. Es como si el salmista dijera: hazme, por gracia, creyente y justo, puesto que veo a algunos que por sus propias obras y justicia quieren tener razón y ser rectos. Presérvame de esto. Pretenden también ser algo, aunque no son nada, son vanos, necios y pecadores. Aquí hay que fijarse en que la locución “tu fe” y “tu justicia” no significa la fe y la justicia con que Dios cree o es justo, como no pocos opinan, sino la gracia con que Dios nos hace creyentes y justos por Cristo, así como el Apóstol Pablo en Romanos 1, 2 y 3 llama “justicia de Dios” y “fe de Dios”, las que nos son dadas por la gracia de Cristo, y como una ficha o un ducado pintado no es un verdadero ducado, sino sólo una representación, y hasta una cosa vana y engañosa, si se dan y consideran por ducados legítimos. Pero un ducado auténtico lo es en verdad sin fraude. Así la vida, obra y justicia de todos los santos vanidosos en comparación con la justicia y obra de la gracia de Dios es mera apariencia y una falsedad mortífera y nociva, si son tenidas por efectivas. La verdad no está ahí, sino que está en Dios, que da la justicia genuina y fundamentalmente buena, que consiste en la fe en Cristo.

  1. Y no entres en juicio con tu siervo;

Si el siervo de Dios, que sin duda está en el estado de gracia, no puede mantenerse ante el tribunal, sino que se acoge a la misericordia, ¿dónde quedarán los enemigos y pecadores?; en efecto, ¿dónde quedarán los soberbios que en ciega y temeraria confianza en sus obras y vida piadosa creen hallar mérito, galardón, favor y justicia de Dios sin temer el juicio divino, aun en las acciones buenas, sino sólo en las malas, como si supiesen qué será considerado bueno y malo en ellos ante el tribunal de Dios? 

Porque no será justo delante de ti ningún viviente.

Es como si el salmista dijera: Ante mis ojos y delante de la vista de los hombres quizás pueda considerarme justo, pero delante de ti no será justo ningún viviente. Pero quien está muerto, está justificado, Romanos 6: “El que ha muerto, ha sido justificado del pecado”. Esta muerte comienza en una vida penitente, y perdura hasta el sepulcro, como dice el Salmo 44: “Por causa de ti nos matan cada día”. 

  1. Porque persigue el enemigo mi alma.

Esto significa: Mis enemigos se me oponen siempre por su sabiduría y justicia. Todo Abel tiene su Caín, y todo Isaac su Ismael; Jacob su Esaú, y Cristo a Judas, que opugnan su alma, principalmente en cosas que conciernen a su espíritu, a saber, en la fe y justicia, porque los orgullosos no quieren admitir que sus obras y justicia no sean nada. Por ello, persiguen a los hombres verdaderamente piadosos, que viven en la sola fe y justicia de Dios.

Postra en tierra mí vida.

Esto significa: Ellos gozan de honores y ocupan altas posiciones; se elevan ante los ojos de los hombres a causa de su apariencia. Por ello, yo debo ser rebajado totalmente, desechado y menospreciado ante los ojos de los hombres. Pues con estas palabras el profeta quiere expresar cómo es desdeñado un hombre que vive en la gracia y en Cristo: nadie lo honra, cada cual lo vilipendia: es considerado como un hombre inútil, incapaz y dañoso en todas las cosas que los hombres practican. 

Cualquiera que no ha llegado a eso y que no tiene tales enemigos que tienen todas sus obras buenas, palabras, consejos y opiniones por necedad, malignidad y vicio, ése no ha llegado de veras a Cristo, a no ser que se vuelva en enemigo de sí mismo y se aplique lo que los demás le debieron atribuir, es decir, que se tenga a sí mismo por inútil y necio, en todas las buenas palabras, obras v vida, y se reconozca plenamente como tal con sinceridad del corazón. 

Me hace habitar en tinieblas, como los que en este mundo ya han muerto.

