
Egocentrismo y propósito
Bajo la queja de no tener propósito en nuestra vida, se esconde demasiadas veces un enfoque mucho más egoísta de lo que nos gusta reconocer.
Lidia Martin
Uno de los elementos que está tras buena parte de los problemas depresivos y de ansiedad que la gente trae a consulta es la sensación -si no convicción- de falta de propósito en la vida. Dicho en sus palabras, “Creo que mi vida no vale para nada”, “No encuentro propósito en lo que hago”, “No sé a qué aspirar” y una infinidad de sentencias similares. Todos en algún momento, quizá, hemos podido sentir algo parecido en momentos oscuros de nuestra vida. Pero cuando una sensación como esta se arraiga fuerte dentro de nosotros, la cosa puede complicarse sobremanera.
No es en ese momento, sino mucho antes, en que hemos de ocuparnos en el asunto del propósito de vida. De hecho, deberíamos aprender desde niños (y en eso tenemos mucho que hacer y decir los padres) a vivir con esa visión de utilidad, propósito, destino… que tantas veces echamos en falta porque estamos subidos a una vorágine ya desde pequeños en que parece que nuestro sino en la vida es acumular, pagar facturas y mantenernos lo suficientemente distraídos como para no darnos mucha cuenta del tipo de existencia que estamos llevando.
Darse a los demás es también una forma de adoración
Sin embargo, esa es la que estamos alimentando, pretendiendo que deje de ensanchar sus tentáculos cuando no dejamos de lanzarle comida. No vamos a menos en esta locura de sobrevivir sin vivir: vamos a más. Y por mucho que intentamos autoengañarnos y opacarnos esa realidad, algo dentro de nosotros se revuelve como diciendo a gritos “No me engañas, una vida así no merece la pena”. Efectivamente, así es, y por eso nuestras emociones, coherentemente con lo que perciben, reaccionan llamándonos a un cambio urgente que casi nunca interpretamos como tal. En esos casos nos peleamos con la tristeza o la ansiedad, nos pegamos con el mensajero, en cierta manera, pero posponemos lo que desde el principio el mensaje nos llamaba a hacer: detenernos, mirar con atención a nuestra vida y descubrir propósito donde no lo ha habido, quizá, durante mucho tiempo.

















