Mi experiencia como seminarista.
«Su voz lanzó el Señor: ¿A quién envio? Y dije: Aquí estoy, envíame a mí; y un día cuando el sol brillaba pleno, llegué a ese lugar lleno de fe…»
Este himno era uno de esos cantos que conocía de memoria. Durante mucho tiempo fue simplemente una melodía familiar, una de esas que terminas aprendiendo casi sin darte cuenta. Nunca imaginé que, años después, esas mismas palabras dejarían de ser solamente la letra de un himno para convertirse en mi propia oración cantada. Jamás pensé que Dios me permitiría responder esa misma pregunta: «¿A quién enviaré?». Y mucho menos imaginé que parte de esa respuesta comenzaría al cruzar las puertas del Seminario Juan Wesley.
Hoy, después de casi tres años de formación y a las puertas de iniciar mi último año, puedo decir que entrar al seminario ha sido una de las decisiones más importantes que he tomado. No porque el seminario haya cambiado quién es Dios para mí, sino porque, durante este tiempo, Dios ha cambiado profundamente quién soy yo. Entré pensando que iba a aprender a servir mejor a Dios. Hoy descubro que, antes de enseñarme a servir, Él quiso enseñarme a caminar con Él.
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