Esto significa: Moran en la luz, son conocidos a la gente e ilustres, son afamados y apreciados. Pero, a mí me hace habitar en total desprecio y en desprestigio, como a un muerto que no cuenta para con el mundo, como se ha dicho antes: “Soy semejante al búho, soy como ave solitaria en el desierto”. Así sucede. No se necesitan los piadosos para la vida ni función alguna. En consecuencia, la gente no se acuerda de ellos; tampoco se quiere saber o conocer nada de ellos. Mientras tanto, todos miran con la boca abierta a los santos de la hermosa apariencia. 

  1. Y mi espíritu está angustiado dentro de mi; está desolado mi corazón dentro de mi cuerpo.

Esto significa: Es el verdadero sacrificio que agrada a Dios, como se ha dicho en el cuarto salmo penitencial: Si una alma desolada es abandonada por todas las criaturas, también por sí mismo, y es perseguida de manera que espera sólo la girada de Dios; éstos son los bienaventurados que lloran, puesto que serán consolados.

  1. Me acuerdo de los días antiguos.

Esto significa: Los hipócritas que están elevados y en la luz ante los hombres no quieren ser afligidos ni entristecidos, sino que tienen su consuelo y gozo en su vida actual y en las obras de su propia fuerza, sabiduría, justicia, no necesitan a Dios. Mas yo, que estoy desprovisto de estas cosas, no conozco consuelo alguno sino el hecho de que Dios en tiempos pretéritos ha hecho padecer indigencia a todos sus santos y ha salvado a ninguno por sus propias obras, facultades, saber o piedad, como se dice en el Salmo 44: “Oh Dios, con nuestros oídos hemos oído, nuestros padres nos han contado, la obra que hiciste en sus días, en los tiempos antiguos: cómo has expulsado y derrotado a las naciones, para plantarlos a ellos en su tierra. Porque no se apoderaron de la tierra por su propia espada, ni los libró su propio brazo; sino tu fuerza, y tu brazo, y la luz misericordiosa de tu rostro, porque así te plugo, y no porque ellos lo hayan merecido”.

Me acuerdo de los días antiguos: medito en tus obras.

Esto significa: Las palabras y obras de los hombres por brillantes y caras que sean al mundo, yo no las he estimado, porque sé que no hacen bienaventurado a nadie y sólo son útiles para honra falsa y vana. Por el contrario, todo consuelo, auxilio v bienaventuranza consiste solamente en tus obras. Si tú realizas nuestras obras y ellas no son nuestras, sino tinas, entonces te son agradables, v son rectas, verdaderas y buenas. Pero los que hacen y estiman mucho las obras de su propia luz, fuerza y sabiduría, no conocen las obras de tu gracia. Pero cuando el salmista dice “en todas tus obras”, dado que son innumerables, hay que entender que las obras en que se ocupa el salmista han de ser de Dios. No quiere absolutamente alabar la acción de ningún hombre, puesto que las obras de nadie son algo, sino sólo las de Dios. Por ello, describe con estas palabras precisamente la índole de la gracia en comparación con el carácter de la naturaleza. Asimismo, la palabra meditabar, traducida aquí por contemplar, significa a menudo en la Escritura predicar o hablar, por ejemplo, en el Salmo 37: “La boca del justo contemplará” (lo que significa: predicará con circunspección y prudencia). De esta predicación de las obras y de la gracia de Dios nace toda la discordia v persecución de las cuales se queja el salmista en párrafos anteriores, diciendo que los orgullosos no confían en la gracia y las obras de Dios, sino en el auxilio, consejo y poder de sus propias acciones. Éstos son sus pensamientos. 

Hablo de las obras de tus manos.

Esto significa: Les he dicho y les hice recordar las obras de tus manos, a fin de que no estimen mucho sus propias acciones. Esto los enfadó y por ello se han hecho mis enemigos. “La obras de las manos de Dios” son los piadosos que él produce y crea por gracia. Esto se realiza sin cooperación alguna por parte de ellos, pues así son y se hacen nuevas criaturas en Cristo. Empero, las obras son los actos y sufrimientos que Dios realiza, por los que él ha creado de ese modo. Ahí son cooperadores. Son las dos clases de obras divinas, como dice también el Salmo 28: “No entendieron los hechos de Dios, ni las obras de sus manos”, etc. También el Salmo 102: “Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia las obras de sus manos”. Esto significa: los apóstoles predican solamente la justicia que efectúa Dios en nosotros y de ninguna manera la que los hombres pueden efectuar

  1. Extiendo mis manos a ti.

Esto significa: Ya que todo depende de tu acción y gracia, busco sólo tu gracia. Jamás estoy seguro de mi obra, como lo hacen mis enemigos, que no extienden sus manos a ti, y aun se cruzan de brazos y no desean nada de ti, sino que se complacen en sí mismos. “Extender las manos a Dios” significa orar a él, pero espiritualmente a fin de que todas nuestras obras sean atribuidas a Dios.

Mi alma tiene sed de ti en la tierra. Selah.

Así como un campo árido tiene sed de lluvia, así mi alma ansia tu gracia, como se dice en el Salmo 63: “Mi alma tuvo sed de ti”. Y esto sucede debido al reconocimiento de que todas las obras, sin la gracia de Dios, carecen de valor; los soberbios no lo creen. Por ello, todas sus obras, la gracia, ni extienden las manos a Dios. Su vida les parece justa y enteramente satisfactoria.

  1. Respóndeme pronto, oh Señor, porque desmaya mi espíritu.

Como se ha dicho arriba, una alma desolada que no halla nada en sí es el sacrificio más estimado por Dios, sobre todo cuando clama por su gracia. A Dios no es nada tan agradable que oír el clamor y la sed de su misericordia. Semejante sed no puede tener el que halla en sí mucha vida buena y no teme los juicios divinos. Ahora dice el salmista: He tenido sed y anhelado la gracia tanto tiempo hasta que no puedo más. Estoy muy cansado de esperar. Por ello, ha llegado la hora. Ven de prisa y escúchame pronto. Esto se ha dicho para enseñarnos que con paciencia debemos esperar la grada de Dios y no desesperar, si quizás demora.

No escondas de mí tu rostro, no venga a ser semejante a los que descienden a la sepultura.

La demora de la gracia y ayuda divinas hace que el alma tema ser abandonada y condenada. En realidad, está mantenida en suspenso, a fin de anhelar en mayor medida y más profundamente la gracia v en consecuencia recibirla más perfectamente. Esto es pues un hombre verdaderamente conforme a Cristo que en el interior está lleno de desconsuelo y un espíritu afligido, y que tiene una ansia continua de la gracia y auxilio divinos. No obstante, cuando quiere comunicar a los demás esta cruz y enseñarles, no sólo no obtiene ninguna compasión o imitación, sino ingratitud y odio. Así es crucificado exterior e interiormente con Cristo. Los orgulloso, están en la presunción de ser iguales a los que suben al cielo. No tienen este miedo al infierno y la sed de gracia.

  1. Hazme oír por la mañana tu misericordia.

Esto significa, como en el cuarto salmo penitencial: “Hazme oír gozo y consuelo”. Hazme oír tu gracia que dice en mi corazón: “Tus pecados te son perdonados”. Así anuncia Dios la paz al corazón de su pueblo. Y el “por la mañana” significa de prisa, no demores, porque estoy cansado y no puedo esperar más.

Porque en ti confío.

Déjate conmover por el hecho de que no busco otro consuelo sino a ti solo. Es una cosa muy importante no buscar, en el padecimiento, ayuda de un hombre o criatura alguna, sino humillarse y sufrir, y en la esperanza de Dios humildemente aguardar el auxilio. De éstos hay pocos en la tierra.

Hazme saber el camino por donde debo andar.

Lo mismo se dijo ya en el segundo de estos salmos: “Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar”, pues es posible que el hombre se conduzca él mismo en la vida. La causa es que debe volverse ciego y entregarse a Dios en recta fe. Pero ésta no ve nada, sino que es el camino oscuro, del que dice el Salmo 18: “Había densas tinieblas debajo de sus pies”. Por tanto, son caballos y mulos los que siguen la luz de la razón y no van más lejos de lo que a ellos parece recto, divino y bueno. Pero lo que se les presenta de otro modo, como en la fe, de esto huyen.

Porque a ti elevo mi alma.

Esto significa: yo estoy ya entregado y abandonado a tu voluntad, pues Dios puede enseñar y guiar a los que le entregan su alma y se dejan dirigir. Pero a los que retraen y ocultan su alma en sí mismos no los puede orientar. Por ello hay que saber que la frase “elevar el alma a Dios” significa sacrificar el alma, puesto que en la ley se elevaban los sacrificios hacia Dios. El sentido es: no te sacrifico ni plata ni oro, o becerros y ovejas, sino mi corazón y mi alma, que es lo único que estimas como sacrificio para ti, como dice Proverbios 23 los: “Praebe, fili, cor tuum mihi”, “dame, hijo mío, tu corazón”: el corazón, el fondo, es lo que Dios quiere tener. Este versículo es una gran oración, pero es sumamente útil que un hombre pueda decir a su Dios: Mira, toma mi corazón y condúceme según tu voluntad: me entrego completamente a ti.

  1. Líbrame de mis enemigos, oh Señor.

Éstos son los sabios y santos; que éstos no triunfen sobre mi y no me lleven a ellos, apartándome de ti, como se dice en el Salmo 19: “Si los extraños no se enseñorean de mí. entonces seré íntegro”. Como se ha dicho anteriormente, los perseguidores de los piadosos sólo tratan de seducirlos y llevarlos a su camino, que sólo les parece recio. Por ello, precisan la protección y ayuda de Dios, a fin de quedar firmes en las persecuciones. Así procedían los judíos con los apóstoles. En todas sus arremetidas trataban solamente de afirmar su camino v modo de vivir, de acuerdo con la ley de atraer con violencia a los cristianos.

  1. En ti me refugio: enséñame a hacer tu voluntad.

Mis enemigos no te necesitan a ti ni tu enseñanza. Por ello, no se refugian en ti. Hasta me enseñan y me dicen qué deben hacer, quieren ser los maestros de todos. Mas es mero engaño v falsedad. Por esto, presérvame a líbrame de ellos. Sé tú mismo mi maestro, como dice el Salmo 120: “Libra mi alma, oh Dios, de los labios mentirosos”, es decir, de las doctrinas; falsas y lenguas fraudulentas, que bajo la apariencia de la verdad enseñan error. También en la actualidad son muy numerosos en la cristiandad los predicadores tales. Son pocos los que predican la verdad.

Porque tú eres mi Dios.

Esto significa: No me hago un ídolo de mi sabiduría y justicia, como lo hacen mis adversarios, sino que me atengo a tu gracia y recibo de ti sapiencia y justicia que está en ti y queda eternamente.

Tu buen espíritu me guíe por tierra llana.

No permitas que ellos o algún hombre me guíen, porque me conducen por caminos sinuosos y tu espíritu, el malo, los gobierna. Se debe notar que ambos espíritus son de Dios, el bueno y el malo. Al malo lo da Dios a los orgullosos, como está escrito, con respecto a Saúl (1ª Samuel 16:14; 18:10), que el espíritu malo de Dios lo gobernaba, es decir, el espíritu airado y enfurecido con que defiende su derecho y verdad y persigue a los buenos. Así se dice también en Romanos 11: “Dios les dio espíritu de estupor”. En cambio el espíritu bueno es el Espíritu Santo que hace corazones amables, suaves y benignos. Ellos van por el camino recto, en el cual buscan sólo a Dios y no a sí mismos en todas las cosas.

  1. Por tu nombre, oh Señor, vivifícame.

Esto significa: Tu nombre sea honrado. Pero éste es ensalzado, si se confiesa que da la vida y la justicia por gracia sin mérito. Entonces se puede decir que Dios es bondadoso, benigno y misericordioso. Éstos son sus nombres que han de ser enaltecidos. Pero los que se justifican a sí mismos honran sus propios nombres. Quieren ser vivificados en su justicia. Por ello, no estiman la justicia de Dios, que él da al pecador gratuitamente, al que de ese modo vivifica en la justicia que él da y en la verdad.

Por tu justicia saca mi alma de la angustia.

El salmista no ruega sólo que sea preservado de sus enemigos, los que se consideran verdaderamente justos, sino que al fin también sea librado de ellos: pues, aunque los piadosos son protegidos entre sus adversarios, están, no obstante, como cautivos en poder de ellos hasta que ellos son libertados, o convertidos los enemigos. Y esto por su justicia; no es que busque lo suyo en semejante redención, sino la intención es que ellos se percaten de cómo Dios confirma la justicia por la fe en contra de las obras.

  1. Por tu bondad disipa a mis enemigos.

Esto significa: A causa de tu misericordia y gracia a fin de que ella sea celebrada y reconocida. A esta alabanza y reconocimiento se oponen constante y fuertemente mis adversarios que enaltecen su propia justicia y glorían su sabiduría.

Y destruye a todos los que oprimen mi alma.

Son los presuntuosos que tratan de prender las almas de los justos en su lazo y error, como dice el Salmo 124: “Se rompió el lazo, y escapamos nosotros”.

Porque yo soy tu siervo.

Esto significa: Vivo en la gracia. Por ello, toda mi vida está al servicio tuyo y no mío. No me busco a mí, sino a ti y lo tuyo. Esto no lo pueden hacer los que viven en su propia justicia. Por el contrario, se sirven a sí mismos y buscan lo suyo en todas las cosas. Cualquiera puede decirme: ¿puedes sólo hablar de la justicia, sabiduría y fuerza humanas, e interpretar la Escritura desde el punto de vista de la justicia y gracia de Dios y, por tanto, tocar siempre en la misma cuerda, cantar solo un cantito? Contesto: Cada cual vive por sí mismo. En cuanto a mí, afirmo que cada vez que encontraba en la Escritura menos que a Cristo, jamás quedaba satisfecho. Pero siempre que hallaba más que a Cristo, no me empobrecía, de manera que también me parece correcto que Dios, el Espíritu Santo, no sabe más y no quiere saber más que a Jesucristo. A ese respecto dice: “Él me glorificará, no hablará por su propia cuenta, sino que tomará de lo mío, y os lo hará saber (Jn. 16:13).

Cristo es la gracia de Dios y su misericordia, justicia, verdad, sabiduría, poder, consuelo y bienaventuranza, dados por él a nosotros sin mérito alguno. Cristo, digo, no como algunos dicen con palabras equívocas, causaliter, de modo que dé justicia y quede afuera. Porque es muerta, y ni .siquiera se da, a no ser que Cristo esté presente también, asimismo como no hay claridad del sol y calor del fuego donde no está el sol y el fuego. Ahora, algunos toman a la ligera estas palabras de la gracia y dicen temerariamente: ¿Quién no sabe que sin la gracia no hay nada bueno en nosotros? Y estiman que lo entienden perfectamente. Y aún más, cuando uno les pregunta si no consideran para nada su justicia, contestan en seguida: “Oh, estoy seguro de ello”.

Es una ceguera lamentable y grave que creen estar en el alto grado de la perfección, mientras que no han comprendido y gustado el grado inferior. ¿Cómo puede ser un hombre más soberbio que el que se atreve a decir que está libre de toda altanería e inclinaciones malas? El orgullo espiritual es el vicio extremo y más grave, cuando ni siquiera están limpios de inclinaciones carnales y humanas. Por ello ningún santo ha sido tan osado para afirmar de sí mismo que su sabiduría y justicia no sean nada ante él. Por el contrario, están en desacuerdo y disputan entre ellos mismos sobre estas cosas. Ahí vienen éstos con una frase falaz: “La inclinación no es pecado mortal”; y creen no estar ciegos, sino que saben perfectamente lo que es pecado venial y mortal. En su ceguedad, casi quieren usurpar el puesto de Cristo como juez. Pues es cierto que los pecados veniales no condenan.

Empero, no hay por naturaleza pecados veniales, sino sólo para aquellos a quienes Dios en su «gracia los estima como tales. Mas esto lo hace solamente a aquellos que no los tienen en poco.

Por ello, es muy peligroso hablar de pecados veniales, si uno quiere obtener de esto seguridad y consuelo falso, que pugna contra el temor de Dios y enseña desdeñar en secreto sus juicios. Si en el día del juicio el hombre debe dar cuenta de cada palabra ociosa ¿quién será tan temerario que no se cuide del pecado venial y lo deplore, y así en temor humilde ansíe seriamente la gracia y misericordia?

(Se terminó de transformar a formato digital por Andrés San Martín Arrizaga,

el 16 de marzo de 2007)